"El Muerto" de Hoctún: La historia de un sepulturero

Los ruidos dentro de las tumbas los atribuye a la "explosión" de los cuerpos

Gina Fierro
Foto: Emilio Gómez
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Jueves 31 de octubre, 2019

Desde pequeñas vivieron en la ciudad de Mérida, las dos nacieron al mismo tiempo e iguales, sin embargo su historia juntas fue breve, pues una de ellas perdió la vida en los primeros años. Pasó el tiempo, la hermana creció y tuvo un hijo, con quien ahora visita la tumba de su difunta gemela, en su lápida sobresale un par de ángeles rosados con un corazón rojo entre ellos, en la inscripción se lee: "María Catarina Rasmus Sen. Marzo 24 de 1960".

Los ángeles, que sostienen cada uno un arpa en su mano, lucen recién pintados, la lápida es pequeña, teñida de blanco, y se encuentra en la parte del cementerio que data del año 1866, donde la mayoría de los cuerpos aún están bajo tierra y esperan ser destapados en un periodo de tres a cuatro años. Rodean a Catarina cerca de seis mil difuntos, algunos más frescos que otros, unos en caja y enterrados, otros en osarios o en predios que sobresalen por el ingenio de los familiares que han construido un lugar formidable para sus seres más queridos.


Foto: Emilio Gómez

Y entre las lápidas hay una persona, una muy viva, un señor que ronda en los cincuenta, quien bajo el rayo del tenue sol de octubre dibuja con minucia unas flores amarillas sobre una de las tumbas, es una tumba verde agua y luce casi lista para la misa del Día de muertos que se llevará a cabo este sábado 2 de noviembre a la entrada del panteón. El Muerto prepara las tumbas para que los familiares lleguen con las flores, veladoras y objetos que terminarán de adornar las "casas" de los difuntos.

En los últimos días de octubre, el cementerio de Hoctún toma un brillo particular, ya que los encargados del lugar limpian el espacio, lo despejan de la hierba crecida y retocan las lápidas, las pintan y decoran con diseños sencillos que van desde flores hasta imágenes de santos. Las construcciones de diversos colores han dado un toque especial al cementerio.

El lugar luce como un pequeña ciudad pintoresca y entre sus "calles" se aprecian haciendas, chozas mayas, réplicas a escala de pirámides y uno que otro edificio que contrasta entre las viviendas de Yucatán -como una torre Latinoamericana-, construídas todas ellas sobre las edificaciones donde yacen los restos de niños, adultos, viejos, famosos y varios extranjeros. Esto, cuenta una de las personas encargadas del mausoleo, se construye para dar identidad a los que ya no están, es decir, dar detalles de la persona fallecida, cómo y en dónde vivía, qué le gustaba e incluso, a qué equipo de futbol era aficionado.


Foto: Emilio Gómez

El actual sepulturero está gustoso de compartir algunas historias, y entre ellas habla del momento cuando saca los cuerpos de quienes han cumplido su tiempo bajo tierra, ya que después de tres o cuatro años, los restos son depositados en los osarios para que el hueco en la tierra sea ocupado por alguien más. Durante este proceso, José Chan, mejor conocido como El Muerto, ha encontrado huesos casi frescos, otros que al menor contacto se quiebran y cuerpos casi momificados, "se puede saber si en vida las personas tuvieron alguna enfermedad, si tuvieron una buena o mala alimentación o si les dolía algo", dice.

El Muerto confiesa el por qué de su sobrenombre, y es que en una época oscura de su vida, confiesa, recayó en el alcohol, al grado de visitar en constantes ocasiones la celda de una prisión. Y en un círculo vicioso que lo llevaba del trago a los separos, encontró un lugar dónde descansar sin ser molestado, ni molestar a nadie: el cementerio de Hoctún. 

Sin importarle mucho el lugar de descanso, El Muerto llegaba noche tras noche al sitio y los presentes cuchicheaban: "Ahí viene el muerto". Dormía hasta recobrar la conciencia, y al hacerlo notaba que los trabajadores iniciaban sus labores, enterraban, desenterraban, limpiaban y pintaban las lápidas.


Foto: Emilio Gómez

Con el tiempo, El Muerto aprendió las actividades de los enterradores, hasta que en un golpe de suerte pudo poner en práctica lo aprendido, y no solo eso, sino adquirir un trabajo remunerado que le permitiría adquirir otro estilo de vida. Así, la bebida quedó en el pasado y desde hace ocho años, El Muerto se ha convertido en el sepulturero oficial del lugar. Su antecesor, Anacleto, es un hombre de 90 años que ronda por el lugar y aunque está retirado, le gusta visitar el cementerio y recordar que trabajó ahí por 50 años. 

"Todo se quema" dice El Muerto sobre todo aquello que le sobra a los cuerpos antes de trasladarlos a los osarios, "se queman sus ropas y todo lo que les sobra, y a veces los mismos familiares me ayudan".

En promedio, al mes entierra cinco cadáveres, labor que lleva a cabo solo. En ocasiones, trabaja hasta la madrugada, pero a pesar de saberse acompañado solo de difuntos, no se siente intimidado, "a veces, cuando veo pasar alguna sombra, solo les digo 'ya, ya, vete a descansar'...". Otras veces, confiesa, llega a escuchar algún ruido dentro de las urnas, lo cual le atribuye a la "explosión" de los cuerpos, "los cuerpos se inflan, y llega un momento donde explotan, se llenan de gases y explotan. Eso es lo que se escucha".


Foto: Emilio Gómez

Sin una pizca de asombro, el sepulturero cuenta que ha sacado los restos de su madre y de uno de sus hermanos, quien, recuerda, se quitó la vida.

El Muerto se siente como en casa dentro del mausoleo. Conoce las historias de muchos de los que yacen ahí, por ejemplo, cuenta que del otro lado de unos de los muros están "los olvidados", personas de los que ya no se tiene registro y a quienes ya nadie va a visitar. Aunque para estos días, sí espera una visita al cementerio: la del sobrino de Catarina.


Tumba de María Catarina Rasmus Sen. Foto: Gina Fierro

Sobre la Torre Latinoamericana


Foto: Emilio Gómez

Desde una esquina del cementerio, sobre unas escaleras que te llevan a uno de los predios donde se encuentran los restos de una familia yucateca, se puede ver la Torre Latinoamericana, la cual sobresale en la cúspide de uno de los osarios. Se cuenta que su construcción fue idea de un defeño, quien se enamoró de una yucateca en la Ciudad de México. Ella viajó a la ciudad y fue ahí donde lo conoció, pero en su regreso a la Ciudad Blanca falleció. En memoria de su amor y de su primer encuentro, el hombre mandó a construir el emblemático edificio sobre lo que sería su hogar eterno.