'In hoc signo vinces'

Estatuas de la Villa Blanca

Antonio Martínez
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 18 de octubre, 2019

Como ha demostrado el erudito historiador don Pío Castañas, parte fundamental del éxito del Invasor de Yucatán, don Francisco de Montejo, se debe a una singular decisión que es una llamarada extraordinaria de su militar ingenio. Las cosas sucedieron más o menos así: fracasadas las primeras tres entradas y reunidas sus maltrechas huestes, el insigne comandante les dirigió esta arenga.

-Nos enfrentamos a una tarea de titanes. Como habrán constatado sus mercedes, la civilización de estos infieles es muy superior a la nuestra. Tienen ciudades y agricultura, palacios y carreteras, leyes y religión, escuelas y ritos funerarios, deportes y fiestas, su propio vino y su moneda, que llaman cacao, que también se come y está delicioso. Solamente con la fuerza no podemos imponernos, pues son muy bravos y no contamos con qué ofrecerles. Ese es el dilema.

-Les engañaremos con el truco del eclipse, dijo don Alonso Dávila.

-Imposible. Son grandes astrónomos, predicen eclipses de sol y cuentan los ciclos de la luna mejor que nosotros. Usan como quince calendarios distintos.

-Busquemos un mejor lugar para invadir, que sea más fácil, dijo don Orondo Batallas.

-Jamás de los jamases. Es esto o regresar a la patria a comer cebollas. Son tiempos perversos, mas no desmayéis. Si bien nos superan en conocimiento, y el conocimiento es poder, también es un poder el desconocimiento, y en eso seguro les superamos. Habremos de tomar medidas drásticas. Propongo que nos llamemos todos Francisco de Montejo. Yo seré El Adelantado, dijo Francisco de Montejo, adelantándose a todos.

-Excelente idea, padre mío, dijo Francisco de Montejo, El Hijo.

-Yo seré Francisco de Montejo, El Sobrino, dijo otro hijo.

-Nosotros seremos frailes franciscanos y haremos en cada pueblo una iglesia a San Francisco, dijo el fraile Diego de Landa.

-Excelente idea, su santidad, y a cada ciudad que fundemos le llamaremos Salamanca. Además, les diremos que viven en una ínsula, y le cambiaremos el nombre a su territorio, que ahora se llamará Yucatán, dijo Francisco de Montejo, El Geógrafo.

-¿Qué significa Yucatán?

-No os entiendo.

-Excelente nombre, dijo El Adelantado.

-Para semejarnos más, todos nos dejaremos luengas las barbas, dijo Francisco de Montejo, El Ingenioso.

-Y para que no aprendan nuestra lengua les daremos la misa en latín, apuntaló don Diego con una malévola mueca.

-Confunde y vencerás, sonrió El Adelantado taimadamente.

La estrategia resultó fulminante. Los diferentes grupos mayas que defendían su territorio no sabían a qué monstruo se enfrentaban. Lo mismo aparecía Francisco de Montejo en Chiapas que en Chetumal, en Tihó que en Izamal. A la hora de la batalla no sabían si se enfrentaban a Francisco de Montejo El Adelantado, Francisco de Montejo El Retrasado, o Francisco de Montejo El Puntual.

Las Proclamas Reales previas a las batallas, en griego, las leía Francisco de Montejo El Tartamudo; cuando trataban de llegar a negociaciones enviaban a Francisco de Montejo El Sordo, y al día siguiente los acuerdos eran rotos por Francisco de Montejo El Traicionero. La heroica lucha dio lugar a episodios dignos de las novelas de caballerías, como cuando Francisco de Montejo El Loco atacó a sus propios compatriotas, alanceando a Francisco de Montejo El Desprevenido en las posaderas, o la ocasión en que, teniendo la batalla perdida, Francisco de Montejo El Cojo obtuvo la victoria al desprenderse en la refriega su pierna de madera, por lo que los mayas pensaron que era el dios Tezcatlipoca y se retiraron del campo de batalla. Mientras tanto, Francisco de Montejo El Pirómano les quemaba las cosechas, Francisco de Montejo El Cruel arrasaba con mastines las aldeas indefensas, y Francisco de Montejo El Mareado atacaba en el lugar más imprevisto.

En un par de años los invasores habían fundado y abandonado 17 Salamancas, con lo que el enemigo nunca sabía dónde estaba su capital, mientras los franciscanos, para no quedarse atrás, construyeron 24 capillas de San Francisco con mano de obra nativa, a la que dejaron exhausta.

