'1994' o los claroscuros de la verdad

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Cuartoscuro
La Jornada Maya

Viernes 24 de mayo, 2019

Con el nacimiento del cine nace también uno de los debates más intensos que al día de hoy persisten alrededor de esta forma de expresión: la objetividad y subjetividad de un documento fílmico. Desde las primeras vistas que registraron la salida de obreros de una fábrica o la llegada de un tren a su estación, pareciera que la presencia de la cámara nunca más pasaría desapercibida en el mundo.

La lente, la cámara misma -y dicho esto de forma textual- ya crea una subjetividad. Su sola presencia sugiere el punto de vista y ordena, sin opciones posibles, lo que se debe ver. Establece las reglas y los límites formales para tratar el tema e impone normas de lectura a partir del estilo, el color, el uso de los espacios, la composición, el montaje, el sonido, la narración o la ausencia de ella.

El cinéma vérité, traído a la realidad por Jean Rouch a finales de los años 40 del siglo pasado, encuentra sus orígenes en la teoría del cine-ojo del enorme cineasta polaco-soviético Dziga Vertov, quien durante toda su carrera y obra fue persistente en la idea -utópica, por cierto- de que el cine debe siempre contar la verdad. Idea que se nutre en una politización indiscutible de la actividad cinematográfica que, bajo esa premisa, debe estar siempre al servicio del pueblo.

Con el tiempo, la gran influencia de esta postura permea sobre todo en el cine documental contemporáneo. Ahí es donde esa búsqueda de la verdad cobra real fuerza y sentido.

Diego Enrique Osorno, cuyos trabajos ya hemos tenido la oportunidad de compartir en este espacio (La Muñeca Tetona, El Alcalde) nos entrega a través de la plataforma Netflix su mas reciente serie documental titulada 1994. Así, con la marca de un año fatídico, Diego Enrique se aventura a ponerle orden y sentido narrativo a un año que cambió la historia de México para siempre.

Sin necesidad de proponer una estética disruptiva o grandilocuente, 1994 consigue, a través de entrevistas a los actores y testigos claves de ese año (Carlos Salinas, Rafael Sebastián Guillén Vicente, Federico Arreola, Othón Cortez, Vicente y Rodolfo Mayoral, Mario Aburto Martínez, Luis Donaldo Colosio Riojas, Alfonso Durazo, Marcelo Ebrard) mezcladas con impresionante material de archivo inédito, ponernos frente a frente con el absurdo y a veces doloroso escenario político y social en el que se desenvuelve este país.

La gran virtud de Osorno en este trabajo es que pareciera que su objetivo no es encontrar la verdad en una aventura producto de una obsesión frenética y delirante. En su lugar, propone un lugar común, un espacio abierto y pone la carnada, hace las preguntas correctas, espera. Delimita el lugar y las fechas. Entonces la verdad, esa bestia policéfala se acerca lentamente en pasamontañas y pipa pero también con el bigote finamente recortado, la cabeza calva y la sonrisa maquiavélica. Habla, nos cuenta de sus días en el poder. Luego se esconde en una zanja de una finca y vuelve para mostrarse escurridiza, calculadora, de saco y corbata de periodista de izquierda pero de corazón neoliberal. Ahí nos hace partícipes de los chismes de los pasillos del palacio para después contarnos un cuento sobre un México mejor que no llegó. Entonces pone cara de pueblo, cara de todos y nos dice que en lo más profundo de nuestro país nada ha cambiado y que lo que ha cambiado ha sido por culpa de las balas.

En cinco episodios vemos, pasmados, todo lo que ya sabíamos pero no habíamos podido hilar. Las piezas que no encajaban ahora embonan. Sin hacer juicios, sin atragantarse de ese festín de confesiones y medias verdades, terminamos con la certeza de que en las sombras, en los claroscuros de la verdad aún hay muchas que contar. Ojalá que más Osornos sigan echando luz.

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