Entre la posguerra y el boom neonazi en EU

El escritor Gore Vidal hubiera pensado que estamos ante una nación estadounidence peligrosa

Eduardo Lliteras Sentíes
Foto: Twitter
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Lunes 21 de agosto, 2017

En 1989 pintamos algún muro en Guadalajara rechazando la invasión yanqui de Panamá. También ardió alguna bandera estadunidense en el centro de Guadalajara, encontrada en una tienda, aunque más bien se trataba de una insignia sureña. El pretexto para enviar a las tropas estadunidenses al país canalero fue Manuel Antonio Noriega, a quien utilizaron como tirano y administrador del canal hasta que decidieron removerlo, también con el pretexto de su conexión con los narcos colombianos. Eran los hermosos tiempos del escándalo Irán-Contras, cuando el gobierno de Reagan financiaba paramilitares que atacaban a la Revolución Sandinista con la venta de armas a Irán, además de la venta de drogas, en territorio estadunidense.

Decía el escritor Gore Vidal, durante la presentación de un ácido ensayo llamado El Fin de la Libertad (Fazi Editori, 2001, Roma) publicado en Italia, que los Estados Unidos desde el “V-J day de 1945” (día de la derrota de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial) han estado involucrados en centenares de guerras alrededor del globo.

El autor de Juliano el Apóstata y Golden Age citaba al gran historiador Charles A. Beard, quien indicó con extrema lucidez que vive Estados Unidos vive “un estado de guerra perpetua para la paz perpetua”, al servicio del conglomerado militar industrial.

Sin embargo, Vidal no perdía de vista la descomposición interna de Estados Unidos y echaba mano del atentado de Oklahoma –obra del estadunidense Timothy McVeigh, según la versión oficial- en el que murieron 168 entre niños, mujeres y hombres el 19 de abril de 1995 para reflexionar sobre el crecimiento explosivo de los movimientos de milicianos extremistas en su país.

Después del atentado en Oklahoma, los movimientos de milicianos crecieron exponencialmente: de 220 grupos antigubernamentales en 1995 a más de 850 a fines de 1996. En el presente deben ser muchos más, al grado de que las agencias estadunidenses señalan que las principales amenazas a su seguridad provienen de fuentes internas, aunque Trump no lo quiera reconocer.

Vidal recordaba que uno de los factores del aumento de grupos paramilitares en Estados Unidos y de las organizaciones antiguberntamentales armadas extremistas era que entre los milicianos circulaba la idea de que agentes del gobierno habían puesto a propósito la bomba (en Oklahoma) para justificar la legislación antiterrorismo y las leyes “Patriota” I y II.

Gore Vidal coincidía con Joel Dyer, autor de Harvest of Rage (Cosecha de Rabia), en vincular el declive de las pequeñas comunidades rurales y familiares en Estados Unidos con el nacimiento de milicias y cultos religiosos, algunos peligrosos, otros simplemente tristes, en ese país.

Si Vidal hubiera visto las escenas de días pasados en Charlesttonville, en la Universidad fundada por Thomas Jefferson, habría dicho que estamos ante un Estados Unidos peligroso, pero también triste. Sus milicias ultras, con su mezcla explosiva de odio racial, neonazismo y cultos seudo religiosos y teorías conspiracionistas, tienen apoyo desde el mismo Salón Oval. Su retórica anti status quo y de odio racial fue alimentada a lo largo de toda la campaña al grito de “construyan el muro” y del sueño enfermizo de recuperar la “América Blanca” de la “Golden Age”, narrada magistralmente por Vidal.

Las banderas con la suástica, los saludos nazis, las marchas nocturnas con antorchas inspiradas en las paradas hitlerianas, las cobardes golpizas en grupo, el atentado terrorista con un auto en el que murió Heather Heyer, no fueron condenados como deberían. Sin cortapisas ni titubeos; lo que agrietó realmente el piso sobre el que se sostiene Donald Trump.

Es evidente que esa descomposición de la “América profunda”, rural, “blanca”, de los “supremacistas blancos”, de los Kukluxklanes, es síntoma de algo mucho más grave que está ocurriendo en nuestro poderoso vecino, y que en Charlesttonville mostró el rostro de algo que está creciendo peligrosamente en la nación “indispensable”, que derrotó a la Alemania nazi. Una enfermedad cuya gravedad aún no comprendemos cabalmente en México. Pero de la que hay que ocuparse.

@Infolliteras