Del rugido del jaguar a los vestigios mayas

Una cacofonía selvático

Kálmán Verebélyi
Foto: Marco Opengo
La Jornada Maya

Lunes 17 de julio, 2017

“Estuvimos bien metidos en la selva. Íbamos de cacería. Yo era el guía y dos gringos junto a mí con escopetas bien sofisticadas. La mía- que todavía posee- era una Magnum calibre 12; tira potente hasta más de 50 metros con cartuchos de tres en fondo, aunque le puedes meter de cinco también. Uno de los gringos estaba bien emocionado, excitado. Quería llevarse un jaguar de trofeo. Le dije que no, porque no sabía si era buen tirador o no. Íbamos adentrándonos más cuando de repente veo que el gringo levanta su escopeta, y pam. Le tiró a un jaguar que estaba a unos 40 metros. Pero sólo lo hirió y el jaguar, en lugar de huir, se lanzó contra su agresor. Al gringo le dio un infarto del susto. No murió. El jaguar sí, le di cinco balazos con mi pistola. Cayó frente a nuestros pies”, cuenta William Ham Gunam, hermano del inventor don José, cuyas vidas se han alejado en el tiempo.

“Fue mi cuidadora quien me enseñó a tirar. Tenía yo ocho años. Desde la casa nos fuimos al campo de tiro donde ahora está la Pepsi. El lugar estaba metido en el monte. En aquel entonces todo era monte, había muchos venados, conejos. Al campo de tiro también iban a pastar. Allí maté mi primer venado. ¿Qué cuántos en mi vida?, no sé. Estuve cazando casi 80 años; la última vez, hace ocho.

Don William dice tener 87 años. El número no cuadra porque su hermano José dice haber cumplido el mismo número de primaveras y, que se sepa, no son gemelos. Tampoco estamos para las matemáticas.

“En la tienda de mi papá, El Puerto de Cantón, mi trabajo era repartir la mercancía, principalmente azúcar, en el interior del estado. No había carreteras, en brechas, en las pocas terracerías se llegaba con la gente. A los campamentos de los chicleros, de los madereros. Esta gente vivía en condiciones muy difíciles. Comían pura latería, dormían en casas de campaña o en la hamaca colgada entre los árboles. Estos viajes me hicieron conocer el campo, los montes, la gente del campo”, recuerda.

“Hasta que Ortiz Ávila empezó a traer colonos de otros estados, en el sur, lo que ahora es Candelaria, Carmen, Escárcega, Calakmul, había un sinnúmero de rancherías pequeñas, con una o dos familias. Desmontaban unas hectáreas, sembraban maíz, frijoles, y cazaban venado, jabalí. Estaban en tierras nacionales desde siempre. Cuando llegaron los colonos, los desplazaron. No sé qué habrá pasado con ellos”, dice don William, quien asegura haber recorrido todos los rincones de Campeche y que la parte más bonita es el sur, por su vegetación y su historia. “Fue entonces que empezó a nacerme el amor por la cultura maya, por sus pirámides”, rememora, y procura por unas fotos tomadas por él, donde los vestigios aún estaban cubiertos de vegetación.

“Eran mediados de los 60 cuando en una ocasión, estando de cacería con los gringos en las cercanías de Calakmul, escuchamos el sonido de unas motosierras. Nos acercamos y vemos que unas personas estaban cortando una estela de dos metros. Cuando nos vieron, se adentraron en la selva. Eran guatemaltecos. Cortaban las estelas en tres para transportarlas, luego las unían otra vez. Los gringos cuando vieron las pirámides, las inscripciones quedaron boquiabiertos de la belleza del lugar, y preguntaron por qué no se aprovechaba. Les dije que no había dinero”.

Vemos las fotos. Los colores se han ido opacando con el tiempo, en unas un velo violeta cubre las ruinas. Calakmul, Xtampac, El Tabasqueño, Maravillas, Hormiguero. Balam Kú. “Este libro lo hice en los 70. Tiene fotos de 30 sitios arqueológicos, y cada región tiene su explicación. Abarca gran parte del estado, desde Hopelchén hasta Candelaria. Se lo llevé al rector de la Universidad. Me dijo que lo iban a editar. Nunca lo hizo”. Es un trabajo valioso, le digo, valdría la pena editarlo porque contiene fotos de cuando los sitios aún no eran explorados. Se puede, claro, si tiene las originales de las fotos. “Se mojaron, se echaron a perder cuando el gran huracán”, farfulla. Debió ser Gilberto, pienso.

“Cuando empecé a conocer el campo, los montes, todo era selva virgen, llena de animales. Había tanto venado que no sabías a cuál tirarle. Si vas hoy, te tardas buen tiempo para encontrarle la pista a uno. El hombre ha depredado todo. Los bosques tampoco son como antes, se ha perdido mucho”, lamenta, y dice que la avaricia del hombre es incontenible. “Esta máscara de jade casi se la roban los que lo descubrieron. Si no hubiera intervenido enérgicamente doña Lola, la esposa del gobernador Echeverría, quién sabe dónde estaría. Yo mismo vi estelas que al año ya no estaban, se las llevaron gente del INAH, u otros. Es una lástima, es una gran pérdida. La gente dice que fueron los gobernadores los mayores saqueadores. Esto no es cierto, la leyenda urbana de que de la casa de Echeverría cada noche sacaban algo bien envuelto a una lancha que estaba anclada en el malecón para llevarlo a Progreso, de allí a Estados Unidos, a Europa no es cierto. A Ortiz Ávila también lo acusaron de saqueador. Pura mentira”, sostiene enfático.

Al igual que a su hermano, el nombre del Negro Sansores le trae recuerdos desagradables. El Negro sí que era una mala persona. Tomaba lo que se le antojaba. Cuando le echó el ojo a San Lorenzo, el dueño tenía que ceder. Le pagó una miseria al pobre que de la pena y el coraje al poco tiempo murió. A mí también me hizo una mala jugada. Yo como guía de cazadores ganaba bien. El gringo, cada uno que yo llevaba, daba mil dólares por día. Yo puse la camioneta, los víveres, la casa de campaña. Todo. Di servicio completo, y la seguridad, que en la selva es lo más importante. Los gringos en las mañanas salían de la casa de campaña con unas ojeras que daban lástima. En la selva hay muchos ruidos. El rugido del jaguar es estremecedor. Chillidos, y todo tipo de voces. Una cacofonía selvática”, describe.

“Pues con el dinero ganado a mediados de los sesenta me dio por abrir unos supers. Invertí todo mi dinero en dos tiendas; una por la esquina del Bronce, otra por este rumbo del Seguro Social. Quería una que vendiera de todo, pero El Negro me negó la venta de cerveza, de alcohol. Y sin venta de cerveza ya sólo eres abarrotero sin ganancias. El Negro le reservó el alcohol a los Arceo. Ellos sí podían. A mí me dejaron en la ruina. Por eso acepté la invitación del Chel Rodríguez. Fue mi compadre”.

Le digo que ya estamos en los setenta, que le entremos de lleno. Don William pide un refresco, queda pensativo y recomienda hacerlo en otra ocasión. “Se está acercando la hora de comer”. Está dando hambre.

[email protected]