El club privado del cemento

Pagar con dolor y en silencio

Carlos Mena
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 07 de julio, 2017

El precio del cemento aumentó en 8 por ciento este mes. Ya había subido un 11 por ciento en enero, para quedar el precio por tonelada en 2 mil 872 pesos que a 18.2 pesos por dólar serían 157 dólares. La razón, dicen, es que la inflación de los últimos 10 años ha sido mayor que los aumentos en el precio y por eso actualizan. Lo que no dicen es que en Estados Unidos el precio es de 70 dólares, pero eso no es todo; en Belice y Guatemala es más barato que en México.

Definitivamente el libre comercio es un privilegio que no pueden alcanzar los pequeños comerciantes, ya que si quieren importar de Belice, Cuba o Estados Unidos, simplemente no pueden. Los permisos especializados tienen normas complejísimas de cumplir, que sólo las grandes empresas pueden lograr; lo irónico de esto es que el cemento disponible en Belice, 40 por ciento más barato, es mexicano; es de la marca Cementos Maya, propiedad de Cemex.

No es primera vez que vemos esto en la frontera. Llantas, alimentos y otros productos mexicanos son más accesibles en Guatemala y Belice que en el mismo país que los produce, es decir, México, donde el cemento es más caro que en Inglaterra y Francia, cuyos costos de distribución son mucho más elevados.

Pero el cemento en México tiene su nota triste. En 2004, una empresa mexicana intentó importar cemento ruso en el barco Mary Nour y no lo pudo hacer porque Cemex la boicoteó y la comisión antimonopolios multó a Cemex por 10.1 millones de pesos. El cemento en cuestión se endureció y quedó en la historia económica como el poder de las empresas dominantes para proteger sus mercados.

Esa misma empresa logró, nueve años después, importar cemento de Cuba, tocando Yucatán. Entonces los precios bajaron 20 por ciento. Es claro que no se puede alegar un monopolio; más bien es un oligopolio. En un mercado abierto, si los comerciantes no tienen acceso a importar productos baratos en el extranjero porque el gobierno no les da permisos, es en realidad un mercado cautivo cuyos excesos esquilman el ingreso familiar y hace costosa la economía artificialmente. Son grotescas las diferencias de precio en el mundo, sabiendo que México posee fábricas. Deducir que el gobierno favorece este oligopolio es cuestionable y reafirma que los beneficios del libre comercio son para unos cuantos y los sobreprecios en productos y servicios como gasolina y electricidad, los pagamos con dolor y en silencio.