El paradero del primer viajero en el tiempo

Caída libre

Carlos Luis Escoffié Duarte
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 7 de agosto, 2017

La vida del estudiante universitario ofrece algunos honores irrepetibles. Jilafe Larusso, por ejemplo, tuvo el privilegio de colaborar como asistente en el último proyecto del doctor Durguémenes Darionte, la máxima eminencia en el santuario académico. El endeble pero aún imponente científico se había decidido a alcanzar el Santo Grial de la física cuántica: construir la primera máquina del tiempo.

Después de una serie considerable de esfuerzos, el diseño final apareció en medio del taller. A simple vista parecía una pequeña cápsula ensamblada con absoluto desinterés por la estética. Pero lo cierto es que aquel cúmulo de cables despeinados y piezas de metal torpemente alineadas funcionaba a la perfección. No era necesario probarla para confirmarlo. En cualquier latitud se sabía que el doctor Darionte jamás se equivocaba. Sus cálculos eran inhumanamente infalibles. Él mismo lo sabía y se avergonzaba de ello.

Jilafe propuso bautizarla Ícaro. Sin embargo, el doctor Darionte decidió que se referirían a ella como Traveler I. Ningún invento, decía el octogenario científico, sería tomado en serio sin un nombre en inglés.

Terminada la jornada de ensamble, el doctor Darionte vio que el resultado había sido bueno y decidió descansar. Jalife, como el peón comprometido que era, debía quedarse a guardar los instrumentos, las notas y demás rastrojos que dejó a su paso el huracán de horas, días y semanas de trabajo ininterrumpido.

Una vez solo en aquella fortaleza subterránea, una intranquilidad desconocida se apoderó de sus pensamientos. Si algo caracterizaba al joven entusiasta era su absoluta sumisión a las órdenes. Sobre todo a las del doctor Darionte. Pero ese día fue abordado por la incontrolable necesidad de cometer su mayor acto de desobediencia: decidió que sería el primer viajero en el tiempo. Y lo fue.

Muchos hubiesen elegido presenciar los juicios de Núremberg o encontrarse cara a cara con los primeros seres adánicos y evíticos que capturaron la palabra. No pocos darían su vida por vivir en carne propia el estreno de Las cuatro estaciones de Vivaldi o por ser testigos de la crucifixión del último cristo. Pero Jilafe tenía otro objetivo: quería viajar más allá del principio del tiempo, hasta el otro lado del extremo inextensible de la línea cronológica.

¿Cómo habría sido el nacimiento del tiempo? ¿Qué ocurría antes del tiempo, cuando nada “pasaba” realmente? La curiosidad había ya dominado todos sus impulsos cuando cerró las puertas del Ícaro. Sí, en su mente se refería al navío como Ícaro y no como Traveler I. Aquél segundo acto de solitaria desobediencia hacía más dulce el fruto del árbol prohibido.

La expedición comenzó como una caída libre. Conforme iba retrocediendo en el tiempo, una turbulencia sacudió su trayectoria como una trémula tormenta. Envuelta en destellos de energía, la máquina atravesaba el Todo. Jalife, aferrándose a su asiento, veía la constante transfiguración de la materia que lo rodeaba.

Estando cerca de los primeros tiempos del tiempo –cuando el cosmos, los planetas y, sobre todo, la vida humana eran una conclusión aún impredecible- la turbulencia se volvió indomable. La presión en su cuerpo era cada vez fuerte. La nave devino en un ígneo resplandor y comenzó a desintegrarse. Jalife ya no tenía ni siquiera la certeza de seguir presente.

Finalmente, se estrelló contra el muro del tiempo, provocando una incontrolable explosión.

Fue así como se produjo el Big Bang: con un arrebato de rebeldía.