El resultado era inevitable, y los mayas, confundidos y agotados de luchar contra tal Hidra, más que rendirse dejaron de pelear. Muchos, los más afortunados se fueron al Petén. Para firmar el armisticio con los desdichados que se quedaron, los castellanos enviaron a Francisco de Montejo El Manco.

Cinco siglos después

Desde entonces, nada ha cambiado. Cinco siglos después de tan singulares eventos, una linda mañana de primavera en la Blanca Villa, doña Beatriz Montejo entró triunfante en la sala de juntas del Instituto Hispania, del cual era presidenta y donde le esperaban los miembros del Consejo, sentándose en la vetusta silla que, se decía, había asentado al mismísimo Adelantado en su octava entrada, la cual crujió agradecida con ronco acento castellano.

-Por fin nos ha autorizado el Cabildo erigir el anhelado monumento a Francisco de Montejo en el remate del Paseo, informó satisfecha, pero debemos apresurarnos. Al parecer las próximas elecciones las ganará el candidato Venancio Pat.

-Dios nos libre, exclamó el padre Diego, capellán de doña Beatriz.

-Deberá ser una estatua monumental, ecuestre, enorme, imperial, que recuerde a todos quien manda, y lo que le pasa a los que no obedecen, dijo don Francisco, el hijo de doña Beatriz, quien técnicamente era el tataratataratataratataratataratataratataratataratataratataranieto del Adelantado, pero a quien todos conocían como Francisco de Montejo, El Junior.

-No habrá tiempo de comisionar una estatua así, mi amor, dijo Doña Beatriz sonriendo dulcemente a su heredero.

-Y ¿si pusiera su merced alguna escultura de su excelsa colección?, preguntó imprudentemente el becario Ramírez, mirando por el ventanal. Aunque toda la mansión estaba llena de retratos, espadas, yelmos y bustos de los diversos Franciscos de Montejo, en la veranda y el jardín doña Beatriz había dispuesto decenas de esculturas del Adelantado de diferentes tamaños y estilos, desde una ecuestre, en oro puro, del gran maestro Epifanio Torrenti, a otras más modestas en bronce y mármol. Un auténtico Museo donde el Adelantado había sido retratado en todas las posturas imaginables: triunfante, guerrero, sagaz, juicioso, paternal, ecuestre, pedestre, acatisto, supino y sentado.

-¡Jamás de los jamases!, tronó doña Beatriz, que amaba su colección por encima de todas las cosas y había invertido una millonada en ella, ¡mucho menos para la plebe!

-Habrá que considerar el futuro de la estatua, si gana las elecciones la oposición… dijo el contador Yañez con sensatez y puntos suspensivos.

-De metal entonces no puede ser, la podrían fundir y convertir en balas… dijo el cronista don Orondo Batallas, que no era de natural valiente.

-Habremos de tomar medidas drásticas, son tiempos perversos, convino doña Beatriz, pero la ocasión no podemos dejarla pasar.

Al día siguiente Francisco de Montejo, El Junior, estacionó su Jaguar convertible frente a los Almacenes El Éxito, donde le atendió una amable señorita.

-No, lo lamento, no tenemos ninguna escultura de conquistador extremeño disponible. Tenemos la de pirata, que también tiene sable. Es muy popular.

-Pero está tuerto, no, no. Parece el Capitán Garfio.

-Permítame que consulte en el catálogo, dijo la empleada. Dos minutos después la eficaz vendedora tenía su respuesta.

-Estatuas de conquistadores no hay, pero contamos en almacén con dos alguaciles portugueses de latón, pintados en bronce.

-¿Son del siglo XVI?

-Podría ser… o del XVII. La moda entonces no cambiaba tanto…

-Está bien, ¿cuánto tardan en mandarlas?

-Cuatro días. Dios Mediante.

-Perfecto. ¿Un caballo no tienen?

-No, disculpe. Nada más una cebra.

-No. Déjelo así, una cebra no se vería bien. Me quedo solamente con los alguaciles. Envíen por favor la factura a doña Beatriz.

Asunto solucionado. Total ¿que importaba que fueran portugueses? Mejor que peor. Confunde y vencerás. Francisco de Montejo, El Junior, salió de los Almacenes El Éxito silbando alegremente. Se sentía el rey de la Villa Blanca, y lo era.

Mérida, Yucatán
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