Ha muerto una mujer que conocí

Mérida 233*

La Jornada Maya
Foto de la familia Villarreal

Viernes 14 de junio, 2019

La historia de Guadalupe es la historia de una mujer que, cuando las circunstancias lo exigieron, cuando la ocasión lo ameritaba, tomó a su familia y se la echó al hombro sin titubeos, amarguras o reclamos.

Es la historia del roble que sostuvo un techo, un presupuesto doméstico, hijas e hijos en la escuela y en los azares de la vida. Es la historia de la risa inagotable frente a las adversidades que hacían fila: la historia de lo infinito frente a lo mundano.

Tal vez no pudo ser lo que quiso, ni quiso todo lo que hizo, pero no tengo duda que ella fue de una dureza feliz.

Feliz con su papelería llena de tesoros y en las que siempre había monedas sueltas para que los chiquillos de una amplísima familia sanguínea, política o postiza pudieran ir a comprar cacahuates con don Sabino, elotes a la plaza, trajeran unas paletas de nance o cenaran unos tacos con El Curro, para molestia de doña Emilia, su madre.

Monedas en cajas con llave, siempre abiertas de par en par, para pagar cuentas, resurtir mercancía y ayudar a quien necesitaba, con el desprendimiento suicida que heredó de su padre. Generosidad debió haberse llamado su negocio.

Una “papelería” que vendía de todo e incursionó en todo negocio imaginable, que alcanzó para que la familia saliera adelante, cuando otras fuentes se secaban o marchitaban. Ella fue una emprendedora nata, eso nadie se lo puede regatear, en eso fue una adelantada a su época y los estereotipos de la era. Ella supo ser mujer de un tiempo futuro, sin dejar de ser la mujer de su casa: un balance perfecto, de experta equilibrista.

Entre montañas y lagunas

Su vida adulta transcurrió en Santa María del Oro, Nayarit, aunque vio la luz por primera vez en La Cofradía de Acuitapilco, entre montañas y lagunas. Una tierra equidistante entre cerros verdes y lo azul del cielo, escribió José Alfredo Jiménez al respecto en “El Caballo Blanco”, y quizá de ahí le venía a ella el amor por quien manejaba un auto de ocho cilindros, repleto de pasajeros, con especial pericia. Esos parajes serranos de nombres fantásticos, son los más cercanos al Comala rulfiano que, me atrevo a imaginar, muchos conocimos o conoceremos.

Su madre nunca le reconoció, al menos en voz alta, todos los dotes de cocinera, hermana, hija, progenitora, empresaria, invencible, indomable y muy guapa. No lo hizo porque en realidad eran tan parecidas que, así como dos aleznas no se pican, tampoco se ensamblan. Sólo que Lupe tuvo más audacia para perdonar y ser feliz. Dos colosos femeninos, que como diosas y titanes tuvieron esa competitividad fraterna que sólo una familia puede gestar. Dos mujeres que, sin duda, se reencontrarán para construir nuevas y mejores historias.

Si alguien vio pasar a su pueblo de paredes blancas y tejas rojas, fue ella. Desde esa esquina alta en la que dominaba el centro, el palacio municipal, el kiosco, las tiendas del pueblo que rayaban en tiendas de raya, Santa María fue vista por María Guadalupe. No me imagino lo que sería pasar su memoria en cámara ultrarrápida, como testigo de transformaciones inevitables, no siempre mejores.

Es la primera lograda, de una camada de ocho, que decide cruzar el umbral vital. Hasta en eso adelantada. Imagino que lo hace para abrir camino, para recibirnos -a su tiempo- con su agua fresca en tinaja de barro, con sus gorditas, con su complicidad para reír, para que las tardes jugando lotería, a la luz de una vela, fueran mágicas; con sus viajes que ahora serán cósmicos para buscar el mejor precio, con sus fondos de ahorro secreto, que ahora serán inmateriales, cuando parezca que el dinero o la fuerza se agotan.

Un alma buena

Gracias a sus enseñanzas yo nunca dejo de levantar una moneda en la calle: "A veces por un centavo, no se completa un peso", le encantaba decir. Realista, auténtica, sin dobles caras, a veces intolerante, pero siempre auxiliante. Un alma buena.

Deja mucho futuro que la recordará en hijos, nietos y bisnietos. Ojalá todos le hereden su capacidad de hacer limonada si la vida te da limones, y su valiosa lección de que ser feliz es una decisión, antes que una posibilidad.

Descansa Guadalupe, te lo mereces. Fue una vida más dura de lo que hubieras imaginado de niña o de joven, pero qué bien lo hiciste. Dejas huérfanos no sólo a tus hijos, sino a todo un zoológico: gatos y caballos. Dejas, también, un poco huérfana a Santa María del Oro.

Se nos está yendo un México. Se nos empieza a ir ese mundo en el que pudo haber vivido el hijo de Pedro Páramo, el tal Juan Preciado, como un ciudadano normal; esa generación que pudo leer en su adolescencia el Laberinto de la Soledad y sentir que era la radiografía realista de su país, y no sólo un análisis de su subconsciente profundo. Se nos van muchos de los que nacieron cuando la Segunda Guerra Mundial era historia presente. Se nos van los que protagonizaron el llamado Milagro Mexicano, con sus amplios prodigios sociales. Ella nació en 1945.

Se fue una auténtica Villarreal, a la que curiosamente uno siempre saludaba como Lupe Carrillo, y no puedo dejar de escribirlo, porque entre mis primeros lápices y cuadernos están los que ella me puso en la mano. Deuda impagable y el agradecimiento de un hombre, por lo que aprendió de niño.

*El papel arde a los 233 grados centígrados, tal como lo hace en la inmortal novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

Mérida, Yucatán
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