Editorial


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Por decenas de kilómetros los vehículos deben transitar apretados en el cuerpo Sur de la carretera

Hay un tema esencial en la infraestructura económica y de movilidad en nuestra Península de Yucatán, uno que increíblemente ha pasado desapercibido en el debate público: el severo cierre parcial y, por lo que parece, de largo plazo de la autopista Mérida–Cancún. 

Sí, la construcción del Tren Maya se está realizando no a un lado de la autopista, no entre los carriles, sino precisamente sobre el cuerpo Norte de la autopista, esto es, los dos carriles que permiten el tráfico desde Cancún hacia Mérida. 

La autopista entre esas dos ciudades ya no es tal. Por decenas de kilómetros los vehículos, muchos de ellos pesados, muchos cargando combustible, deben transitar apretados en el cuerpo Sur de la autopista, es decir, todo el tráfico en los dos sentidos se amontona en lo que antes eran los carriles exclusivos para los vehículos que iban de Mérida hacia Cancún. 

Entre carriles improvisadamente divididos por barreras de plástico aseguradas con cuerdas y costales de arena para que el viento y la vibración de los vehículos no los desplace o haga caer, uno ve pasar una pipa de combustible avanzando en un sentido, a tan sólo unos centímetros de un autobús lleno de pasajeros que va en dirección contraria. 

No se trata de un inconveniente pasajero o pequeño, estamos ante una obra y un inconveniente que durará tal vez años. Yucatán y Quintana Roo han perdido su enlace integral por autopista de cuatro carriles. Ese tema nunca fue amplia y detalladamente discutido en el foro público por quienes así lo planearon, por las empresas involucradas o los constructores a cargo. 

La construcción del Tren Maya inhabilita ya severamente la conexión carretera entre la meca turística de la Riviera Maya y las esperanzas productivas de la colonial Mérida, la histórica Campeche, el mágico Izamal y parcialmente Valladolid. Incluso llegar a Chichén Itzá -la joya del movimiento de tours- se ha complicado con una autopista que se ha vuelto más lenta, pues 40 km/hora es el límite de velocidad en muchas secciones. 

¿Qué pasó ahí? ¿En qué momento la sociedad peninsular fue consultada sobre el tema? ¿Alguien ya evaluó las impactos económicos de convertir una autopista esencial en una carretera parcialmente desarmada? ¿Ya se han discutido temas de compensación? Y lo más importante de todo ¿acaso no piensan reducir las cuotas de peaje?

La terminación del Tren Maya tomará los años que restan a la administración federal en turno, pero cuando el tren esté acabado es posible que todavía falte (tiempo y miles de millones de pesos) para reconstruir y reponer los carriles de la autopista. Es decir, la carretera puede estar en ese escenario de desviaciones, carriles apretados y demás obstáculos color naranja más allá del 2024. ¿Es eso posible y aceptable? ¿Las autoridades tienen claro el efecto social de esa decisión constructiva?

Urgen explicaciones, fechas y compromisos para restablecer esa arteria vital para la economía, el turismo y la movilidad interna en la península. Transitar de Mérida a Valladolid y Cancún (o viceversa) de pronto es un viacrucis de autos que se rozan, llantas que tienen que rodar sobre el acotamiento para que los carriles den el ancho y, si se transita de noche, pues tenemos cientos de conductores inevitablemente lampareados en grupos de vehículos que se mueven a velocidades de tortuga y caracol. 

Lo más obvio a cuestionar es si la cuota de la autopista debe seguir siendo la misma. ¿Por qué se va a cobrar una tarifa por un servicio que ya no se presta? ¿Cuándo se va a reducir la cuota en proporción directa al servicio que realmente se está dando? Insistimos, no es una reparación del pavimento, ni un mantenimiento de semanas, es un cambio que probablemente estará ahí por años. Es urgente compensar al público, a los usuarios de las economías locales, por la forma en que esto trastoca todo. Tal vez se deba pensar en otorgar servicios gratuitos a los usuarios internos y domésticos en las poblaciones interconectadas. 

El Tren Maya empieza dibujarse en el horizonte, pero sin que llegue todavía una locomotora, parece que a la autopista Mérida–Cancún ya se la llevó el tren. Urge debatir ese tema, que se propongan soluciones. En un momento tan crítico para reactivar la economía, la carretera de cuota parece más una aventura de deporte extremo para el turismo y una de obstáculo para la economía local y regional. Es tiempo de hablar de los caminos del Mayab. 

 

Edición: Laura Espejo

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