'Los sueños de la serpiente'

Alberto Ruy-Sánchez, un autor extraordinariamente prolífico

José Ramón Enríquez
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 11 de julio, 2018

Alberto Ruy-Sánchez es un autor extraordinariamente prolífico en los varios géneros por los que ha transitado y con una treintena de libros lo demuestra, pero ha sido especialmente reconocido por su Quinteto de Mogador, esa exploración infatigable acerca del deseo, en tanto cuerpo y psique: también exploración de la literatura como material erótico. Auténtico orfebre, el constante homenaje a la belleza está también presente en su labor como editor de la revista Artes de México, única en su género.

Con toda la exquisitez que lo caracteriza es, también, uno de los escritores más potentes. Parecería contradictorio que un estilista en busca de la perfección se arriesgara a bucear por las aguas más profundas de la angustia y el deseo, pero entiende que ambos extremos abarcan un fenómeno humano en busca del cielo con la misma pasión que habita en los infiernos. Queda claro en su última novela Los sueños de la serpiente, editada por Alfaguara.

Muy pronto los lectores entendemos que tanto el cerebro como el sueño sobre los que trabaja el autor son entes vivos aunque creados en el palacio de la imaginación, como escribió el jesuita Matteo Ricci, a quien cita Ruy-Sánchez: “Al final de una vida somos realmente lo que sabemos, lo que recordamos, lo que hemos construido en la imaginación”. Y el cerebro trepanado por Alberto Ruy-Sánchez es esa construcción. Con toda su elegancia y con el agudo filo de una pluma que funciona como helado bisturí sin dejar de ser la yema cálida de un dedo, no le tiembla el pulso durante la operación. Tras el tajo perfecto, nos abre la puerta tan gentil como cruelmente, incluso con sentido del humor, para obligarnos a compartir, desde su interior, Los sueños de la serpiente. Dicho de otra forma, nos obliga a lanzarnos al vacío de un espejo, como la Alicia de Lewis Carroll, o a penetrarlo cual si fuera líquido como hiciera el Orfeo de Jean Cocteau, aumentado en ambos casos el pánico que provoca tanto la claustrofobia como el terror paralizante a los ofidios.

Se trata de una novela singular aunque sea múltiple. En Los sueños de la serpiente, el autor comienza por abrir “los párpados del muerto” para encontrarse, en “un cubo de palabras”, con “el silencio” que “otra vez resuena” y con “el hilo del tiempo”, para la final elección: “Un instante y lo vuelvo a soltar”.

Quien busque la novela lineal se quedará perplejo ante “un hombre centenario, encerrado en un psiquiátrico” que “escribe y dibuja sobre los muros de su celda los recuerdos que va recuperando”. Bien pudiera ser un paciente de Oliver Sacks con horror vacui que siente la presencia de un intruso y llena el espacio con signos trazados al milímetro. Pero ese “hombre centenario” construye también un palacio de la memoria como los que propone Matteo Ricci. Y ambos, el científico y el misionero jesuita, nos ayudan a descifrar las cábalas barrocas que llevan al asesinato de León Trotski a manos de Ramón Mercader, misionero a su vez de la fe estalinista y, por ello, burlador inclemente de una Sylvia Ageloff enamorada que le permitió llegar a lo más íntimo.

El asesinato de Trotski ya ha sido tratado con éxito, en el teatro por Peter Weiss, en el cine por Joseph Losey, en la narrativa por Leonardo Padura, por citar algunos, pero Alberto Ruy-Sánchez sueña ese momento, al tiempo que viaja por las posibles grietas que provocara y nos obliga, como lectores, a re-soñarlo todo desde dentro. Y ese todo es también México y es el sueño libertario de la izquierda y, sobre todo, es una posibilidad de nuevos totalitarismos que hoy miran al mundo con sus ojos de serpiente que hipnotiza.

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