Quieren ser golondrinas, quieren ser mariposas

En un mundo de ¿princesas?

Daniela Gamboa González
Ilustración Arbee Farid antonio Chi
La Jornada Maya

4 de noviembre, 2015

La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
Rubén Darío

¿Princesas? Así nos llamaron alguna vez cuando éramos niñas, alguna vez nos crearon esas “aspiraciones” sin que nosotras tuviéramos mucha conciencia de lo que implicaba.

Hoy en día las madres y padres todavía perpetúan el uso de ese sustantivo que parece tan inocente para nombrar a sus hijas. Parece inofensivo y lindo y, en la actualidad, hasta pareciera tener tonalidades de querer dotar a la hija en cuestión, de cierto “empoderamiento”, que la prepare para salir a la vida. Por eso las personas de ahora dicen: “Tú eres una princesa así que cuando te cases debes de buscar un príncipe que te consienta y te haga valer” “Paquito, no le pegues a tu hermana porque ella es una princesa” “A ver mi amor, pose de princesa para la cámara” –acto seguido la niña hace una pose sexualizada. “Estás bien buena, pareces una princesa” “Las princesas no dicen esas palabrotas” “Princesa, siéntate bien a la mesa” “Mhmm… para dónde vas princesa, ¿te llevo?”. Y así podríamos seguir con un sinnúmero de formas con las que se usa ese sustantivo.

Pero cuál es el peligro que implica el uso y abuso de esa “inocente” palabrita, que tampoco habría que satanizarla, pero sí resignificarla. Hablemos de la diversidad de connotaciones.

En un principio princesa era aquella mujer que disponía de un título honorífico conferido por ser la esposa de un príncipe o la descendiente de un rey. Era esa figura de intercambio, hasta cierto punto política, a través de la cual se realizaban contratos matrimoniales para establecer alianzas y unificar reinos.

Con el tiempo, el término princesa se convirtió en otras miles de cosas. Hay que recalcar la palabra “cosa”, porque al igual que con el término “producto” conforman algunas de sus significaciones.

Las princesas de Disney, por ejemplo, han sido configuradas como esos personajes de “ficción” que generalmente son “buenas, generosas, amorosas, inocentes y vulnerables”; y que deben ser rescatadas de las madrastras o brujas malas que vierten hechizos sobre ellas o sobre el futuro marido/príncipe en cuestión. Esas princesitas eran “cosas” o “productos” lindos, que merecían ser salvadas por el príncipe valiente, guapo y, obvio, adinerado, debido a su título nobiliario; aunque, en algunos casos ellas son adineradas también, pues son princesas y sus papis ya explotaron al reino lo suficiente como para tener muchos recursos.

Es hasta ahora que han abordado la escena princesas de perfiles “modernizados”, aparentemente más liberadas, más independientes, más valientes; que no requieren de un príncipe que las rescate, porque ellas se han dado cuenta que se valen por sí mismas.

Es más, en la realidad actual, la misma industria crea nuevos arquetipos de princesas, por el simple hecho de que las anteriores ya no suscitan identificación con las mujeres contemporáneas, ni con las que vendrán seguramente más empoderadas e independientes; por lo que esa industria se ve obligada a cambiar, pues es necesario seguir vendiendo.

Pero ahora analicemos al menos tres aspectos peligrosos del término: el primer peligro está relacionado al hecho de que no nos hemos liberado de nuestra carga machista y cosificadora. Basta con salir a la calle en minifalda o con un escote pronunciado para escuchar una retahíla de guarradas indicando que te quieren comer.

Lo segundo es que algunos padres persisten en la educación que supone que sus hijas deben encontrar un marido/príncipe que las cuide, las mime y las mantenga; y se les olvida la importancia de fomentar en ellas la ética de la independencia y la libertad, de hacerse sujetos pensantes, con fortalezas más allá de su sexualidad.

Lo tercero es que, bajo estas condiciones, se construyen mujeres arrogantes, que por su “clase social” creen merecer que el mundo esté a sus pies, sin esfuerzos reales para ganarse las cosas. Ah, pero de tal arrogancia no están exentos los llamados princesos, hechos de la misma cepa de esa pretendida alta sociedad que los crea y reproduce.

Para cerrar, hace falta hablar de ese universo paralelo y esperanzador de las nuevas generaciones de princesas, esas que vienen pensantes, que rechazan el palacio dorado y la rueca de plata. Esas princesas que como diría Rubén Darío “quieren ser golondrinas, quieren ser mariposas, tener alas ligeras y bajo el cielo volar”.

* Licenciada en Literatura Latinoamericana, en la UADY, fue investigadora de historia oral en la SEP; actualmente se dedica a la divulgación de temas de equidad de género.

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