Los encantos de una seductora

José Inés Novelo legó una copiosa obra escrita en la que destaca su producción poética

José Juan Cervera
La Jornada Maya

Miércoles 10 de octubre, 2018

Es fácil notar cuándo la creación literaria alimenta su contenido en la tradición popular, incluso si su expresión formal se identifica con ideales estéticos que hacen énfasis en el especial cuidado de la palabra, como lo dejan ver los autores modernistas en sus creaciones. Es así como temas, motivos y personajes originados en la cultura de los grupos subalternos exponen rasgos que concurren para sugerir la condición híbrida de un texto. Podría apuntarse que esta combinación de elementos, que a veces se observa con claridad en el arte escrito, bien puede simbolizar los intercambios y las apropiaciones culturales que definen el desarrollo mismo de la humanidad.

En los estados que conforman la península de Yucatán persisten nociones tradicionales que suman los conocimientos de las sociedades prehispánicas y las creencias que éstas sostuvieron con respecto de su medio natural, a las prácticas, ideas y costumbres que trajo consigo la dominación española, dando entrada a la mezcla cultural que define el ser colectivo en los diversos ámbitos de la vida cotidiana, la cual manifiesta en el lenguaje un ejemplo muy marcado de esta convergencia. En las distintas regiones del continente americano se observan variantes y equivalencias de tales procesos.

José Inés Novelo, escritor, pedagogo y servidor público nacido en Valladolid, Yucatán (1868-1956) legó una copiosa obra escrita en la que destaca su producción poética, registrada tanto en libros como en publicaciones periódicas, entre las que se cuentan revistas tan importantes como Pimienta y Mostaza, El Salón Literario y Álbum Literario, entre otras. Los jóvenes de la Sociedad Artístico-Literaria Lord Byron, quienes tuvieron a su cargo la edición de Artes y Letras, acogieron entre sus páginas algunas ofrendas líricas del poeta cuya memoria propicia estas líneas.

En julio de 1894, Novelo publicó en Pimienta y Mostaza un poema de aliento narrativo al que denominó La Xtabay. Tradición yucateca. Compuesto de poco más de un centenar de versos, esboza la atmósfera nocturna que rodea al personaje femenino del que aún se habla con cierto dejo de inquietud en los espacios rurales que la indiferencia y el escepticismo no doblegan por completo. Un elemento esencial de este contexto es la atribución de poderes funestos a este ser de apariencia cambiante.

La composición escrita recrea los elementos típicos del relato que las comunidades yucatecas conservan vivo: la imponente ceiba a un lado del camino, la voluptuosa figura cuyos encantos acentúa la refinada pluma del bardo, el trasnochador cuya resistencia cede de inmediato ante el poderoso influjo de la aparición… Cabe insistir en el lugar sobresaliente que en la escritura modernista ocupa la referencia de los atributos carnales, del mismo modo que la insinuación de los goces que éstos convocan: “Sus ojos en la penumbra/como ascuas relampaguean;/bajo el hipil vaporoso/apuntan las rosas trémulas//en botón, del seno erguido,/-urna virginal de esencias-/y se ven los lineamientos/de las gallardas caderas.//Envuelve su dorso esbelto,/hasta besarles las piernas,/del cabello de azabache/la rica cascada negra//que a la luz de las antorchas/que en el cielo parpadean,/con peine tallado en cedro/los mil nudos desenredan.”

El desenlace previsto en la creencia popular toma cuerpo en las estrofas del cantor vallisoletano, quien esboza en sus diestros trazos el errático paso del incauto que somete su integridad física al poder indoblegable de la fascinadora presencia: “Es la Xtabay… Siente el mozo/que el vértigo se apodera/de sus sentidos y su alma/y, ofuscado, se endereza//dócilmente, hacia la hermosa/visión que deja la ceiba/y que por calles ocultas/el pueblo dormido deja…//¿A dónde conduce al joven/a quien sedujo hechicera?.../El que en lóbrego sendero/de abruptas y de hondas quiebras/camina, como sonámbulo,/dando tumbos, yendo a tientas,/si pone un pie en el abismo/no sabe hasta dónde rueda…”

Algunos estudiosos de la cultura popular suelen llamar la atención sobre los valores implícitos y la función moral subyacente en esta secular creencia tejida alrededor de una mujer que, al ejercer un poder sobrenatural de seducción, desvía el cumplimiento de los deberes familiares y comunitarios, pero que, como demuestran los versos citados, a la vez puede ser fuente de inspiración para el talento literario.

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