El oficio de vivir

El último día

Andrés Silva Piotrowsky
Foto: Martha Silva
La Jornada Maya

Jueves 22 de diciembre, 2016


Después de muchos kilómetros de viaje y filtros de asepsia, finalmente pudo pasar: se lavó las manos, se tapó la boca, se puso la batacamisadefuerza y entró. Ahí estaba ella, sentada al filo del medio de la cama, encorvadísima, un manojito de huesos, aparentemente mirando al piso, pero sus ojos ya estaban tocando el infinito.

Volteó, casi sin sorpresa, qué bueno que viniste; en su mirada ya se asomaba el brillo del vidrio. No sabes cuánto quería verte… Un rato de llanto en silencio y luego la impertérrita ironía que siempre permeó su palabra; la descripción casi procaz de enfermeras y doctores, de familiares y anexas, de políticos y celebridades. Genio y figura…

Silencios de caricias en las manos, silencios de besos en las frentes. Silencios. Luego, una reflexión: “no sé si lo hice bien, hermano” ¿Cómo puedes preguntar eso?; bueno, sí, puedes. Pero qué caso tiene, no se trata de hacerlo bien o mal, quién determina eso…

Importa lo que hiciste, todo lo que sembraste. Ve el corazón enorme de tus cuatro hijos; están vivos, divertidos, entregados a lo que hacen, creciendo siempre.

Sacó un papel de su saco y le dijo: estas letras fueron para ti hace un par de años:

Madre niña, madre hermana, madre siempre. Floración siempreviva, saeta de agua, machete, espada, fragua buena, sazón y son.

No soy creatura de tu vientre, pero por ti soy. La vida te eligió desde tus primeras ternuras, como árbol proveedor de sombra de tus hijos-hermanos, de tus hijos-hijos, de tus hijos-nietos y de ahí a más allá. Abandonaste los juguetes que nunca tuviste, para alimentar nuestras ilusiones; desde entonces, acarreas agua para saciar la sed de nuestros sueños. Aprendiste, en la interminable fila de la supervivencia, a tejer la cabalidad con tu palabra, que salta de tu pecho como flecha hiriente, a veces, y, toda la vida, como algodón de azúcar para servirnos de almohada. Tu casa es limpia y transparente como tu corazón. Vives en un refugio celosamente custodiado, pero visitado por todos, irremediablemente. Eres hogar trepidante donde se cuecen los mejores platos, remanso de nuestra alma. Cantas, mientras miras extasiada el fuego de tu hornilla y piensas en tu progenie que es espejo y diferencia. Cuando tiras un grano de sal el universo se ilumina y todo es música alrededor, como la semilla de la especie que desciende de ti, para siempre...


Y siguió hablando, mientras la acostaba y arropaba: sí, ahora estamos rotos, todos, un poco. Tu enfermedad nos tiene así, no hay remedio. Ese dolor cala los huesos como los fríos de los mares. A todos. Pero, tú sabes, esta familia tiene doctorado en rompimientos y pérdidas y tú, hasta en estos días postreros, nos enseñaste a juntar los pedacitos y a pegarlos.

Por ejemplo, yo a los once años ya estaba hecho cachitos y, sin embargo, tú estuviste ahí para darme forma nuevamente, para ponerme los pies donde debían y que pudiera andar y desandar mis pasos, los ojos (hasta donde era posible, debido a mi miopía), fijos en algo que deseara para poder perseguirlo; y pusiste mi corazón en su lugar, latiendo fuerte para reencontrarse siempre contigo y con tus hijos, esos otros hermanos con los que me dotaste cuando me llevaste a vivir contigo.

Que si lo has hecho bien, preguntas. La respuesta está en todos los que te rodeamos y latimos contigo al unísono y que te estamos extrañando tanto, tan anticipadamente. Sí, nos vas a dejar más rotos todavía, hay que asumirlo, pero sabremos, por tu gracia, cómo rejuntarnos y pegarnos los añicos que ya estamos siendo desde ahora.

Duerme, duerme en paz hermana, madre mía, que tú eres de esa legión clara y sencilla que contiene a este mundo idiota y que evita que se lo lleve la trampa, aunque siempre esté a punto del desborde; porque estás del lado de esa gente que puede irse satisfecha por todo lo bueno que trajo al planeta.

Luego cerró la puerta, y se fueron los dos, de ambos, para siempre.

Mérida, Yucatán
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