Los ojos de la bestia

Casino Royale (1967): Celebrando 50 años de una fascinante catástrofe

Manuel Alejandro Escoffié
Foto tomada de la web
La Jornada Maya

Viernes 1 de septiembre, 2017

Existen muchas actitudes que se puede tener en relación a lo que objetiva y claramente se entendería como una película mala. La más común (y cómoda) consiste en limitarse a hacer de ella un objeto de fría indiferencia o de abyecto desprecio. Otra actitud no tan común es disfrutar en tono condescendiente la gravedad de sus deficiencias. Otra más común y popular es verla bajo la lente de “es tan tan mala que termina siendo buena”; lo cual se da cuando el contraste entre la pobreza de su ejecución y entre lo mucho que se toma a sí misma en serio devienen en humor involuntario. Pero, ¿cómo reaccionar ante una película objetivamente mal hecha que no parece tan patética como para burlarse de ella ni tan autoconsciente o interesante para arrancarnos carcajadas a costa de sus intenciones? He ahí la interrogante con la cual Casino Royale (1967), a cinco décadas de haber entrado en los anales de la infamia, nos confronta. Y eso que tal infamia no se dio de la noche a la mañana. Al menos en el sentido de que fue un legítimo éxito de taquilla, y que incluso se las arregló para obtener una nominación al Oscar por Mejor Canción. No fue sino con el paso del tiempo que la leyenda negra en torno a este capítulo apócrifo en la franquicia de James Bond empezó a crecer; al grado de ser tratado hasta hoy por críticos, académicos y conocedores como el pariente incomodo que nadie menciona en las reuniones familiares.

¿Qué tanto hay en Casino Royale para merecer semejante comparación? Quizás algo más preciso sería preguntar qué es lo que NO hay. Cuando el productor Charles K. Feldman se animó a explotar los derechos de la homónima novela de Ian Fleming cinco años después de que se inaugurase la saga oficial con El Satánico Dr. No (1962), concluyó que no bastaría con adaptarla libremente en calidad de parodia para competir en un mercado ya de por sí saturado por historias de espías. Feldman aspiraba a mucho más. Quería crear la película de Bond que superase cuantitativamente a sus rivales. Una con el triple de estrellas, el triple de mujeres sensuales, el triple de locaciones exóticas y el triple de lo que fuera. Un “Bond” en esteroides. No por nada cuenta con ocho personajes usando el nombre del agente 007; entre ellos nada más ni menos que un joven Woody Allen. El exceso iba a ser parte integral de su diseño. Parte de la broma. El problema fue que dicho exceso no terminó ahí. Varios incidentes desastrosos a lo largo del rodaje ocasionaron que un total de siete directores acabaran dirigiendo paralelamente distintos bloques de la película con tres directores de fotografía diferentes y con un guión previamente trabajado por diez escritores distintos que muchos actores se tomaban la libertad de re-escribir al día siguiente. El resultado final tiene que ser visto para poder creerse. Como si los órganos y extremidades de un cuerpo cobrasen conciencia y se sublevasen contra él en pos de su “derecho” a vagar irracionalmente de un lado para otro sin el menor propósito reconocible. Anarquía pura convertida en celuloide.

Considerando sus bochornosas lagunas de continuidad, sus endebles intentos de humor y su desdén por la más elemental disciplina narrativa, otra interrogante pertinente sería el por qué molestarse en recordarla. Quizás debido a que, en un universo paralelo bendecido con la correcta combinación de circunstancias, la infamia de Casino Royale sería una fama bien ganada. Feldman no solo tuvo la perspicacia de realizar una parodia de Bond décadas antes de que parodiarlo degenerase en cliché, sino también dinero y talento en dosis más que suficientes para salirse con la suya. Tener tantas cartas ganadoras en una mano y aun así perder la apuesta resulta tan desconcertante, grotesco e ilógico como el desenlace de la propia película. Quienes a este punto de la lectura sientan genuina curiosidad por saber en qué consiste éste último habrán respondido indirectamente a parte de la pregunta; así como también brindado un punto a mi argumento.

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