Siempreviva por Blanche Petrich

Siempreviva: La fuga de El Chapo, ¿versión oficial o ficción oficial?

Blanche Petrich
Ilustración: Chakz Armada
La Jornada Maya

Mérida
15 de julio, 2015

De la incredulidad a la cascada de chistes y memes en cuestión de minutos. Y si las redes sociales suelen ser un termómetro bastante preciso sobre los estados de ánimo de una sociedad, el domingo pasado, a primera hora, ese termómetro registró una actividad febril apenas empezó a correr el notición de la segunda “fuga del siglo” de Joaquín El Chapo Guzmán.

Que si de Los Pinos mandaron llamar a un plomero para arreglarles una fuga. Que si el túnel de Almoloya quedó mejor que la línea 12 del Metro del DF, ese triste dolor de muelas que sigue desvelando a los capitalinos.

Que si la licitación la ganó OHL, la constructora española que ha sido como cornucopia para los gobernantes mexiquenses que le otorgaron decenas de licitaciones por debajo de la mesa. O que si fue regalo de Higa, la inmobiliaria que traspasó –quién sabe cómo, quién sabe por qué– un caserón blanco de 17 millones de dólares en Las Lomas a la esposa del presidente Enrique Peña Nieto.

El caso es que la segunda “fuga del siglo” de El Chapo entraña tales niveles de incapacidad y corrupción en las altas esferas del gobierno que los mexicanos, a sabiendas de que nunca vamos a conocer la verdad de los hechos, mejor lo tomamos a chacota. Aunque el tema sea de una gravedad de muerte.

Guzmán Loera fue el criminal más buscado por las policías de México y Estados Unidos durante años; fue reconocido como el más peligroso delincuente de la región; fue el capo del corporativo trasnacional que dominó (¿o domina?) el negocio de las drogas desde Colombia hasta bien adentro de la frontera con Estados Unidos. Fue, hasta el sábado, el huésped de oro del penal de máxima seguridad del Altiplano, y era un reo que estaba destinado a representar el rol estelar en el balance de la política anticrimen organizado de Peña Nieto.

En las redes sociales nadie esperó la verdad oficial que ofreció a las siete de la mañana el comisionado de seguridad nacional, Monte Alejandro Rubido, en conferencia de prensa para lanzar miles de opiniones y juicios en formato de píldoras zahirientes. De ese tamaño es el descrédito del Estado. Digan lo que digan, la “verdad oficial” será recibida como “la ficción oficial”.

Estos días la prensa está llena de detalles, revelaciones exclusivas y crónicas sobre cómo se logró esta gran fuga. Muchos recibiremos esa información con el mismo talante que recibimos los giros fantasiosos de las series y telenovelas que llevan a las pantallas el supuesto universo del narcotráfico, El patrón del mal, El señor de los cielos, La reina del sur...

Pronto en sus pantallas, La fuga de[i] El Chapo[/i] II
Seguro no tarda en salir, micrófono en ristre, el carismático reportero que describirá ante la fascinada audiencia la segunda saga de El Chapo, basada exclusivamente en fuentes oficiales de la PGR, Gobernación, el Ejército y la Marina, siempre pródigos en dar acceso privilegiado sólo a unos cuantos elegidos.

La primera parte, donde narró frente a las cámaras su segunda captura, en febrero de 2014, estuvo buena. En la historia había una tina levadiza que descubría un túnel que conectaba a varias casas y rutas de escape subterráneas, una reja de hoja doble de hierro con agua en medio, un viejecito en silla de ruedas que ingresó a un condominio en el malecón de Mazatlán, de donde salió caminando por su propio pie, convertido en el reo más famoso del país. Y entretejidos en el entramado de este guión televisivo, los gallardos agentes de la Seido, la perspicacia de la inteligencia militar, la diligencia y el valor de policías y militares. Sí, los mismos que dejaron transitar a El Chapo tranquilo durante los 14 años que anduvo prófugo, frecuentando marisquerías en Culiacán, pizzerías en Durango y resorts en Los Cabos.

En esa prensa uno no encontrará, ni por asomo, la sombra de la duda o del escepticismo.

Periodistas serios, de esos que no salen en la tele pero sí hacen la laboriosa tarea de la reportería de investigación, nos cuentan el revés de esa trama. Plantean las preguntas que incomodan. Insisten en despejar los puntos oscuros. Dudan de todo. Por ejemplo, si fue la DEA, no la PGR, la que detectó a El Chapo el año pasado. O si no se trató de una captura sino de una entrega pactada.

En el guión de la segunda parte, versión Televisa, hay muchos elementos para desarrollar una buena serie de suspenso. Hay otra vez túneles, pero más espectaculares, vuelos nocturnos de helicópteros, una prisión supuestamente inexpugnable y un delincuente que bien podría despertar remembranzas tipo Clint Eastwood en Escape de Alcatraz.
Estos periodistas del sistema comunicacional comercial hacen lo que les corresponde.
En su mundo no aplica la premisa que el periodista estadunidense Glen Greenwald, de The Intercept, propone para la investigación periodística: “Si quieres conocer la verdad, no le preguntes a las fuentes oficiales”.

Para la prensa mexicana esto plantea un desafío enorme. ¿Cómo cubrir los hechos del crimen organizado si no se recurre a las fuentes únicas, que con frecuencia ofrecen la única versión de los hechos?

La respuesta que daría el veterano periodista José Reveles (El Chapo, entrega y traición; El cártel incómodo, Narcofosas, levantones y falsos positivos, son algunos de los títulos de su larga bibliografía) sería: “Sencillamente haciendo la tarea”. Labor de reportero que por años ha tejido su red de informantes y gargantas profundas. Consulta de un buen archivo, trabajado con diligencia, paciencia y criterio durante largo tiempo. Cruce de datos y elaboración de mapas, con olfato de detective. Rigor que prohíbe, en toda circunstancia, falsear o inventar los datos.

Precisamente los que hacen esa tarea, que no sólo es ardua sino también peligrosa, son los que a la larga nos podrán dar un par de buenos reportajes que se acerquen más a la verdad de cómo fue que El Chapo pudo ir, una noche cualquiera, a darse una ducha en el penal del Altiplano –el Alcatraz mexicano–, esfumarse en las profundidades de un túnel prodigioso y de paso hacer trizas lo que a Peña Nieto le quedaba como margen de acción para el resto de su sexenio. Y sin ficción.