Manglares

Naturaleza intervenida

Daniela Tarhuni
Foto:
La Jornada Maya

Miércoles 20 de julio, 2016

Lo mismo existe en zonas tropicales y subtropicales de América del Norte o del Sur que en África, Asia u Oceanía. No es tierra firme, pero tampoco mar. Es un espacio de transición, de cambio y de evolución de un estado a otro. En el manglar tiene lugar un encuentro, siempre inestable, entre el agua salada del mar y el agua dulce del río. El cruce de estas aguas obliga a los inmensos mangles, cuyas raíces permanecen en la superficie, a adaptarse a los diferentes ciclos de una marea cambiante y a las exigencias de constituir una barrera contra la erosión debida al viento, las olas, las corrientes de agua y la intrusión salina.

Y, así como vemos las raíces enmarañadas de los árboles de mangle a través de los canales de agua y tierra pantanosa por donde se abren paso, al interior del manglar se desarrolla una compleja interconexión natural entre flora y fauna altamente especializada en adaptación. La misma incluye mamíferos, reptiles, anfibios y aves en peligro de extinción y es lugar de desove de una variedad de peces y mariscos, entre ellas varias especies comerciales como el camarón, por lo que son objeto de una parte importante de la actividad pesquera.

En algunos sitios, estos bosques pantanosos son sólo un triste reflejo de su vitalidad original. Perturbados, fragmentados, deforestados, subsisten por igual entre campos agrícolas y ganaderos, así como entre desarrollos habitacionales o complejos turísticos de gran lujo.

A nivel mundial, México se ubica entre los países con mayor superficie de manglar. De acuerdo con datos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), México tiene una superficie de poco más de 760 mil hectáreas distribuidas a lo largo de las costas del Pacífico, del Golfo de México y de la península de Yucatán. De éstas, alrededor de 14 mil se encuentran perturbadas.

En términos de extensión, la península de Yucatán alberga el 55 por ciento de la superficie nacional de manglares con poco más de 400 mil hectáreas. Según datos preliminares del Observatorio de la Selva Maya, de 2001 a 2012 se han perdido en promedio 284 hectáreas por año. Dentro de estas hectáreas perdidas, el predio de Tajamar, en Quintana Roo, es una herida abierta desde enero de este año.

Pese a las declaraciones del director jurídico de Fondo Nacional del Fomento al Turismo (Fonatur), Manuel Mercado Béjar -organismo al frente del proyecto que ronda en los 11 mil 500 millones de pesos-, el cual sostiene que el desmonte se hizo en función de las autorizaciones otorgadas por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) con base en los protocolos correspondientes y en cumplimiento del Programa de Rescate y Reubicación de Flora y Fauna, las denuncias de ONG’s, grupos ambientalistas y vecinos del lugar coinciden en que tal actividad constituyó un exterminio de especies animales y vegetales tales como el sapo excavador, el cocodrilo de pantano y los mangles botoncillo, rojo y blanco, por solo mencionar unos cuantos.

Aunque Tajamar representa sólo el 0.013 por ciento de la superficie total que ocupan los manglares en la península de Yucatán, a primera vista, esta pérdida parece irrelevante, el problema es que hemos sumado muchos años de estas “pérdidas irrelevantes”. Lo que está en juego son todas las hectáreas de manglar que potencialmente podemos seguir perdiendo en la región a causa de la contaminación, la mala planeación de uso de suelo y, sin duda, la corrupción.

Si nos atenemos exclusivamente al plano económico, habría que contrastar la derrama del proyecto de Tajamar contra la pérdida económica que representó la desaparición de individuos de especies animales y vegetales o contra el costo ambiental representado por el hecho de que estas especies tengan menos sitios de descanso, alimentación y reproducción. Habría que compararla contra la valuación económica de los servicios ambientales que nos provee el manglar. Los cálculos van más allá si tomamos en cuenta que este ecosistema es la primera barrera de defensa contra huracanes y que la península de Yucatán es particularmente vulnerable a estos eventos meteorológicos. Basta recordar las lecciones que huracanes como Emily o Wilma dejaron en Quintana Roo.

Pero la evaluación no debe darse sólo en el terreno económico. De oriente a poniente la costa es un paraíso. Y en su belleza reside el peligro que la amenaza. No hace falta más que abrir el Google earth para darse cuenta de cómo se encuentran los manglares en la región: A lo largo de la costa se ven pequeños parches de vegetación al lado de construcciones turísticas y habitacionales, mismos que se encuentran en un estado crítico: al tiempo que albergan flora y fauna, se ocupan como tiraderos al aire libre, legal o ilegalmente establecidos y sus flujos de agua han sido alterados o interrumpidos.

Muchas voces se han unido para hacer una llamada de alerta sobre este ecosistema y por qué es tan importante defenderlo. A fin de cuentas, en el ciclo de la vida, los manglares son protectores, con sus tupidas e intrincadas raíces, de una gran constelación de criaturas, plantas y alimentos en continua gestación y en su conservación también reside buena parte de los bienes y servicios que disfrutamos. Son una zona de transición. Pero ahora también son una zona de resistencia.

@Nyxsys
[email protected]
Mérida, Yucatán