El oficio de vivir

Café sin azúcar

Andrés Silva Piotrowsky
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 26 de octubre, 2016

Una de las cosas que propició el reciente adiós temporal de Pablo A. Cicero Alonzo, fue que esta columna abandonara un prolongado letargo. Nacida junto con las primeras apariciones de La Jornada Maya en página web, ya hace casi dos años, fue concebida no con el afán tomentoso del diario atípico del poeta italiano Cesare Pavese, del cual roba el título, sino porque precisamente su nombre puede remitirnos con facilidad a una realidad que a unos abruma más que a otros: la vida cuesta trabajo; o, como dijera un amigo norteño, la vida es un trabajal, hay que batallarle muncho.

Se trataba de entrevistar o hablar de oídas de personas conocidas, o no, y contar algún suceso notable de su vida, relacionado siempre con su profesión u oficio, incluyendo el de no hacer nada; es decir, el nombre sólo era un pretexto para hablar de cualquier persona y de lo que las ganas dispusieran. Quién iba a pensar que el objeto de esta reaparición sería precisamente nuestro columnista, que puso un paréntesis a su colaboración en nuestras páginas.

Conocí primero sus textos, gracias a que Fabrizio León Diez, con sus dotes de sabueso, dio con él. Compartimos el asombro por el temple de su pluma, por su manera de hacer convivir emoción y conocimiento, por su forma de narrar las desgracias humanas con una economía que produce empatía sin engolosinarse con la hipersensibilidad. A muchos, sus textos nos llevaron a las lágrimas, no del melodrama, sino a las de la piedad, esa antigua, alta y profunda emoción que pone en el mismo rasero a los seres humanos. Por eso duele su ausencia.

Otro amigo, empedernido lector de diarios y crítico mordaz, me preguntó sobre la identidad de Pablo y le dije con sinceridad que no lo conocía; sentenció: “¡Pues deberías, porque es mejor que muchos de los que escriben en los diarios nacionales!”

En efecto, en pocos meses la página dos se hizo de adeptos y detractores, que no escatimaron sus opiniones en nuestro sitio de internet, en las redes sociales y también de modo personal, pero el columnista seguía siendo un misterio, hasta que un día se apersonó en la redacción. Contrario a lo que imaginé Pablo es más bien un hombre reservado, no exento de jugar bromas y departir, pero da la impresión de no ser afecto a la fácil socialización; esa fue una de las razones que expuso para retirarse, el verse de pronto en medio de una intensidad social ajena a su carácter; además de verse navegando “en océanos de complacencia”, convertido en una especie de pontífice, muy lejano a sus aspiraciones juveniles, cimentadas en la crítica de aquellos que ceden a la celebridad.

Aunque de lo escrito en su última participación, lo que destaco es una mención, que no un argumento de despedida, cuando define a su renunciante personaje ficticio con esta frase: lo que mejor sabía hacer era ser ciudadano de su familia. Creo que eso es lo que pinta entero al ser humano que hay detrás de este periodista, pues mucho de lo que he leído de él está permeado por la genuina preocupación del mundo que imagina para sus dos pequeñas hijas. En ocasiones lo hace explícitamente, citándolas en sus textos.

Quizá poner una pausa en la obligación de hacer una columna diaria que, de acuerdo con la definición de nuestro director, es de las cosas más difíciles del periodismo, tenga que ver, aparte de lo abrumador que a veces resulta el oficio de escribir, con regalarse aunque sea unos minutos más para estar rodeado de ese coro de luz que son los hijos, como bien los define otro amigo poeta. Eso justifica cualquier mutis.

Una lectora asidua, al enterarse de que ya no habrá, por lo pronto, Reporte 8 am, y que toma el café sin azúcar, me dijo con voz entrecortada: mi café matutino será más amargo. No es mi caso, porque yo tenía el privilegio de leerlo una noche anterior, como parte del equipo de edición de este periódico, antes que nadie, si ganaba la disputa por “corregir” el texto en turno con Felipe Escalante. Es un hecho ya, el café nocturno está pidiendo más azúcar.

Mérida, Yucatán

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