Temporada de Patos

Temporada de Patos: Carta de un aficionado dolido

David Collado
Foto: Ap
La Jornada Maya

27 de septiembre, 2015

Cualquier aficionado al deporte que se deja llevar por unos colores sabe que mantiene una relación muy íntima con su equipo, que perdura, que vive, sufre y goza. Un fin de semana se puede estar en la cima del mundo y tan sólo siete días después sentirse en el pozo. La relación de un fanático con sus colores puede llegar a ser de “amor-odio”, como lo es una relación tóxica de pareja. Se dice que un verdadero aficionado no cambia de colores, que está siempre en las buenas y las malas, sino pregúntenles a los fanáticos del Atlas, o de los Cachorros de Chicago, quienes ven pasar temporada tras temporada con muchas más frustraciones que momentos de placer.

¿Se pueden dejar de amar a un equipo? Mucha gente que lo hace es tachada de débil, villamelona, pusilánime, incluso recibe insultos y mentadas. Una vez escuché por parte de un catedrático durante un congreso de estudios sobre el deporte que se puede dejar a la novia, los amigos, pero jamás al conjunto que se sigue con pasión. ¿Será cierto?

Doy pie a este tema porque quiero hablarles de mi más reciente experiencia en esta turbulenta relación con el equipo de NFL que he seguido desde hace más de 18 años, los Delfines de Miami. Cuando me preguntan por qué ellos, mi respuesta es sencilla: “Estaba Dan Marino y no quería irle a otros equipos de moda” (en resumen, nunca he sido un villamelón). Disfrutaba ver a los Delfines semana a semana en la tele, ganaran o perdieran. En los últimos 15 años ha ocurrido mucho más de lo segundo que de lo primero. He gritado, vociferado insultos, manoteado, golpeado paredes, todo por un touchdown en contra. He puesto un ultimátum varias veces, cosa que normalmente no he cumplido. He recibido burlas de mis amigos, pero hasta entonces había aguatado.

Como en una relación, sentimos amor por una persona y aunque sabemos que hay problemas, somos felices con ella y buscamos la manera de resolverlos. Sin embargo, ¿cuántas veces hemos visto en películas, televisión, o hemos vivido el famoso “te amo pero estoy mejor sin ti? ¿Se han sentido alguna vez con esta sensación de ya no poder más, de saber que lo mejor, al menos por un rato es tomar distancia? ¿Les ha sucedido con sus equipos deportivos favoritos?

A finales de la temporada de 2014 y tras otro colapso decembrino de los Delfines, prometí no ver sus partidos este año. Evidentemente fallé las primeras dos semanas. Año nuevo, esperanza nueva, supongo. Sin embargo, la mecha cada vez era más corta. Después de perder ridículamente ante los Jaguares de Jacksonville, uno de los supuestos peores conjuntos de la NFL, tuve este momento de mucho dolor (sí, porque como aficionados nuestros equipos a veces duelen) y decidí ponerle fin a esta sensación, como cuando una pareja llega a nuestro límite.

No los engañaré diciendo que ahora hay odio total. Simplemente dejé de sentir esa necesidad de gritar, golpear, acelerarme. Se extinguió la flama de un amor intenso, que a últimas ha provocado más dolor que placer. De nuevo la pregunta, ¿será cierto? ¿Se puede dejar de ser aficionado a un equipo tan fácilmente? ¿Es esto algo real o es sólo un capricho que se me olvidará en unos meses o el próximo año cuando hayan corrido a Joe Philbin, a quien llevo meses queriendo que despidan?

¿Me responderá el equipo con un cliché, que va a cambiar y que no me quiere perder? Lo pienso mientras lo escribo y sí, dejar de seguir unos colores puede ser mucho más difícil que terminar una relación. Por lo pronto sólo necesito alejarme un poco, dejar de ver algunos juegos, no amargarme por una mala jugada, no aferrarme a otro equipo, pero sí disfrutar esta “soltería deportiva” sin ataduras. Poder estudiar el juego, su estrategia, jugadores, puede llegar a valer mucho más la pena que aferrarnos a unos colores de manera tan intensa.

Como con una ex novia, se puede volver. Sólo el tiempo lo dirá. Nada está escrito en piedra. Ya les compartiré la experiencia.