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Leopoldo Peniche Vallado, el grande de Espita

Betina González Toraya
La Jornada Maya

Miércoles 10 de junio, 2020

[i]"La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, la imaginación rodea al mundo".[/i]
Albert Einstein.

El 15 de febrero de 1850, durante la llamada Guerra de Castas en Yucatán, un grupo armado formado por 150 hombres que era comandado por Miguel Huchim, irrumpió en la villa de Espita sorprendiendo a sus habitantes, quienes corriendo despavoridos fueron en busca de resguardo. Quince valientes espiteños salieron en defensa de su pueblo, plantando mayúscula sorpresa al bando enemigo al herir a su líder. Uno de ellos tuvo la ocurrencia de hacer sonar las campanas de la iglesia, haciendo creer a los enemigos que la ayuda de pueblos vecinos se aproximaba, lo que los instó a huir.

Así fue como estos quince héroes -más una mujer de nombre Matea Peniche, líder del pequeño grupo femenil defensor de la plaza-, lograron la victoria a pesar de su inferioridad en número y nulo armamento.

El día 15 de febrero de 1950 se inauguró en la villa un obelisco en honor a Los Quince de Espita – incluyendo a Matea en su placa conmemorativa- como se les ha llamado a estos valientes hombres.

Como [i]Los Quince[/i], Espita ha dado no sólo hombres valerosos, sino también grandes artistas que, dotados de inspiración, han enriquecido el acervo cultural de nuestro estado. Por esta razón la villa ha sido llamada, la “Atenas de Yucatán”.

A finales del siglo XIX, don Porfirio Peniche López y doña Gertrudis Vallado de Peniche, habitantes de Espita, emigraron hacia la capital yucateca. Leopoldo Peniche Vallado, el más pequeño de sus hijos, tenía tan sólo 7 años cuando su padre falleció de una pulmonía, quedando doña Gertrudis a cargo de él y de sus siete hermanos.

Leopoldo nació el 23 de febrero de 1908. Estudió el bachillerato en el Instituto Literario del Estado y al terminar ingresó a la carrera de Jurisprudencia y Notariado, misma que abandonó al cabo de un año.

En 1931, fue convocado por el sabio matemático, Joaquín Ancona Albertos, para formar parte del grupo de colaboradores del recién inaugurado [i]Diario del Sureste[/i]. Las aptitudes y férrea vocación de Leopoldo eran notables y su carrera logró un rápido ascenso al ser nombrado Jefe de Redacción del Diario y al poco tiempo, subdirector.

En 1929, su amigo el también periodista Humberto [i]El Gato[/i] Lara y Lara, le presentó a una joven campechana llamada Concepción Barrera, quien cautivó el corazón de Leopoldo. Después de cinco años de noviazgo, Leopoldo y [i]Conchy[/i] como le llamaban cariñosamente, contrajeron matrimonio en la iglesia de San Juan.

Fruto de este matrimonio nacieron Roldán y Hugo.

Roldán, gran escritor y literato, me cuenta:

Mi papá era un lector voraz y un gran dramaturgo. Amaba el teatro y escribió unas 20 obras, aunque estas no le dejaban ni un centavo y sólo algunas se llegaron a imprimir. Los clásicos, como [i]El Quijote[/i], eran sus obras predilectas. Fue gran admirador de Antonio Mediz Bolio y también le gustaba leer sobre política, en especial a Jesús Silva Herzog. Su poesía favorita era [i]Los Motivos del Lobo[/i] de Rubén Darío, se la sabía de memoria y casi a diario la recitaba. Era un hombre serio, pero con buen sentido del humor y muy sencillo, siempre vivió en su misma casa del barrio de Santiago. La honestidad siempre fue su gran virtud, aun habiendo ocupado puestos políticos nunca se aprovechó de ello, nunca tuvo enemigos, le gustaba la camaradería y se rodeó de gente leal y honesta, hecha a la “antigüita” como él.

En 1942 el gobernador Ernesto Novelo Torres nombró a Leopoldo director de la Escuela de Bellas Artes, fundada en 1915 por el General Salvador Alvarado. A partir de ese momento trabajaba en el periódico por las mañanas, y en la escuela por las tardes.

En 1946, el recién electo gobernador, profesor José González Beytia, lo nombró su secretario particular y poco tiempo después, secretario general de gobierno. En 1951, a un año de terminar su mandato, González Beytia solicitó licencia como gobernador -producto de desacuerdos con el presidente Miguel Alemán Valdés- y partió a la isla de Cuba, quedando Leopoldo como gobernador interino.

