Ignacio Molina Castilla, un doctor yucateco en la Gran Guerra

ADN Yucatán

Betina González Toraya*
Foto: Cortesía de la familia Molina
La Jornada Maya

Lunes 10 de junio, 2019

Era el año de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria viajaba de Tarcin a Sarajevo acompañado de su esposa, la bella Sofía Chotek, quien cargaba en el vientre a su cuarto hijo. La algarabía en el pueblo se manifestaba por partida doble: la fiesta de San Vitus, santo patrono de los serbios, y la visita de los Archiduques. El 28 de junio parecía ser un día de gran celebración, sin embargo, la alegría se transformó en tragedia, el Archiduque y su esposa fueron asesinados por Gavrilo Princip, un joven serbio de 19 años miembro del grupo nacionalista: “La Mano Negra”. Tal suceso provocó una de las mayores catástrofes mundiales: La Gran Guerra.

El 9 de octubre de 1913, algunos meses antes del mencionado suceso, los jóvenes Ignacio Molina Castilla e Isela Peón Bolio, pertenecientes a distinguidas familias yucatecas, contraían matrimonio en la glamorosa ciudad de París, la bien llamada “Ciudad Luz”.

Ignacio fue el cuarto de trece hijos, fruto del matrimonio formado por Audomaro Molina Solís -catedrático y escritor, quien encontró el Chilam Balam de Chumayel- y María Vicenta Castilla Castilla. Desde niño se distinguió por su gran calidad humana y por poseer las virtudes propias de un sanador, (que años más tarde heredarían sus bisnietas Isela y Cecilia Molina Villares), mismas que dirigieron su vocación hacia el estudio de la medicina.

La Universidad Alberto Ludoviciana de Friburgo, mundialmente reconocida por albergar a los mejores maestros en la carrera de Medicina, fue el alma máter de Ignacio. Recibió el título de Médico Cirujano Partero el 11 de noviembre de 1902, mismo año en el que su tío, Olegario Molina, tomó posesión como gobernador de Yucatán.

El joven doctor permaneció un tiempo en Alemania poniendo en práctica sus conocimientos, siempre con la determinación de retornar a su país, contribuir al avance de la medicina y poner a Yucatán a la vanguardia.

A su regreso trabajó algún tiempo en la ciudad de Mérida, y al concluir esta etapa, partió de nuevo rumbo al Viejo Continente para continuar su actualización como Cirujano Partero. Esta vez su destino sería España, al ser contratado en una clínica de la ciudad vasca de San Sebastián.

En el verano de 1913, Augusto Luis Peón y su esposa, María Jacinta Bolio, acompañados de sus dos hijos varones, se embarcaron desde el puerto de Progreso con destino a Francia. Ahí pasarían una temporada con su hija Isela, quien había permanecido cuatro años en un internado inglés junto a su prima Cata Peón. Al llegar, se instalaron en la casa ubicada en el octavo distrito 75008 (donde hoy se encuentra la boutique Lacoste) sobre la prestigiada avenida de Campos Elíseos, en París.

Al poco tiempo, el destino hizo que Ignacio e Isela coincidieran. Ignacio, ya un hombre de 33 años, le propuso matrimonio a la jóven Isela, 16 años menor que él. Unieron sus vidas en la emblemática Iglesia de La Madeleine, con la familia Peón Bolio como testigo.

Guerra Mundial y permanencia en Europa

Al estallar la guerra, los recién casados viajaron a San Sebastián; ahí estarían más seguros, pues el gobierno español había decretado la neutralidad de su país en el conflicto. Cerca de aquella ciudad costera, en la frontera con Francia, se improvisaron clínicas para atender a miles de soldados heridos en el frente. Ignacio dedicó todo su tiempo y energía a esta labor, pero desgraciadamente su dominio del idioma alemán lo situó en desventaja respecto a sus colegas, ya que Alemania era uno de los grandes enemigos. Le eran asignados los casos más difíciles, a lo que se sumaba la falta de anestesias y antibióticos, que aún no eran inventados.

Cuentan sus familiares que terminada la guerra nunca volvió a comer papas, algunas veces su dieta se reducía sólo al consumo de este tubérculo, pues era de los pocos que no escaseaba.

Al acercarse el fin de la guerra, Ignacio e Isela volvieron a Yucatán. Su hija Isela había cumplido dos años, a los pocos meses nació José María, pues Isela regresó embarazada y, dos años después vendría Ignacio Rafael, el tercero y más pequeño de sus hijos.

Al llegar a Mérida, la familia Molina Peón se instaló en la Quinta San Jacinto, propiedad de Augusto Luis Peón, padre de Isela. La Quinta abarcaba lo que hoy es el hotel Holiday Inn, Hyatt y los terrenos del antiguo Consulado de Estados Unidos, entre Paseo de Montejo y calle 60.

Carrera profesional en Yucatán

El doctor Ignacio Molina Castilla realizó una de las primeras cesáreas en el estado. En el año de 1907, fue nombrado director de la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Yucatán, puesto que ejerció durante seis meses en ausencia de su tío, el doctor Luis Augusto Molina Solís. Ignacio montó un consultorio en el que atendía a sus pacientes y también dedicaba tiempo a la investigación.

Administración de las haciendas “de Peón”

Don Augusto Luis Peón, siendo ya un hombre de edad avanzada, le pidió a Ignacio hacerse cargo de la administración de sus haciendas, entre ellas se encontraba: Tedzidz, Yaxché, Hubilá, Sabakalal y muchas otras. Al aceptar este encargo, Ignacio se vio obligado a abandonar su carrera como doctor.

Cuenta su nieto Ignacio Molina III, quien fue muy cercano a él: “Era un hombre muy católico, todos los días escuchaba misa en la Catedral, luego en la iglesia de Santa Ana y al salir, regresaba a la Quinta San Jacinto para desayunar con mi abuela”.

La señora Cata Peón, prima de Isela, lo describió como una persona compasiva y de gran corazón; un hombre “fuera de serie”.

Su nieta Margarita Molina de Patrón lo recuerda como un abuelo noble y cariñoso, siempre pendiente de ella y de escribirle asiduamente durante el tiempo que estudió en el extranjero.

El Galeno, como le llamaban algunos amigos y familiares, murió a los 86 años de edad, siempre rogó a Dios que se lo llevara en el momento justo y que nunca significara una carga para su familia, y así fue como sucedió.

Yucatán tuvo la fortuna de ver nacer a Ignacio, un hombre que será recordado por su valentía, humanidad, y como el gran médico que a través de su descendencia continúa dejando huella en nuestro bello estado.

*Abogada y amante de la historia.

Mérida, Yucatán
[email protected]