Mérida, una ciudad viva

Pide silencio la otra “élite blanca”

Ricardo Tatto
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 27 de marzo, 2017

En tiempos recientes, una pequeña comunidad de expatriados ha estado convocando a reuniones de residentes del Centro Histórico con autoridades del municipio. Este fin de semana no fue la excepción, ya que comenzó a circular una invitación a congregarse frente a la iglesia de San Sebastián, el viernes 24 de marzo a las 16 horas. Si bien en la misiva no se esclarecía el motivo de dicha junta, en el portal www.yucatanexpatlife.com evidencian que es sobre asuntos de la calidad de vida de dichos residentes. Ahí se les urge a presentarse con evidencias físicas como lecturas de decibeles, videos, fotos, testimonios y documentación que les ayude a sustentar su caso ante las autoridades.

¿Pero de qué caso estamos hablando? Les pongo en contexto: en febrero la policía municipal comenzó a recibir quejas de vecinos de las inmediaciones del primer cuadro de la ciudad; reportes de ruido excesivo o de gente extraña circulando por las calles en donde se encuentran sus predios. Ahora bien, a estas alturas, para nadie es un secreto que la mayoría de estos vecinos son ciudadanos extranjeros, los ya famosos “expats”, personas expatriadas de países como Estados Unidos, Canadá y de diversas naciones europeas, que componen a la otra “élite blanca” que habita nuestra ciudad.

El resultado de sus constantes llamadas y quejas devino en el cierre por unos 20 días de uno de los bares más emblemáticos de Mérida: La Fundación Mezcalería. Los argumentos para clausurarlo fueron por demás absurdos, como el hecho de no contar con un botiquín. Si bien esta es labor que concierne a Protección Civil, uno comienza a preguntarse si éste es el verdadero trasfondo del asunto, cuando varias camionetas y una veintena de policías llegaron al lugar por la madrugada, mientras propios y extraños se divertían en el sitio de marras, ubicado en la calle 56 por 53.

“Casualmente”, esto ocurrió una semana después de la primera reunión de este conjunto de expatriados, recayendo en la dirección de desarrollo urbano la clausura del lugar, cuestión que fue celebrada como un triunfo en el portal antes mencionado, pues al parecer tienen como consigna oponerse a cualquier ruido o manifestación que perturbe su sagrado sueño, ensañándose en particular con el sitio antes referido que, cabe destacar, no es sólo uno de los más exitosos, sino todo un ejemplo y modelo de lo que significa la retribución y la responsabilidad social entre el empresariado yucateco, dados sus numerosos lazos con la comunidad artística y cultural, así como con diversas asociaciones contra el maltrato animal, la prevención del VIH, entre otras.

Incluso, han colaborado muy de cerca con la dirección de cultura del Ayuntamiento de Mérida, gestionando espectáculos para la Noche Blanca, el Mérida Fest y la Fiesta de la Música, entre otros, lo que da cuenta de la incongruencia e hipocresía de la Comuna, que pretende servir a todos sin servir a nadie realmente, amancebados como están por el poder que sólo el dinero de inversionistas extranjeros puede otorgar, pues a dos décadas del boom inmobiliario del centro de la ciudad, ya nadie ignora la potestad y la injerencia que esta minoría de “expats” detenta ante la municipalidad que, se supone, debería ocuparse en asuntos prioritarios para la ciudadanía, anteponiendo por supuesto los intereses no sólo de los yucatecos, sino de los mexicanos en general.

Con ello, no quiero decir ni incentivar intolerancia hacia todo lo que viene de fuera, ya que bastante hemos sufrido los locales con la a veces justa acusación de xenofobia que nos caracteriza. Al contrario, considero justo que las autoridades escuchen a todas las partes involucradas -aunque a la junta del viernes no se haya invitado a ningún empresario del centro-. Sobre todo, el municipio debería preocuparse por revisar su propia normatividad, dado que testimonios de otros empresarios del ramo dan cuenta de lo obsoleta que resulta la actual, en especial en cuanto al tema de los decibeles, ya que tan sólo con el ruido ambiental propio del núcleo de una ciudad de un millón de habitantes se rebasa cualquier límite auditivo.

Al final del día, sin afán de ser reduccionista, todo recae en preguntarnos qué clase de ciudad queremos, ¿un centro de retiro para los expatriados jubilados que sólo vienen a Mérida a morir en climas y tipos de cambio benéficos para sus intereses o, en cambio, un centro vibrante, lleno de oferta cultural y vida nocturna que es de interés para el turismo en general, sin mencionar a los jóvenes de la localidad que poco a poco comienzan a tomar las calles de su propia ciudad? ¿Queremos una Mérida viva o muerta? Usted, amable lector, tiene la última palabra.

Mérida, Yucatán