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Carlos J. Castilla Centeno; médico de profesión, marinero por vocación

Betina González Toraya
Foto: Archivo
La Jornada Maya

Miércoles 28 de abril, 2020

El pasado mes de diciembre, Li Wenliang, oftalmólogo de nacionalidad china con base en Wuhan, alertó a sus colegas sobre el posible brote de una enfermedad parecida al síndrome respiratorio agudo grave (SARS). Wenliang atendía a una paciente con glaucoma contagiada del virus. Pocos días después fue llamado a una reunión en la que se encontraban oficiales de la policía y directivos del hospital quienes lo obligaron a firmar un documento en el que admitía su “error” y se retractaba de lo dicho pues sus declaraciones sólo causarían alarma entre la población.

Semanas después, Wenliang comenzó a presentar síntomas del virus y decidió hospedarse en un hotel para no contagiar a su pequeño hijo y a su esposa embarazada. Murió a los 33 años en la cama de un hospital de Wuhan y hoy el pueblo chino rinde homenaje a este gran hombre, considerado un héroe nacional.

Así como el doctor Wenliang en el país asiático, muchos médicos alrededor del mundo realizan actos heroicos en el ejercicio de su profesión dejando huella, no solo en sus pacientes sino en su país, como es el caso Carlos Jesús Castilla Centeno.

Nació el 31 de diciembre de 1921. Su padre, don Fernando Castilla García, trabajaba como contador en el Banco Francés, y su madre, doña María Elisa Centeno Alcocer, dirigía un programa en la radio y era cantante de ópera. Le llamaban [i]La niña de los ojos azules[/i], tan deslumbrantes como su voz.

Los tres hijos del matrimonio Castilla Centeno (Carlos, Fernando y María Elisa) se decantaron por profesiones distintas aunque muy meritorias. Carlos, disciplinado y tenaz, se inclinó por la carrera de Medicina; Fernando eligió la carrera de Derecho -siendo Notario Público fue uno de los realizadores de la Ley del Notariado de 1977-; y María Elisa, a quien cariñosamente llamaban [i]Bebé[/i], obtuvo el título de Licenciada en Filología Maya.

Carlos, gran admirador de su tío, el doctor Pastor Molina Castilla - primer oftalmólogo en realizar un injerto de córnea en Mérida y uno de los médicos más importantes del sureste- ingresó en 1943 a la Facultad de Medicina de la UADY y montó una pequeña farmacia en el oriente de la ciudad; siendo un joven estudiante comenzó a dar consultas para reunir el dinero que le permitiría costear su especialización en la Ciudad de México.

En 1948 se graduó como Médico Cirujano y poco después contrajo matrimonio con Josefina Beatriz Ramos Correa, hija de don Agustín Ramos Villamil y de doña Carmen Correa Olivar; juntos viajaron a la Ciudad de México donde Carlos se especializó como oftalmólogo y otorrinolaringólogo en el Instituto Nacional de la Ceguera.

Al término de sus estudios y contando con el apoyo incondicional de su tío Pastor, -quien le había presentado a varios colegas y directivos de hospitales cuando llegó a la capital del país- Carlos empezó a trabajar en algunas de las mejores clínicas de México como, el Hospital Infantil, el Hospital Militar, el Hospital de Nuestra Sen?ora de la Luz, el Hospital para Evitar la Ceguera y en la Cli?nica Gurri?a Urgell.

[b]Matrimonio e hijos[/b]

El matrimonio Castilla Ramos tuvo tres hijas (Beatriz, Cecilia y Gabriela). Beatriz, me habla con gran cariño de su padre: “Él y yo éramos inseparables. Médico dedicado y gran deportista, fue scout durante muchos años, pero su mayor pasión fue el mar. Cuando éramos chicas y aún no contábamos con una casa en la playa, nos llevaba a un balneario por Pluma y Lápiz, cerca del Malecón de Progreso, pues gozaba estar en contacto con la naturaleza.

“Soy médico de profesión y marino por vocación’ decía riendo, porque en una ocasión una señora a la que operó preguntó por ‘el doctor famoso que corre lanchas", ya que le pareció muy simpático, que fuera para ella más importante ese detalle que su acreditación como médico, sus años de estudio y diplomas obtenidos; desde luego adoraba la ciencia y estaba casado con su profesión, los médicos que se formaron con él le llamaban cariñosamente [i]El Maestro[/i]. Tenía un carácter muy reservado, era un hombre extremadamente sencillo, llamaba la atención su humildad a pesar de sus logros profesionales. Fue un excelente padre y hombre muy católico, el dramaturgo Luis G. Basurto le dedicó una nota de agradecimiento en un periódico local donde lo bautizó como El Santo Laico 00.

Mi hermana Cecilia y yo lo acompañábamos en sus viajes a Nueva Orleans, ahí conocimos a muchos médicos estadounidenses que le tenían gran aprecio y siempre nos invitaban a comer a sus casas. Me considero muy afortunada de haber estado tan cerca de él durante sus últimos diez años de vida que vivió en mi casa”.

[b]Consultorio siempre concurrido[/b]

Poco tiempo después de su regreso a Mérida, Carlos inauguró su consultorio en el Edificio América, ubicado frente al Parque de La Madre. Este contaba con dos salas de espera y las especialidades de oftalmología y laringología. A la vuelta se encontraba la Cruz Blanca, donde Carlos realizaba cirugías. Su consultorio, siempre muy concurrido, era visitado por pacientes de toda la península y de Belice. En su gran generosidad, a varios de sus pacientes de escasos recursos, no les cobraba.

