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Antonio Rodríguez Jiménez
Foto: EFE
La Jornada Maya

Jueves 15 de junio, 2017


El escritor español Juan Goytisolo ha muerto en Marrakech, la ciudad cosmopolita en la que vivió en las últimas décadas. Cuando algunos vivíamos en Marruecos haciendo promoción de la lengua española y de la cultura hispanoamericana, él estaba allí desde hacía muchos años. Los directores cervantinos de Marrakech (primero Lola López Enamorado, y Vicente Mora, después) tenían trato directo y privilegiado con él. Recuerdo que la gente le mandaba cartas al Instituto Cervantes y ellos iban periódicamente a su casa a llevárselas. Una vez me prometió que vendría a darnos una charla a Fez, pero enfermó y no pudo venir. Mora se encar-gaba de tenerme al tanto de las buenas y malas noticias sobre el escritor. Juan Goytisolo era una especie de rey moro sabio muy amado por sus vecinos. Y ahora ha muerto a sus ochenta y seis años, lógicamente de muerte natural, y será enterrado en tierras marroquíes. ¿Para qué iba a querer volver a España, con la lluvia ácida que cae desde hace tiempo?

Goytisolo era un tipo muy serio, pero tenía su punto de humor socarrón. Lo vi por primera vez en el 1979, cuando estuvo en Córdoba, y le hice una entrevista para el periódico. Desde sus primeras obras adscritas al realismo crítico hasta la más conocida, Señas de identidad, y luego Reivindicación del Conde don Julián o Juan sin tierra, o luego Makbara y muchas otras, sorprende en Goytisolo su empeño en ir creando una obra no reiterativa en la que siempre huye hacia adelante. A mí me sorprendió en mi casi adolescencia una especie de impactante reportaje titulado Campos de Níjar, que leí varias veces, me fascinó y seguí al pie de la letra hasta el punto de escaparme de casa y pasar en Almería y sus alrededores una semana buscando aquellos parajes mágicos y desérticos de los que habla en ese libro.

He conocido a los tres hermanos. Jordi Virallonga me presentó en Valencia al poeta José Agustín Goytisolo, un personaje muy interesante que murió en Barcelona de forma trágica. También conocí a Luis Goytisolo en el Puerto de Santa María, en un encuentro sobre periodismo y literatura. Los tres personajes, casi literarios, tenían un aspecto muy circunspecto; aunque el poeta era tierno, Luis es distante y Juan era el más serio, intelectual y crítico. Afortunadamente, aunque pasó años duros exiliado en Francia y después en Estados Unidos, al final le llegaron los reconocimientos y las distinciones, como en México los premios Octavio Paz y Juan Rulfo, o en España el Premio Cervantes en 2014.

Cuando fue a recoger el Premio Cervantes, Juan Go-tisolo rompió con los protocolos del baboseo típico a los políticos de turno. Comenzó por su indumentaria, unos pantalones casuales de color beige y una chaqueta de invierno marroncita con líneas de cuadros verdosos, una camisa muy casual también, y se puso la única corbata que tenía en su armario de Marrakech, una de listas verde intenso y verde aceituna. En las imágenes aparece muy serio junto al presidente de la Comunidad de Madrid, el hoy encarcelado por corrupción Ignacio González, así como del ministro de Cultura de esas fechas, José Ignacio Wert, un representante gubernamental de la cultura con ademanes de patán. Y Goytisolo, coherente como lo fue toda su vida, dijo en su escueto discurso lo que tenía que decir, que imaginaba hoy a don Quijote a lomos de Rocinante acometiendo, lanza en ristre, “contra los esbirros de la moderna Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera”.

Goytisolo, con genio y figura, dijo mirando a las autoridades: “Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos.” Acto seguido, añadió: “Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.” Dijeron testigos presenciales que algunos políticos o autoridades agacharon la cabeza y ni siquiera le aplaudieron, a excepción de los reyes y de las autoridades académicas, además del público asistente. Como si estuviera escribiendo una novela, Goytisolo tensó el ambiente del auditorio demostrando una vez más su espíritu crítico. No en balde se fue a vivir fuera de España y ya no quiso regresar.

Aquello se acabó con el escozor de quien dice la verdad que muchos quieren oír pero pocos se atreven a decir. Este fue Goytisolo, uno de nuestros grandes escritores que se acaba de ir para siempre, aunque quedarán sus obras, sus gestos y sus amores en la memoria de quien desee resucitarlo.


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