El día que Trump mató al 'califa'

"Que Dios bendiga a América", el discurso del mandatario

Hugo Castillo
Foto: Afp
La Jornada Maya

Lunes 28 de octubre, 2019

Nos despertó de nuevo la alarma: “el califa ha muerto”; pero esta vez ninguna agencia de noticias o líder de la región dio la noticia. Era el mismísimo presidente de los Estados Unidos el que anunciaba el fin del jefe del Estado Islámico (EI), Abu Bakr al Baghdadi, a manos de las tropas de su país. “Nunca jamás volverá a herir a una mujer o a un niño. Murió como un perro. El mundo es ahora un lugar más seguro. Que Dios bendiga a América”, dijo Donald Trump en un discurso desde la Casa Blanca.

Es verdad que la muerte de Al Baghdadi es algo digno de celebrarse, pues con su dirección el EI se convirtió en la principal amenaza terrorista en el mundo. Cobijándose en el salafismo yihadista, el autoproclamado califa del Islam tergiversó las más puras enseñanzas del Corán y las convirtió en un discurso de odio que sembró caos tanto en oriente como en occidente. Lo que inició como un proyecto islamista que atrajo a jóvenes religiosos de los más distantes rincones del orbe, pronto se convirtió en una pesadilla en la que lo más básicos derechos humanos eran ignorados en el nombre de una ideología radical.

Pero si bien el asesinato es una gran noticia para todos, las buenas nuevas no deben servir para ocultar el reciente caos sembrado por Donald Trump y sus disparates políticos en Medio Oriente. No es ninguna coincidencia que el anuncio llega justo después del drama político que se vivió tras la retirada militar de Washington del norte de Siria y del inicio de la ofensiva turca contra sus ex aliados, los kurdos. Además, el magnate de la Casa Blanca no ha dudado en hacer público tanto su desconocimiento de los problemas regionales como su desdén por la situación local, pues para él la política es un negocio más y sólo mide el éxito según los beneficios inmediatos que pueda cosechar de cualquier situación.

Un sueño musulmán

Lo que la miope administración de Trump no alcanza a ver es que su cortina de humo, ideada para mejorar su estatus político, representa en realidad una amenaza mucho mayor para todo el mundo, pues mientras para los occidentales es muy fácil calificar a Baghdadi y su EI de salvajes y asesinos, para los musulmanes, dentro y fuera de Medio Oriente, condenar al ahora finado no es tan sencillo.

El Estado Islámico, como el Al Qaeda de Usama bin Laden en su tiempo, basó sus acciones e idearios en uno de los dogmas que sustentan la fe musulmana: la creación de un Califato o un Estado fundamentado en el Islam. Si bien el intento de gobierno de Al Baghdadi distó mucho de lo que muchos mahometanos esperarían de dicha supraentidad, su atractivo internacional radicó en que su líder afirmó estar cumpliendo uno de los sueños más añorados por todos sus correligionarios.

La mayoría de los musulmanes moderados podían no estar de acuerdo con la ideología radical del Estado Islámico y su califa, pero sí aceptaban que lo que se estaba gestando entre Siria e Irak era un eco distante de sus añoranzas y una forma de hacer frente, desde lo local, a la amenaza de la ideología foránea e imperialista de Occidente.

Creando un nuevo mártir

Por todo lo anterior, para cualquier musulmán queda claro que la actual agenda política de Washington en Medio Oriente se basa en una mala, y muy peligrosa, lectura de la realidad social de la región; el operativo militar que Trump gestó para mejorar su imagen pública amenaza con convertir a un sombrío líder en un nuevo mártir para los yihadistas y revivir el terror del fundamentalismo en todo el orbe.

Así como después de la muerte de Bin Laden su figura fue elevada al rango de leyenda entre los extremistas, Al Baghdadi pronto podría ser adoptado por muchos, radicales o no, como un símbolo de la lucha que mantienen muchos mahometanos para proteger su fe y alcanzar su sueño de construir un Estado basado en el Islam. El asesinato, aunado a la permanencia de la amenaza imperialista en Medio Oriente, puede convertirse rápidamente en una fuente de inspiración terrorista, especialmente para las células dormidas del Estado Islámico en distintos países.

Es necesario admitir que el asesinato de Al Baghdadi es solo el más reciente ejemplo de la falta de conocimiento sobre oriente que predomina en occidente, especialmente en todo lo relacionado con el radicalismo islámico. Si Trump y sus aliados de verdad quieren acabar con el terrorismo y sus proponentes, lo que necesitan es dejar de pensar en su imagen política internacional, hacer a un lado los magnicidios y proponerse entender la mentalidad de todos los segmentos musulmanes, radicales o no, que coexisten en la actualidad.

Mérida, Yucatán
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