Las salidas del infierno

El oficio de vivir

Andrés Silva Piotrowsky
Foto: Tomada de web
La Jornada Maya

Lunes 5 de junio, 2017

A Fabrizio León

“(…) El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí,
el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos.
Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos:
aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo.
La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos:
buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno,
y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Las ciudades invisibles (1972), Italo Calvino

Como suele suceder en la redacción de un diario, algún día recibió por correo un video, donde un grupo de hombres encapuchados autodenominados como Zetas, tenían hincadas a cuatro mujeres con el torso desnudo.

Lo que algunos de ellos hablaban a la cámara le pareció irrelevante frente a la atrocidad cometida, con la mayor parsimonia, minutos después.

Tiraban del cabello a las mujeres postradas; en repetidas ocasiones les pegaban con la punta de sus armas y las abofeteaban, hasta que, finalmente, con toda impiedad les disparaban en la nuca, para luego, con un machete, arremeter contra sus cuerpos, principalmente la cabeza. Una, dos tres, innumerables veces, hasta consumar una carnicería nunca antes vista por sus ojos.

Los motivos y los fines de ese ejercicio sicópata, al parecer dedicado a un cártel rival, no le importaron.

Su pensamiento sólo se concentró en tratar de explicarse el sustento del acto macabro; "el dinero", se dijo, "el puto dinero". La red de complicidades de los narcotraficantes y el crimen organizado desde el poder.

Al pasmo que le duró semanas, se le sumó una profunda tristeza, al enterarse del asesinato de Miroslava Breach, colega del estado de Chihuahua, que había señalado crímenes como los que figuraban en la secuencia.

Se remitió al origen; recordó al hombre de Atepuerca, documentado como el primer homicidio, y no encontró luz para explicar los tiempos de violencia extrema que vivía su país; seguramente el cráneo de ese homínido fue horadado por alguien que luchaba por el sustento; quizá no hubo, tras su sacrificio, más que una batalla por la sobrevivencia; no se sabe.

Al pasmo, la tristeza y el dolor, meses después, se agregó el estupor por la noticia del brutal asesinato de Javier Valdez, periodista sinaloense con quien había departido semanas antes, en Mérida; también ese comunicador había documentado las actividades del narco y su relación con la política. Se volvió a decir: "el dinero, el dinero; seguir la ruta del dinero conduce a la salida de este infierno", enfatizó en su imaginación. "¡Legalizar las drogas! ¿Es esa salida?", se preguntó. No supo responderse.

Tres días fueron dedicados en las planas de su diario al artero homicidio; una portada le costó una controversia con un colaborador; la imagen del dolor de la esposa de Valdez asida a su féretro, le parecía a uno de sus editores medrar con la tragedia. No es la familia de Javier, es la tuya, es la mía, es nuestra familia y tenemos que decirlo, fue la conclusión y así se hizo.

Los días siguientes estuvieron marcados por sucesos que frente a lo narrado podrían parecer un juego de niños: ácido sobre calles recién pavimentadas, triunfo de una ley local contra la libertad de consumo de los ciudadanos y de su decisión para movilizarse en automóviles de una de las plataformas digitales, grillas previas a la madre de todas las elecciones, la del Edomex, y a las del 2018 que se vaticinan turbulentas. ¿Nada más? No, lo que fue denominado por un reportero como el caso de la Cuadrilla del ácido escaló para involucrar a mandos locales altos e influyentes.

En cualquier país civilizado, pensó, los personajes señalados habrían renunciado a sus cargos para ponerse en manos de la justicia, ante la más mínima sospecha; eso los proveería de una honorabilidad cada vez más lejana de la clase política mexicana. Pero no, las huestes de uno y de otro los defienden y los conservan a capa y espada.

Se hizo la obligada pregunta: "¿Son Yucatán y Mérida realmente los lugares donde nunca pasa nada? Bueno, al menos, la violencia no está tan generalizada, como en otros lugares del país", se respondió.

¿Y qué nos falta, qué diferencia hay entre la mente de quien fragua el uso de ácido para destruir el pavimento, de quien, como en otros estados, lo usa para deshacer cuerpos de personas?

“Me temo, se dijo, que la la línea es muy débil; quizá el gobierno de este estado aún está a tiempo para emparejar el mito de su paz y de su tranquilidad, con la realidad cotidiana; quizá el gobernador podría dar la cara a la sociedad y de frente relevar a su jefe de despacho para aclarar el caso en el que se le involucra: quizá los panistas podrían suplir a su líder municipal, hasta aclarar los atentados contra las vías de comunicación, quizá están a tiempo de evitar que este estado peninsular también se convierta en un infierno… quizá”.

El recuerdo de Javier Valdez, quien le había manifestado la idea de ponerse a salvo de las amenazas recibidas, viniendo a vivir a Mérida con su familia, lo sacó de sus elucubraciones. "¿Por qué no lo hizo?", se cuestionó y concluyó para sí: "nunca se sabrá si aquí hubiera permanecido a salvo".

Cuando le preguntó a otro colega que regresaba de Culiacán, del funeral del periodista, por qué Javier no había decidido mudarse, le respondió: "¡porque el periodismo es una enfermedad!"

Entonces recordó una frase del escritor victimado: “no nos debe ganar el silencio”; la repitió una y otra vez y asumió su mal; luego, se puso a escribir, porque quizá también es una forma de que este infierno no lo sea tanto.

Mérida, Yucatán

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