Marina sobre triplay

Mar de Historias

Cristina Pacheco
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Sábado 16 de abril, 2017

¿Cuántas veces mirarán las fotos que se tomaron llegando al hotel Los Pericos, en el comedor, en la terraza, en una calandria, en el tranvía turístico, en la palapa del Negro Alfonso? ¿Cuántos sábados por la noche se reunirán con familiares y amigos para contarles que la pasaron de maravilla en Veracruz? (A pesar de que el cuarto que les habían asignado era diminuto y en un bar del malecón Eugenio se disgustó porque le rechazaron la tarjeta y Mirna tuvo que pagar con la suya.)

Y al tío Jaime, que de seguro los estará esperando en su silla plegable, a las puertas del edificio, ¿le dirán que lamentaron su ausencia o la verdad?: que durante la semana de vacaciones sintieron alivio por no tener que repetirle las cosas mil veces, acompañarlo al doctor, soportar que se quite la dentadura postiza a mitad de la comida, ver las lagañas en su ojo enfermo o limpiarle la pechera de la camisa cuando devuelve la avena.

II

Mirna sabe que, en las condiciones en que se encuentra su tío, no queda más remedio que optar por el engaño. Cierra los ojos. Le gustaría que el viaje de regreso se prolongara mientras reúne fuerzas para volver a la colonia llena de refaccionarias y basura, al departamento atestado, a las obligaciones domésticas y el lunes ¡al trabajo!

Al pensarlo se da cuenta de que no compró regalitos para sus compañeras. Entre la intoxicación con mariscos de Eugenio, las siestas largas y las excursiones en grupo no le quedó tiempo para ir al mercado de artesanías donde estuvo hace 15 años acompañando a Flor en su viaje de bodas. ¿Habrá en el mundo otra persona que haya conocido el mar en condiciones tan incómodas? Si existe enfrentará las mismas dificultades que ella padeció para no oír, fingirse dormida, escapar del cuarto siempre que Saturno, el esposo de Flor, mostraba sus ímpetus amorosos.

–¡Fue horrible!

Al darse cuenta de que pensó en voz alta Mirna se lleva la mano a la boca. No quiere que otros recuerdos se le escapen y se conviertan en palabras. ¿De cuáles podría valerse para describir aquella Semana Santa de hace 15 años en Veracruz? Absurda, triste, pobre, decepcionante, amarga...

Desiste del juego. Tiene otro problema que resolver: olvidarse de Clemente. Pese a que llevaba más de 20 años sin verlo, lo reconoció al entrar en el café. En su mesa había periódicos y servicio para dos personas, pero él estaba solo. Ella también, porque Eugenio había ido al Oxxo por unas pilas. Entonces, por qué no se acercó y le dijo: Clemente: soy Mirna. ¿Con eso habría bastado para que él recordara lo que ella recordó al verlo? Su noviazgo en tercero de secundaria, sus besos y los planes para el futuro formidable y loco que pensaban compartir. No fue así ni hicieron nada para defender su proyecto. Nos traicionamos, murmura.

–¿Qué dijiste, mi amor?

La pregunta de Eugenio la sobresalta:

–Nada, no hablé o a lo mejor lo hice sin darme cuenta. Ya sabes que el calor me adormece. ¿No quieres que te ayude a manejar un ratito?

–¡No, gracias! Mejor descansa. –Eugenio alarga la mano y le acaricia las piernas: –Deberías ponerte falda más seguido, en vez de tus horribles pantalones.

Mirna sonríe y se propone olvidar su estúpido encuentro con Clemente.

III

Eugenio se detiene a la entrada de una gasolinera. Necesita ir al baño. Ella no. Los sanitarios públicos le dan asco. Prefiere esperarse a llegar a la casa, aunque falte por lo menos una hora hasta la última caseta y después el tiempo que les tome atravesar la ciudad hasta la colonia Sifón.

Cuando Eugenio la llevó a vivir allí, la colonia le pareció deprimente. Ahora le resulta habitable y con muchas ventajas. Lástima que esté tan lejos de la casa de sus padres. Al evocarlos piensa en el café que les lleva de regalo. No compró puros porque sabe que a su padre le hace daño fumar, aunque le guste tanto.

Mirna se pregunta por qué las cosas o las personas que más nos agradan a veces resultan dañinas. A ella le encantaba Clemente y tuvo que dejarlo porque, según su madre, él le hacía mucho daño. ¿Por hacerla soñar en lo imposible? Por eso, le respondió su madre y cerró para siempre la conversación con una frase lapidaria: Eso no está bien, no trae nada bueno.

IV

¿Estuviste contenta? ¿Te gustaría que volviéramos el año que entra? ¿Devolviste la llave? Mirna responde con un sí a las preguntas de Eugenio, aunque siga incomodándola el recuerdo de Clemente y sienta en la bolsa de su falda la tarjeta para abrir el cuarto que le dieron a su llegada a Los Pericos. Siempre que van a Veracruz se alojan allí. El sitio les gusta, aunque el servicio sea muy lento y en el comedor, en vez de peces disecados como adorno, haya marinas fosforescentes pintadas sobre triplay. Sólo el mar sigue igual.

Ciudad de México