La licenciatura presidencial

En defensa de la tesis

Carlos Luis Escoffié Duarte
Foto: AP/Susan Walsh
La Jornada Maya

Martes 23 de agosto, 2016

La noticia sobre el supuesto plagio que habría cometido Peña Nieto en su tesis de licenciatura causó diversas reacciones. Por un lado, indignación y críticas hacia el presidente, profundizando su impopularidad. Por otro lado, críticas hacia la Universidad Panamericana, a la que muchos exigieron retirarle el título de abogado. También se ha generado un amplio debate sobre la calidad periodística del reportaje de Carmen Aristegui y su publicidad previa a manera de teaser. Sin embargo, quisiera dedicar estas líneas a un análisis que logra prescindir de todos esos personajes: la forma en que valoramos el plagio de una tesis.

Una de las reacciones más difundidas fue la minimización e incluso la naturalización de la primicia. “¿Tanto show para eso?”, “pensé que iban a decir algo más grave”, “da igual, fue hace 25 años”, “mucha gente plagia en sus tesis”, entre muchas otras reacciones similares que me alarmaron. Incluso más que la noticia en sí.

Me queda claro que la formación académica debe enfocarse a distintas aptitudes. Algunas personas disfrutan más hacer una tesis que otras. De ahí que se haya planteado en distintas universidades otras formas de titulación, con todo el debate –aún sin agotarse– que eso conlleva. Sin embargo, las tesis han sido injustamente valoradas en nuestro país. Cosa que no me extraña, desgraciadamente.

No todas las tesis serán grandes tratados que definirán el rumbo del pensamiento académico en un área. No todas generarán el cambio urgente de paradigmas. Pero esas grandes posibilidades son contingentes. La primera gran aportación social de los trabajos de tesis es que ponen al estudiante en la prueba de fuego: demostrar que no sólo es capaz de repetir lo aprendido durante los años de la carrera, sino que tiene la posibilidad de aplicarlo, criticarlo, encontrarle fallas y complementarlo. Esa es la gran aportación esencial de un trabajo de tesis, independientemente de la propuesta y conclusiones a las que llegue su autor.

Sin embargo, la titulación por ese tipo de trabajos no sólo no parece promoverse, sino que ha sido subvaluada. Al menos en las facultades de derecho de Yucatán, pareciera ser una opción impopular. Los mismos profesores no creen en ella y la ven como un método “más complicado y tardado”, razón por la cual terminan recomendando a los alumnos que se titulen de formas “más fáciles y rápidas”.

Es verdad, no todos tienen vocación para dedicarse a lo académico, ni tienen que tenerla. Pero el objetivo de la tesis no es iniciar un proyecto laboral en esa línea. Es una de las muchas herramientas efectivas para generar seres críticos que dominen su propia área, en lugar de ser autómatas que saldrán de las universidades a repetir lo que a sus profesores les enseñaron cuando estudiaron la carrera. Sí, no es la única. Pero es una muy importante y debe fomentarse.

De las reacciones no resulta menos alarmante la naturalización del plagio. En un país donde el desarrollo académico es menospreciado, plagiar una tesis pareciera ser sumamente irrelevante. Al final, podría pensarse, al ser un trámite “molesto” e “inútil” lo que importa es tener el título. Y es que ahí está el problema: valoramos y celebramos más que la gente tenga un título que el hecho de demostrar la aplicación de su aprendizaje de forma novedosa y destinada, no a replicar, sino a encontrar nuevos caminos para ir mejorando cada área del conocimiento. Esto último es lo que urge en este país. Y nos vale, tanto como nos vale que alguien plagie una tesis.

Mérida, Yucatán
Twitter: @kalycho