'Un extraño enemigo' o la deconstrucción de la memoria

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Captura de video
La Jornada Maya

Viernes 12 de octubre, 2018

Pero la pregunta más compleja de todas, en este caso es, sin duda ¿cómo podemos quienes no fuimos testigos de los hechos, aportar en la construcción de la memoria histórica de un país? ¿Cómo puede nuestro discurso convertirse en referente para nombrar y entender eventos a los cuáles no tuvimos acceso?

Gabriel Ripstein (director también de la cinta 600 Millas) nació 4 años después de los acontecimientos del 2 de octubre de 1968 y al igual que toda su generación creció con el estigma de “no haber estado ahí”. Cincuenta años después, con una sólida carrera como escritor, productor y director, desarrolla y dirige para Televisa y Amazon Prime esta serie que ficcionaliza y hace un recuento de los entretelones de la matanza de Tlatelolco.

Ahora bien, entendamos el término deconstrucción desde la formalidad del postestructuralismo que lo refiere al acto de “analizar las estructuras sedimentadas que forman el elemento discursivo, la discursividad filosófica en la que pensamos”. Al carecer de versiones fidedignas, hemos apelado durante 50 años a las comparativas. Nuestro acercamiento general de aquel periodo pasa por el análisis más acucioso de las notas periodísticas de la época, pasando por la narrativa y la crónica sentimentaloide a-lo-Poniatowska, hasta la crítica más dura y transparente del movimiento por parte de politólogos, escritores y testigos directos como Luis González de Alba.

Toda esta marea de datos -esta estructura sedimentada- a veces contradictorios, a veces falsos, a veces imposibles de comprobar pero con una dosis de probabilidad innegable han labrado en el imaginario colectivo una versión de los hechos con la que hemos convivido y de la cuál hemos extraído posturas y banderas.

Gabriel Ripstein, RODEADO de un equipo puntual de asesores, investigadores y escritores, utiliza gran parte de esta montaña de datos que siempre han estado ahí y nos entrega una versión en pantalla de los hechos que es sin duda, digna de todo reconocimiento.

Fernando Barrientos (Daniel Giménez Cacho) es el jefe de la Dirección Nacional de Seguridad y en su lucha por proteger e impulsar la carrera de su jefe por la Presidencia, el Secretario Luis Echeverría, infiltra y manipula el movimiento estudiantil para lograr desestabilizar el país previo a las Olimpiadas. Esto le dejará la mesa puesta a su jefe para llevar a cabo las negociaciones con el CGH y conseguir así la bendición presidencial para ser elegido el sucesor.

Con una precisa mezcla entre ficción y datos duros, Ripstein logra convencernos de su metahistoria: Barrientos se vuelve un ser humano obsesionado con su labor, preocupado por su familia y desesperado por no poder cuidar su casa chica, Echeverría es más que un político simplón, es un hombre obsesionado con el poder, Díaz Ordaz deja de ser la personificación del mal que nos hemos vendido durante décadas para presentarse ante nosotros como un hombre débil y temeroso de perder el poder, los estudiantes dejan de ser los receptáculos cuasi angelicales de la justicia nacional para convertirse en simples muchachos llenos de contradicciones y miedos, pero con ganas de cambiar para bien el país donde viven.

Esta fórmula es la que vuelve este relato cercano, digerible y personal. El CGH, hasta ahora impenetrable y oculto en la niebla de la historia de pronto tiene voz y esa voz suena a nuestros primos, a nuestros hijos, a nuestros amigos. El país de ese 1968 deja de ser un recuerdo impreso en blanco y negro con encabezados trágicos para dar pie a un dolor vivo y a una paz que se siente como cicatriz y sanación.

Aunque quizá la serie termine siendo una aporía de si misma, poco importa. Finalmente podemos ver en pantalla aquello de lo que no se hablaba, lo que no se podía filmar, lo que era solo un quiste histórico irresuelto con el teníamos que vivir. Finalmente, la reconstrucción a través de la ficción del evento más innoble que haya acontecido en este país, nos abre la puerta para observarnos, entendernos y abrazarnos.

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