29 años de la 'generación' Gilberto

Huracán del siglo

Texto y foto: Felipe Escalante Tió
La Jornada Maya

Jueves 14 de agosto, 2017

Aquel día fue un miércoles y, de acuerdo a los usos y costumbres de la SEP en ese entonces, se avecinaba un puente de cuatro días. Hasta fiestas de 15 años se programaron para ese 14 de septiembre de 1988.

La mañana nos pareció hasta una exageración. Sólo estaba nublado y en las escuelas habían mandado a todos a su casa. De no ser por el periódico del día, ni nos enterábamos de que “el huracán del siglo” estaba ya en frente de las costas de la península y el pronóstico era que entrara casi al anochecer.

Poco imaginábamos que a media tarde los ánimos comenzarían a cambiar, con las primeras precipitaciones. “Va a ser como siempre, nada más la cola del huracán nos va a tocar”, decía más de uno. ¿Precauciones? Acaso a uno de los miembros de la familia se le ocurrió comprar tres barras de francés para “medio aguantar” antes de salir por la cena. Algo se rompió cuando nos dimos cuenta de que la lluvia no paraba, el viento comenzó a ulular y la oscuridad había llegado más temprano. No sólo eso, sino que la Comisión Federal de Electricidad cortó el abastecimiento de energía.

¿Comunicaciones? Alguien encontró un pequeño radio de transistores que de casualidad tenía baterías. Más de una familia se encerró en un solo cuarto, un tanto porque para entonces el viento aullaba y se llevaba los objetos más diversos, transformados en proyectiles, otro porque, en grupo, se siente menos el miedo. “En mi casa se voló la tapa del tanque estacionario”, relataba un compañero de la preparatoria, pocos años después. Al asomarse por las ventanas –antes del grito de “¡aléjate de ahí, es peligroso!” –podía uno ver láminas y ramas volando con rumbo incierto.

De cuando en cuando se escuchaba algún crujido cerca, o algo parecido a pedradas. Y por supuesto el impulso natural era preguntarse qué había sido, pero no había manera de obtener información. “Amigo yucateco, no salgas de tu casa”, se escuchaba decir por la radio al único locutor que por descuido o imprudencia, se había quedado en su centro de trabajo, y por esa voz que se escuchaba también atemorizada, sabíamos que íbamos a salir vivos; marcados, pero vivos, de esa noche cuando quisimos dormir y no pudimos porque se hizo el silencio. Estábamos en el ojo, y las ráfagas se hicieron más violentas después.

La mañana siguiente fue reencontrarnos con los vecinos, que la habían pasado igual. Todos, a dar un recorrido por el vecindario. El impacto nos llegó cuando vimos cómo un porche se había desplomado encima de los dos autos de lujo (dos Grand Marquís, si la memoria no traiciona), y derribado un añejo laurel en la esquina de Pérez Ponce con 52. Abatidos, volvimos a casa. Era hora de subir a los techos y destapar desagües, y de paso llenar algunas cubetas porque el agua potable tampoco volvía.

Al día siguiente comenzamos a tomar agua de garrafones. Antes, bebíamos la de las llaves o, en casa de los abuelos, de lluvia acumulada en un aljibe. El garrafón sólo se veía en oficinas. Al principio muchos renegábamos: se le sentía un sabor agresivo. Gilberto nos había hecho descubrir que éramos vulnerables, que los desfiles por fiestas patrias se pueden cancelar si a la naturaleza se le antoja, y que también le cederíamos a las empresas el derecho a contar con agua.

Un enorme barco en las playas de Chelem nos hizo comprender la fuerza con que había llegado ese huracán, que también se había llevado varios metros de playa. Comenzamos a ver espolones en nuestro paisaje costero. Y nos fuimos acostumbrando.

La generación Gilberto cumple hoy 29 años. Y sí, hemos avanzado en protección civil, en medidas preventivas y los huracanes ya no nos agarran desprevenidos. Y sin embargo, hace una semana tembló. Nos volvimos a sentir vulnerables. Esta vez, el mito de que “en Yucatán no tiembla” se hizo pedazos. Y uno se puede preguntar, ¿qué habría pasado si el epicentro hubiera estado un poco más cerca de las costas chiapanecas, o en Guatemala?

Tal vez, de nuevo, habríamos descubierto que seguimos siendo vulnerables.

Mérida, Yucatán
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