Refugiados

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
Foto: Enrique Osorno
La Jornada Maya

Miércoles 19 de junio, 2019

La edición facsimilar del Diario del Sinaia se hizo a partir de la colección completa que se encontraba entre los papeles de mi padre, el profesor Isidoro Enríquez Calleja, quien llegó a México dentro de ese grupo de refugiados. Consistía en los 18 números publicados en mimeógrafo a bordo del Vapor Sinaia durante el viaje de los republicanos españoles que arribaron a Veracruz el 13 de junio de 1939, y la publicó la Universidad Nacional Autónoma de México para conmemorar los cincuenta años de su llegada.

El maestro Gonzalo Celorio, entonces coordinador de Difusión Cultural, y el entonces rector, doctor José Sarukhán, quisieron con cariño y respeto homenajear a esos hombres y mujeres que tanto hicieron por México y muy especialmente por la UNAM. 10 años después el Fondo de Cultura Económica y autoridades españolas publicaron una segunda edición, que es una joya bibliográfica digna de revisarse sobre todo en estos días cuando se cumplen 80 años de su arribo a Veracruz.

Espero se comprenda que me refiero a todo ello en primera persona porque el Diario del Sinaia, ese viaje y ese día tienen un significado muy especial para mí, hijo de ese grupo de refugiados a los que México salvó la vida. Puedo afirmar que la condición de refugiados nunca nos fue vergonzosa. Por el contrario fue un alto motivo de orgullo. Mucho mayor porque soy mexicano y, para México, recibir a esos refugiados como lo hizo es algo que demuestra la calidad humana del cardenismo y su proyecto de país.

No fue una decisión fácil. El Sinaia fue sólo el primer barco al que siguieron otros y 20 mil refugiados fueron recibidos por nuestro país en medio de un entorno internacional lleno de incertidumbre y de peligros. Con la Segunda Guerra Mundial prácticamente iniciada y con la antipatía del gran capital hacia una República española vencida, calificada como “roja” por haber querido hacer reformas de contenido social para sacar al país del feudalismo y trasladarlo a la modernidad.

No, no fue fácil para el general Cárdenas, quien no contaba siquiera con la solidaridad de una mayoría de connacionales en muchos de los aspectos políticos, económicos y sociales de su gobierno. Los periódicos de la derecha, los más fuertes, atacaban a los rojos y se rezaba en las Iglesias para que sus barcos se hundieran o para que fueran retornados a la muerte segura en una España franquista que comenzaba una “depuración” que significó asesinatos sin número hasta la muerte del sangriento dictador.

Las potencias que después formarían el bando aliado se habían mantenido en una criminal neutralidad que dejó indefensa a la República española durante su Guerra Civil y, en cambio, las potencias del Eje (la Alemania nazi y la Italia fascista) habían intervenido descaradamente a favor del franquismo.

No era buen negocio para México, un país endeudado, recibir a 20 mil hambrientos, vencidos, que llamaban a su puerta. Y, sin embargo, Cárdenas les abrió los brazos con absoluta generosidad y sin cálculos a largo plazo que en ese momento era imposible hacer.

Aquella fue una auténtica victoria moral que no debe olvidarse hoy, cuando será una vergüenza que la sacralidad del asilo quede en retórica vacía y, ante los embates de Trump, México ceda y utilice refugiados como moneda de cambio o construya campos de concentración para ellos como se hizo para otros hace 80 años.

Algo que no podemos aceptar los herederos de quienes llegaron en el Sinaia aquel 13 de junio de 1939, porque el acontecimiento obliga a sentirnos partícipes de una nacionalidad incómoda que no expide pasaportes: la de refugiados.

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