Carlos daba todo por su profesión, cuando algún paciente le llamaba por alguna urgencia, aún estando de vacaciones con su familia o cenando un sábado en el famoso Real Montejo, dejaba lo que estaba haciendo e iba a atenderlo. Le gustaba mantenerse siempre a la vanguardia y actualizado sobre los avances clínicos y tecnológicos de su especialidad, por ello a principios de los años 60, además de asistir a todos los congresos y convenciones de oftalmología, comenzó a viajar a Luisiana, prestando sus servicios como doctor adjunto en los Hospitales de Tulane, Louisiana State University, Eye Center LSU y Eye Ear Nose and Throat Hospital, durante muchos años. Después de 25 años trasladó su consultorio a un edificio ubicado sobre la calle 63, por 64 y 66, (frente a Monjas), donde continuó ejerciendo hasta su retiro a los 95 años de edad.

Su nieta, Denise Gasque Castilla, heredera del talento de su bisabuela María Elisa, me cuenta: “Mi querido abuelo fue, como dicen, genio y figura hasta la sepultura. Siempre elegantísimo de traje blanco y con corbata, el fin de semana se ponía el traje de color.

“Recuerdo con mucho entusiasmo que los domingos invitaba a sus amigos a comer a su casa de la Colonia México, nunca faltaba el arzobispo de Yucatán, don Manuel Castro Ruiz, que era uno de sus mejores amigos y siempre departía con nosotros.

“Algo que adoraba de mi abuelo era que cada domingo nos pasaba a buscar a los nueve nietos y nos llevaba a desayunar al restaurante de San Francisco de Asís; luego nos dejaba comprar todos los dulces que queríamos en la dulcería de Blanco. Durante las vacaciones nos llevaba a pasear en su barco El Saturno, que a mí me parecía un crucero y estaba adornado con peluches de Popeye. Lo recuerdo siempre lleno de energía, alegre y cariñoso; orgulloso de nuestros logros. ¡No se perdía ninguno de mis conciertos y formaba parte de la porra!

“Siempre ocupado, no le gustaba descansar, decía ‘descansaré cuando me muera’.

“Se le extraña, pero le doy gracias a Dios haber podido gozar de él, sobre todo los últimos diez años que vivió en casa de mi mamá”.

[b]Logros y reconocimientos[/b]

En el año de 1966, con una experiencia de cien operaciones exitosas, Carlos asistió al VIII Congreso Nacional de Oftalmología en la ciudad de Oaxaca donde presenta el procedimiento de extracción de la catarata; al igual que Enrique Graue y Díaz González, Director del Hospital Conde de Valenciana de la Ciudad de México.

Carlos y Enrique generaron el primer reporte científico a nivel nacional en esta especialidad.

Poco tiempo después, Carlos recibió la invitación del Doctor Charles Kelmann, investigador y pionero en la cirugía de catarata, para viajar a Nueva York y presentarle la técnica del Cryo Sylet, gracias a la cual se extrae la catarata y se introduce un lente intraocular. Esta técnica llegó a Mérida gracias a Carlos.

En 1957 fundó el Club Náutico de Yucatán junto con su amigo Mario Esquivel Ríos.

En los años 80, con su tío Pastor y el doctor López Alonso, entre otros colegas, crearon el Colegio de Oftalmólogos de Yucatán.

En 2004 fue homenajeado y reconocido por el Instituto de Enfermedades y Cirugía Ocular (IECO), fundado por el doctor Argimiro Leal Vázquez. El área de la unidad quirúrgica del Instituto fue inaugurada con su nombre: Carlos J. Castilla Centeno.

En 2008, Carlos fue el primer doctor en la historia de la Asociación Mexicana de Oftalmología que fue homenajeado en vida por su brillante trayectoria. Este homenaje se realizó durante el Congreso de la Asociación -cuya conferencia magistral también llevó su nombre- en la ciudad de Mérida.

En 2017, Carlos obtuvo un reconocimiento de manos de sus alumnos, por su gran labor e importantes aportaciones a la oftalmología, última distinción que recibió en vida.

[b]Siempre ayudando al prójimo[/b]

Mario Esquivel Ríos, gran amigo y paciente de Carlos, me platica: “Carlos y yo fundamos el Club Náutico en 1957, organizábamos las carreras frente al Malecón de Progreso, eran dos carreras al año, una en julio y otra en agosto; él casi siempre ganaba y yo quedaba en segundo lugar. Le encantaban las lanchas, era un campeón. En 1961 aunque nos retiramos del club seguimos compitiendo, las carreras comenzaron a organizarse en Campeche; Carlos y yo siempre hicimos buena mancuerna".

“Siempre ayudaba al prójimo, era un hombre muy dadivoso y excelente doctor, esto lo constaté yo mismo porque además de ser su gran amigo, fui su paciente. Era el mejor oftalmólogo y otorrino de su época, siempre adelantado y a la vanguardia en la medicina”.

El 31 de enero de 2018, a la edad de 96 años, se detuvo su corazón. Cerró los ojos al mundo un hombre que ayudó a mucha gente a poder mirarlo en su esplendor ya fuera mejorando su visión o devolviéndosela, como realizó con un joven invidente.

Consagrado en cuerpo y alma a su profesión, adorado por su familia y admirado por el gremio de la medicina, [i]El Maestro[/i], nos deja un legado de generosidad, simpatía y entrega a su labor.


[i]Mérida, Yucatán[/i]

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Edición: Gina Fierro

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