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Un grito de vacíos y silencios

Ni aplausos, ni vítores, ni matracas...

Las ceremonias, los rituales, cumplen un propósito en toda sociedad. Una de las más importantes del año litúrgico de la política mexicana es la del Grito, la que supuestamente conmemora -en el cumpleaños de Porfirio Díaz- el llamado del cura Miguel Hidalgo a levantarse contra un objetivo impreciso, un llamado que no quedó consignado en los documentos y que ha sido motivo de disputa a lo largo de la historia; el acuerdo entre quienes sostienen que convocó a rebelarse contra el rey y quienes afirman que lanzó un ¡Viva Fernando VII! ha sido imposible.

La noche del Grito, el 15 de septiembre, es una de esas ceremonias en las que la figura central es el Presidente. A diferencia del informe, en el que tradicionalmente el jefe del Ejecutivo se dirige al Congreso de la Unión como representación del pueblo, en el Grito se llega a la masa congregada en la plancha del Zócalo y a la que se reúne a través de los medios de comunicación; además de las réplicas que se hacen a nivel estatal y municipal.

Sin duda el COVID-19 terminó por alterar el ceremonial. Al no ser posibles las grandes concentraciones, lo que contemplamos fue un Grito sin receptores tangibles; se levantó el telón, y el actor principal encontró ante sí un auditorio vacío; ni aplausos, ni vítores, ni matracas, ni banderas, ni cornetas.

Como presidente, Andrés Manuel López Obrador ha cambiado los rituales también como forma de enfrentar la pandemia. El minuto de silencio en las dependencias gubernamentales, en remembranza de las víctimas del Coronavirus, por ejemplo, no deja de ser un intento por sustituir el Ángelus de los católicos. En este su segundo grito, fue más que notoria su incomodidad por no poder dirigirse a una plaza llena. También se volvió a hacer manifiesto que una cosa es lo que la ciudadanía espera de él y otra la que AMLO está dispuesto a realizar en los ritos políticos.

En estos momentos, cuando por el COVID-19 han perdido la vida más de 70 mil personas y que México es el cuarto país con más contagios, se esperaba una referencia a las víctimas y al personal sanitario; nada de eso durante la arenga. Hubo, eso sí, un minuto de silencio antes de la salida al balcón.

La arenga suele marcar una ruta en el gobierno, al menos desde que Lázaro Cárdenas introdujo un “Viva la revolución social”, puede tomarse por categorías; en la primera, los héroes de la Independencia: apenas cinco, y equilibrados entre hombres y mujeres; políticamente correcta, históricamente hueca, al omitir siquiera a Vicente Guerrero como el que llegó a la consumación; siguen sus concepciones con respecto a la población: para AMLO el pueblo de México es heróico, las que merecen el ¡Viva! son las comunidades indígenas, y la grandeza cultural del país. 

Finalmente, una serie de valores civiles (libertad, justicia, democracia, igualdad, soberanía) entremezclada con religiosos: una fraternidad universal que bien habría suscrito Luis Echeverría, el amor al prójimo y la esperanza en el porvenir. Aquí, el lenguaje del Presidente es un tanto críptico, pero anticipa que éste seguirá siendo un gobierno guiado más por un credo que por las instituciones creadas por los antecesores a los que dice venerar.

Edición: Gina Fierro

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