En 1952, retorna al periódico y permanece en él hasta 1976, año en que asume el cargo de director de la Biblioteca Central Manuel Cepeda Peraza, donde trabajó hasta su retiro en 1988. A partir de ese momento, se dedicó solamente a la escritura, su gran pasión.

Concepción [i]Conchy[/i] Peniche, nieta de Leopoldo me platica:

Mi abuelo fue un magnífico abuelo, me decía la “xtup”, al haber tenido sólo dos varones me veía como su tercera hija, porque fui la primera nieta. Todos los días al salir de la escuela “Educación y Patria” iba a comer a su casa en Santiago, siempre intercedía por mí para que no me dieran verdura y me cocinaran algo especial, al terminar me daba un “tup” en su hamaca para dormir la siesta. Recuerdo como se sentaba en el piso a jugar conmigo los carretes de hilo que utilizaba mi abuela para costurar y más adelante, siendo una jovencita, iba a las tiendas del centro a comprarme posters de Roberto Jordán, mi artista favorito. Algunos sábados me quedaba a dormir a su casa y el domingo en la mañana nos íbamos a “Monjas” a escuchar misa y luego a comprar pan dulce a la “Elena Vales”, lo disfrutábamos mucho. Cuando discutía con mi papá siempre se ponía de mi lado y le pedía que me tuviera paciencia. Fue mi padrino de boda y lo quise mucho. ¡Mi abuelo era lo máximo!

[b]Obra y nombramientos[/b]

Gran parte de la obra de Leopoldo versó sobre la problemática social en Yucatán. Henequén, evocación dramática, publicada en 1961 fue su obra más reconocida y obtuvo el premio del jurado en el concurso del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) de Veracruz.

Escribió dramas como [i]La batalla perdida[/i], estrenada en 1959 en el teatro de la Universidad de Yucatán y premiada como la mejor obra inédita en el cuarto certamen dramático regional organizado por el INBA.

En 1962, [i]Comida de almas[/i] -obra inédita- y Memoria de uno de tantos, también recibieron premios en concursos regionales. Cecilio el Magno, escrita en 1968 fue basada en el líder maya Cecilio Chi, cacique de Tepich y uno de los protagonistas de la Guerra de Castas.

Fue autor de obras de teatro como Venados y hombres, Cuatro entremeses que no escribió Cervantes, Extranjeros en el mundo; y de poesía como [i]Canto al Lobo[/i], [i]Verserío[/i] y [i]De poesía política y otras poesías[/i]. Colaboró en revistas locales, nacionales y extranjeras durante muchos años, como [i]Cuadernos Americanos[/i], revista creada por el historiador Jesús Silva Herzog.

Su novela [i]El dilema del gobernador[/i], una de sus últimas obras, está en proceso de ser publicada.

Fue miembro de la Comisión Editorial de Yucatán, de la Academia Yucatanense de Ciencias y Artes, y presidente del Consejo Editorial A.C.

[b]Premios y distinciones[/b]

Leopoldo recibió la Medalla Eligio Ancona en 1973. En 1989, el Premio al Mérito Periodístico José Pagés Llergo; un año después la Medalla Héctor Victoria le fue otorgada por el Congreso del Estado. En 1991 recibió la Medalla Yucatán y en 1993 el Premio de Literatura Antonio Mediz Bolio. Al año siguiente, su último reconocimiento en vida fue el Premio de la Excelencia Literaria que entrega la Academia Yucatanense de Ciencias y Artes.

La Casa de la Cultura del Mayab -inaugurada en 1994 y ubicada en el ex convento de Monjas- fue nombrada en su honor, “Leopoldo Peniche Vallado”.

Desde su fallecimiento, ocurrido el 1 de octubre del 2000, el Centro Estatal de Bellas Artes le rinde homenaje y le recuerda como el gran escritor y ensayista que fue.

Hombre de ilimitada imaginación y gran sentido social, estuvo siempre atento y consciente de la problemática de su estado y las necesidades de su gente. Leopoldo no solamente fue un excelente escritor, sino un político honesto ocupado de las necesidades de su gente y no de intereses propios, virtud apreciada en ese ámbito y aún más en estos tiempos.

Gracias Leopoldo por tu prodigioso legado literario, por tu ejemplo como ser humano… por tu admirable sencillez. ¡Yucatán siempre te recordará!


[i]Mérida, Yucatán[/i]
[b][email protected][/b]


Edición: Enrique Álvarez

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