Luminosos

Mares

Giovana Jaspersen
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 14 de septiembre, 2018

El reciente paso del maestro Carlos Prieto por Mérida, podría narrarse desde la parte más oficial. Entonces, habría que comenzar contando de su exitosa charla en el Palacio de la Música Mexicana, la presentación de sus libros y las piezas que tocara como cierre.

Se pasaría, cronológicamente después, a hablar del inicio de la trigésima temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán y su programa de compositores mexicanos; con la locura de Revueltas, la fuerza de los sones de Blas Galindo, el cierre casi hipnótico de la pieza de Mabarak; un magnífico Huapango de Moncayo; y el maestro, como una cumbre en el concierto, interpretando los Espejos en la Arena que Arturo Márquez compusiera para él, regalando además un encore que homenajeara a Eugenio Toussaint y sus Bachiaciones.

Pero lo cierto es que todo ello, meritorio y enorme, dejaría un poco de lado lo extraordinario del maestro, para lo cual es imprescindible ver también otras aristas y comprender el fondo en la forma.

Es un hombre que rompe el paradigma que ha dividido la genialidad y el talento en las ciencias y las artes. Siendo ingeniero químico y ecónomo, formado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT); además, de músico -casi- de nacimiento. Y esto último no es expresión a la ligera, pues cuando Carlos Prieto nació, el famoso ensamble de Los Prieto se había quedado sin chelista. Entonces, con su llegada al mundo, su madre hizo nacer también un pequeño chelo, que lo esperó hasta que a los cuatro años comenzara a tocarlo.

En aquel entonces seguramente habría sido difícil pensar que aquel instrumento mutaría hasta derivar en su Chelo Prieto, con sus 300 años, y en un músico brillante y agudo que ha tocado el chelo por casi 80 años, por lo menos con 11 de las más importantes orquestas del mundo; miembro en activo de consejos y seminarios nacionales e internacionales; presidente de la fundación del conservatorio más antiguo del continente americano; y que carga bajo el brazo 15 premios y reconocimientos nacionales e internacionales y 19 discos.

Si eso fuera poco, habría que contar de su pacto eterno con las lenguas. Con las del mundo, expresándose libremente en 5 idiomas; con la suya, al usarla y dejarla inscrita en 10 libros; y con la de todos nosotros, pues desde 2011 ocupa la silla XXII en la Academia Mexicana de la Lengua, a cuyo discurso de ingreso respondiera elocuente Miguel León-Portilla.

Pero entre todo esto, probablemente lo más complejo de explicar en el maestro, es su luminosidad, pues el término cae casi en una descripción metafísica. Sin embargo, en la vastedad de la lengua, no hay un término exacto para explicar su efecto.

Para comprenderlo, hay que ver su reacción, sonriente y atenta, cuando se acerca un estudiante imberbe a tomarse una foto con él y pedirle una firma. Ver su calma, escuchar el timbre de su voz, tan musical como su instrumento, y reconocer la tranquilidad que da el ejercicio de la genialidad y el talento, el cumplimiento con la vocación.

Hay que detenerse también a ver la mirada con la que contempla a su entrañable y brillante Isabel, mientras ella pasa de la guerra civil española a las anécdotas de Yo Yo Ma en casa, con la naturalidad que enuncia la historia de la tierra en su tierra y familia. Mientras es con él también enorme.

El maestro Prieto es un hombre que viaja, disfruta y comparte el viaje. Que ha tocado por todo el mundo y con ello se ha convertido en embajador de la cultura nacional; que ha hecho tanto giras por Siberia, a menos 40 grados, como conciertos familiares en cualquier otro rincón, y todo ello se respira en su charla y música. Un hombre que honra y sonríe de manera abierta y franca, con un grandioso sentido del humor; que emana y contagia; lee, se divierte, consume cultura, respira y analiza un mundo que sigue asombrándolo.

La música en vida y hasta su fin, ha sido causa recurrente de la filosofía y los sueños. El Fedón de Platón cuenta incluso cómo Sócrates, a lo largo de su vida tuvo en sueños una voz recurrente que le decía ¡haz música y aplícate a ello!, y que él, en la incomprensión, pensaba que los sueños lo animaban en su labor y que la más alta música estaba en la filosofía. No supo sino hasta después de su juicio y semanas antes de su muerte, que debía aprender música y así lo hizo. Yo, sólo dos sueños recurrentes he tenido; uno de ellos, brumoso y ciego, sólo contenía la misma y eterna suite de chelo. No lo comprendí tampoco, hasta escuchar la misma pieza salir del Chelo Prieto; entonces supe que si pudiera elegir semanas antes de morir como hizo Sócrates, y desde mi incapacidad musical, quisiera que el maestro Prieto siga haciendo música siempre; y que así, siendo, ilumine.


Mérida, Yucatán
[email protected]