El bache de doña Zoila

¡Un maldito bache no puedes mandar a arreglar!, le dijo doña Zoila al alcalde

Jaquelyn Rosado Puerto
Foto: Cuartoscuro
La Jornada Maya

Jueves 7 de noviembre, 2019

Cuando llovía en el pequeño poblado de Cepeda, quienes dependían de las bondades del dios Chaac agradecían por el riego a sus sembrados, y en general por la limpieza de la tierra. Cuando llueve todo lo malo se va con el agua, incluso las penas de amor… Pero había una calle donde no sucedía así. Todo se quedaba ahí, estancado en un enorme bache de lodosas y pestilentes aguas, que se situaba junto a la casa de doña Zoila.

Las personas que pasaban por ahí se colgaban de su reja para poder librar el magno obstáculo, lo que causó daños patrimoniales a su propiedad, como le dijeron que se decía en lenguaje jurídico, por si quisiera alegar a su favor cuando fuera a cobrarle a quien o quienes resulten responsables.

Cada vez que doña Zoila veía llover suspiraba, y se preparaba para regañar niños traviesos que iban a jugar al bache o a colgarse de su reja.

Los mosquitos oportunistas también llegaban al sitio para perpetuar su especie. Doña Zoila ya no tenía ni ganas de cocinar, entonces dejó de compartir recetas de comida. Pero pronto compartiría otras recetas de valor.

Uno de tantos días, fastidiada de lo mismo, acudió por tercera ocasión a la comisaría para pedir que repararan la calle. Pero esta vez en calidad de urgente. “¡Comisario, ya no puedo esperar! Esto me está causando problemas hasta para dormir. Ya sé que tú fuiste a la cabecera municipal, ya sé que Pablito no estaba porque dizque se fue a una gira de trabajo al extranjero ¡Yo misma lo vi en su muro de feisbuk! Pero no me importa lo que haga mientras mande a alguien a resolver esto”.

Pablito es el hijo del ex presidente municipal, un ex luchador social y ex crítico del caciquismo (que ahora él mismo practicaba, delegando a su descendencia las llaves de su reino). Ahora era presidente, pero como si no lo fuera, porque se le veía más viajando por el país y por el mundo, que en donde debía de estar. Uno tiene derecho al esparcimiento…

Como era de esperarse, los esfuerzos de doña Zoila y del comisario no rindieron frutos con las autoridades municipales.

Entonces ella no esperó más. Otro de tantos días se levantó decidida a resolver el problema. Peinó su cabello hacia atrás, puso un poco de maquillaje, una blusa rosa que resaltaba el color de sus ojos, unos pantalones (bien puestos) y unos zapatos altos fueron parte de su traje de guerra. Salió con paso firme hacia el campo de batalla, cuidando de no pisar los otros charcos lodosos que se formaban en los caminos, amenazando con convertirse en el bache de don Pedro, o en el bache de doña Griselda, o en el bache de cualquiera.

En el recinto municipal Pablito bostezaba mientras escuchaba a su papá hablar por teléfono, que le dictaba los pendientes del día. A todo decía que sí, pero su mente divagaba. La hermosa rubia del otro día, el compromiso de la tarde con los suegros, su negocio que quería poner en Mérida, inspirado en los Champs Elysses de París, el reloj que vio en una plaza comercial y que estaba decidido a comprar… Hasta que de pronto las voces de unas mujeres discutiendo perturbaron su paz, y tuvo que desatender a la voz de su papá y a sus pensamientos para saber qué sucedía.

“¡Ya estoy harta! No me importa que me pueda pasar pero ya se agotó mi paciencia, ni siquiera puedo dormir del disgusto. Ten un poco de vergüenza y ocupa el dinero del pueblo para lo que se debe. Un bache, ¡un maldito bache no puedes mandar a arreglar!” fueron las balas que soltó doña Zoila apenas lo vio salir, dejando a un lado la discusión con la secretaria, que no la dejaba pasar. Su voz segura y decidida hizo que Pablito se viera obligado a atenderla en su despacho.

Después de la reunión improvisada entre Pablito, doña Zoila y el encargado de obras públicas municipales, se llegó al acuerdo de reparar el bache en un lapso de cinco días hábiles a más tardar. Doña Zoila estaba confiada en que esta vez sí irían. Y sí, fueron. La semana siguiente, como habían prometido, estaba el camión con el escombro y los materiales para cubrir el bache. Doña Zoila sintió alivio. Encendió la radio y se puso a cocinar mientras los obreros trabajaban. Pero cuál fue su sorpresa cuando salió para ofrecerles un refresco y vio que éstos ya estaban subiendo el material, listos para irse.

“¡Qué pasa aquí! ¿Porqué se van? Si sólo chan pusieron un poco de escombro y grava, el bache todavía está”

“Así nos dijeron, señito, que medio rellenemos con lo que se pueda y regresemos esto” respondieron los hombres mientras subían los últimos sacos.

“Lo que te hayan dicho no me interesa, termina bien tu trabajo ¡baja otra vez el material del camión!”

El contratista ignoró por completo a doña Zoila, hizo una seña a sus muchachos para que subieran y encendió la marcha del camión. No contaba la furia de la señora, harta de esperar, harta de los mosquitos, de la pestilencia, de los niños traviesos, del descaro de los presidentes que solo están para robar y enriquecerse, del machismo que solo está para hacer menos a la mujer, del bache que solo es una muestra más de la corrupción que desvía recursos públicos hacia cuentas privadas, a beneficio de pocos y a perjuicio de muchos. Ese ímpetu la llevó a plantarse frente al monstruoso camión, impidiendo su avance. Así menudita como era, pero con una valentía enorme.

Después de una breve discusión, donde la vecina que había salido a escuchar también secundaba a favor de su amiga, el contratista impaciente bajó del camión y aventó frente a ellas una pala. Les dijo que si querían que se baje el material, que ellas mismas lo hicieran.

“Sí lo bajamos pero que nos ayuden”. Doña Zoila se dirigió a los dos obreros que solo seguían órdenes, y logró que esta vez siguieran las de ella. Para ese entonces ya había corrido la voz, y otras vecinas y amigas rodearon a los trabajadores, a quienes no les quedó más remedio que terminar el trabajo, rodeados por un ejército femenino cruzado de brazos, que vociferaba en contra de Pablito y de su padre, de la corrupción, del abuso de poder, de los sinvergüenzas que piensan que pueden venir aquí a engañar.

“Ahí le dices a tu patrón don Pablo y a su hijo Pablito que ya no nos vamos a dejar, ya nos mostraron su cinismo cuando nosotras sólo pedimos lo que es justo” se despidieron de los cansados hombres, que al final en efecto, solamente siguen órdenes injustas que se invalidaron sin que nada pudieran hacer.

Fue así como el bache de doña Zoila desapareció, su reja se enderezó, la plaga de mosquitos disminuyó y ella pudo volver a dormir y a continuar sus proyectos de vida, entre ellos el que ahora quiere ser presidente municipal, para reparar todos los baches de la calle y de la dignidad comunitaria.

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