Basura blanca: raza y clase en EU

La condena de las minorías

Carlos Bonfil
Foto: Reuters / Carlos Barria
La Jornada Maya

Viernes 09 de junio, 2017


La historia de Estados Unidos narrada a través de sus inocultables conflictos de clase y sus derivaciones racistas. Cuatro siglos de una historia en la que, de modo novedoso, los protagonistas olvidados son las personas desposeídas y socialmente vulnerables, los habitantes menesterosos sin reconocimiento alguno en el país donde la prosperidad semeja un don divino, un atributo nacional, el privilegio inalienable de un país de excepción y de abundancia, el paradigma global de un éxito incuestionable.

En ese país que celosamente rinde culto al esfuerzo individual desterrando hacia la periferia de lo moralmente aceptable toda narrativa del fracaso, el caso de las comunidades urbanas y rurales que no participan activamente en el frenesí de la construcción capitalista, están condenadas a la invisibilidad o al olvido. Así sucede hoy, en pleno siglo XXI, y así ha sucedido siempre desde la llegada al Nuevo Mundo de la primera ola migratoria proveniente de Inglaterra. Nancy Isenberg describe con erudición y brío esa larga historia en su libro White trash, the 400-year Untold History of Class in America (Penguin Books, New York, 2016).

Profesora de historia en la Universidad Estatal de Louisiana, y autora también de la biografía The Fallen Founder: The Life of Aaron Burr (2007), sobre un personaje histórico a quien Gore Vidal dedicó un libro memorable, Nancy Isenberg propone ahora en esta nueva exploración académica –por su legibilidad, todo un bestseller instantáneo–, el paciente desmontaje de cuatro siglos de mistificación ideológica. Muestra a los primeros colonos no como los esforzados artífices de una nueva civilización, sino, en su inmensa mayoría, como el muy prescindible desperdicio humano (convictos y vagabundos, delincuentes y mendigos) que la corona inglesa expulsaba hacia el nuevo continente con el propósito de reformarlos moralmente mediante un trabajo forzado que sería provechoso para una minoría de colonos terratenientes. A ese contingente de migrantes de segunda o ínfima clase, se le conocerá como waste people (gente de desecho), un antecedente directo de esa trash people (gente basura) que, relegada a la periferia de las ciudades, o confinada en un medio rural precario, se perpetuaría, de un siglo a otro, en un estado de pauperización lamentable. Como sirvientes por contrato, su suerte en tanto miembros de una raza blanca, sería tan desafortunada como la del esclavo negro, o la de otras minorías raciales (indios, asiáticos o mestizos latinos), igualmente desfavorecidas. Ese hombre blanco, humillado y pobre en el emporio nuevo de la abundancia, sería conocido en lo sucesivo como white trash (basura blanca), objeto primordial del estudio de la historiadora Nancy Isenberg.

Algo determinante en la lógica de distinción de clases en el país que siempre ha presumido haberlas abolido permanentemente, ha sido la tenencia de la tierra. Poseer una propiedad era desmarcarse por completo de toda la ralea de vagabundos miserables que con su sola presencia embarazosa y su proliferación incontenible ensuciaban el gran proyecto civilizatorio. La llamada basura blanca era una población a menudo sin domicilio fijo, proclive a la ebriedad y la pereza, de lenguaje ordinario y comportamiento soez, capaz de acentuar en su persona los peores rasgos de las razas supuestamente inferiores, y por ello mismo una afrenta viviente a sus otros compatriotas blancos. Profundamente incultos, cargados de prejuicios y mezquindades morales, los miembros de esa blanca masa nómada y desarraigada, fueron con frecuencia objetos de una representación mediática que jamás les escatimó ni las burlas ni las ofensas. Caricaturizados como hillbillies (vagabundos), o como rednecks (zafios y brutales ignorantes con el cuello enrojecido por una larga ociosidad bajo el sol), los desterrados del gran sueño americano fueron a tal punto una población incómoda, que se llegó a pensar en expulsarlos hacia la región sur del continente, o devolverlos a Inglaterra, o incluso prevenir su descendencia mediante programas de eugenesia que tuvieron eco en el círculo del propio presidente Theodore Roosevelt, un convencido de la purificación racial, a principios del siglo pasado.

Una tradición populista

Refiere la historiadora los programas de esterilización forzada dirigidos a las trash women, mujeres basuras a las que había que disuadir de perpetuar el infortunio de una raza blanca contaminada y pervertida por su larga contacto con la vulgaridad y la pobreza. Como habitantes de las regiones pantanosas del sur americano, los white trash fueron considerados seres primitivos e irredimibles. Su vivienda itinerante eran los trailers que pronto se volvieron imagen emblemática de la libertad y el salvajismo. Pero a pesar de una acumulación de imágenes negativas, esos nómadas vulgares fueron al mismo tiempo objeto de una curiosa idealización romántica: eran también los depositarios de un espíritu aventurero y temerario, opuesto en muchas cosas al frío cálculo y las rutinas grises de las élites económicas y culturales de las grandes urbes. Tuvieron líderes en el congreso, incluso presidentes que reivindicaron y enarbolaron el lenguaje franco y rudo de la basura blanca, su arrojo temerario, su pretendida sinceridad y su inocencia. El presidente más connotado fue Andrew Jackson (1829-1837), todo un icono del conservadurismo radical. Pero el atractivo se mantuvo presente a lo largo del siguiente siglo, cuando mandatarios como Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, e incluso Jimmy Carter y Bill Clinton procuraron un acercamiento táctico, ciertamente demagógico, con las clases desfavorecidas que, en su opinión, encarnaban el auténtico espíritu norteamericano. Un siglo antes, una muy desvencijada aristocracia esclavista había tachado al propio Abraham Lincoln de white trash por su ruda apariencia física y su credo abolicionista. En la política y en la cultura, la basura blanca tenía imágenes muy contrastadas. El cineasta Elia Kazan elaboró un retrato memorable de “LonesomeRhodes (Andy Griffth), un vagabundo ignorante encumbrado a la cima del poder en Un rostro en la muchedumbre (1956), mientras el ídolo musical Elvis Presley se convertía en el icono de una sensualidad salvaje ligada a la bohemia trash. Posiblemente el retrato más evocador y exacto de una comunidad rural vinculada vigorosamente a lo white trash sea ese libro clave sobre la Gran Depresión económica de los años treinta, Elogiemos ahora a hombres famosos (Let Us Now Praise Famous Men, 1941), del escritor y crítico de cine James Agee, en colaboración con el fotógrafo Walker Evans.

El libro de la profesora Nancy Isenberg explora las grandezas, miserias y contradicciones de una población blanca por largo tiempo denostada y ridiculizada, jamás merecedora de susidios oficiales, mantenida muy al margen del quimérico estado de bienestar social. Alejada primero del privilegio de poseer tierras, y por lo mismo desclasada y orillada a un nomadismo de la precariedad; convertida luego en versión muy degradada de la raza blanca por su miseria, su vulgaridad y su alcoholismo, y por una dieta insalubre que le prestaba un físico enfermizo de tonos de piel amarillentos e ingratos, poco o nada podía ese desperdicio blanco envidiar a los antiguos esclavos negros, ahora ya emancipados, que con gusto se burlaban de él. Algo que la historiadora no explora, o aborda de modo tangencial, es el rencor social que una condición de marginación extrema provoca en esa basura blanca. Un retrato formidable de Sarah Palin, gobernadora de Alaska, colma un poco esa laguna. Retengamos una frase clarividente de Isenberg: “Cuando conviertes una elección en un circo con tres pistas, siempre existe la posibilidad de que acabe triunfando el oso bailarín”.