Los ojos de la bestia

La Psicosis de la indiferencia

Manuel Alejandro Escoffié Duarte
Foto tomada de la web
La Jornada Maya

Viernes 30 de junio, 2017


ADVERTENCIA: Por necesidades de argumentación, el siguiente texto contiene spoilers.


Leer de principio a fin una novela como American Psycho (Psicópata Americano, 1991) exige mucha sangre fría. Bastante fría. Al menos en lo que se refiere a hacerle frente a los pasajes en los cuales Patrick Bateman, su protagonista y narrador no confiable, describe en tiempo presente, en primera persona y a escalofriante detalle quirúrgico las abominablemente creativas formas en que tortura, mutila y asesina a sus víctimas; muchas pertenecientes al sexo femenino. Desde infligir cicatrices permanentes en la piel de dos prostitutas con un perchero metálico hasta barbaridades como introducir una rata viva en la vagina de una modelo moribunda, su depravación desconoce hasta el más mínimo límite. Pero existe otro factor en American Psycho aún más perturbador que el nivel inusualmente explícito de su violencia. Uno que un servidor no tuvo manera de precisar o articular hasta que tomó forma a la luz de su correspondiente adaptación cinematográfica en el año 2000 a cargo de Mary Harron; así como de lo otro que hace falta para leerla y que ninguna feminista echando espuma por la boca ante su publicación parece haber tenido: un buen sentido del absurdo.

Bret Easton Ellis, el autor de la novela, se ha visto obligado en reiteradas ocasiones a señalar que lo menos interesante para él acerca de American Psycho son los asesinatos en sí. Considerando que el lector debe pasar por más de ochenta páginas plagadas de nombres de restaurantes, discotecas, marcas de bronceado, equipos de estéreo, ropas de diseñador, revistas de moda y celebridades antes de poder atestiguar el primer homicidio significativo, resulta fácil dar fe de ello. Más aún, afirma que ni Bateman ni sus atrocidades merecen ser interpretados literalmente; o inclusive ser tomados en serio. Ellis, después de todo, no escribe acerca de sociópatas desalmados, sino acerca de inválidos espirituales. No escribe sobre una cultura de muerte, sino sobre una de superficies y auto indulgencia. Pese a tener el timón del relato, Bateman no es más que uno entre miles de yuppies en el Wall Street de los años ochenta cuya idea de una crisis existencial consiste en no saber con qué zapatos combinar su corbata Hugo Boss o no poder inhalar cocaína en el baño del club nocturno más chic con su tarjeta American Express.Son seres fracturados, dignos de lástima en lugar de miedo. Entre ellos y él no hay diferencia significativa más allá del apetito por la sangre; probable razón por la cual muchos tienden a confundirlo con otros seres del mismo círculo. Es tan intrascendente como cualquiera; hasta el punto de que su identidad individual pasa a un segundo plano. También explicaría el por qué, en el colmo de dicha intrascendencia, ni siquiera su propio abogado le cree cuando ha confesado su funesto pasatiempo. Tal y como el Bateman de la pantalla (Christian Bale) expone elocuentemente: “Mi castigo continúa evadiéndome, sin que consiga adquirir un conocimiento superior sobre mí”.

Si bien le restó puntos de simpatía entre quienes ven al sadismo sin concesiones como el mayor atractivo de la novela, Harron antepuso sabiamente al absurdo de esta impunidad de proporciones cósmicas por encima de los destripamientos. Y en el proceso, supo cómo desenmascarar el punchline escondido detrás de este chiste enfermizo: el hecho de que, si American Psycho muestra alguna obscenidad, no reside en Bateman o en sus flagrantes feminicidios, sino en la monstruosa indiferencia de una sociedad humana que suele vacunar emocionalmente a los suyos contra la repulsión que corresponde a crímenes de esta calaña. En que vivimos cómodos con la idea de que las vidas van y vienen. En que la reacción más fuerte de muchos ante la noticia de una joven apuñalada en medio de una plaza comercial difícilmente pasa de un tweet. En que éste es el mundo de Bateman, nosotros lo habitamos y no podemos presumir de ser mejores.

Mérida, Yucatán
[email protected]