Firma y prestigio

En memoria de Carlos Duarte Moreno, a cincuenta años de su muerte

José Juan Cervera
Foto: Carlos Duarte Moreno. Xilografía de Raúl Gamboa Cantón
La Jornada Maya

Miércoles 26 de junio, 2019

La letra impresa registra la trayectoria de cada escritor, y ésta se expresa tanto en los libros -que pueden llegar a constituir la parte más asequible de su obra- como en sus incursiones dentro del ámbito periodístico, que cuando resultan abundantes propician su dispersión.

Hay autores que hacen gala de una notable versatilidad, como se advierte en los variados géneros que cultivan, y esto multiplica los obstáculos para lograr una visión unitaria de sus producciones, aunque por otra parte hace que su recuerdo pueda perdurar en alguna de las modalidades en que su arte literario llega al conocimiento del público, porque algunas logran mayor resonancia que otras.

Carlos Duarte Moreno (1900-1969) mantuvo una presencia constante en los medios de prensa desde que en 1915 comenzó a publicar notas en la revista Género Chico. Dirigió varios periódicos como El Debate, Gladios, La Discusión y El Pueblo. Textos suyos pueden encontrarse en muchos otros de corte literario e informativo, entre ellos Oriente, Labor Social, Púrpura y Oro, Forja, Gaceta Militar, Clamor del Obrero y El Ferrocarrilero Peninsular, por mencionar algunos. A esta lista habría que añadir aquellos otros que acogieron sus escritos durante los periodos durante los cuales residió en la capital del país o fuera de éste, específicamente en Cuba. También colaboró en El Popular y en el Diario del Sureste, ambos de gran importancia en la memoria impresa de la península.

El Diario del Sureste representó para Duarte Moreno un medio en el que pudo desarrollar muchas de sus inquietudes literarias y sociales, además de proporcionarle un ingreso fijo a cambio de los textos que publicaba entre sus páginas. Incluso se desempeñó como su director durante algunas semanas de octubre de 1935. En él publicó crónicas, artículos de opinión, poemas, ensayos breves y aforismos. En esta misma tribuna reflexionó sobre la propia condición del escritor, ya que compartió el oficio y la amistad de varios redactores del mismo rotativo, lo que lo motivó a cambiar impresiones con ellos.

En alguna ocasión se refirió, por ejemplo, a la necesidad y a la obligación de quienes adquieren el compromiso de entregar notas editoriales en la redacción de un periódico, manteniendo fresco el interés del público y enfrentando, con la misma frecuencia, el reto de lograr lo que llamaba “la extracción del motivo”, es decir el asunto de que ha de tratar cada nueva publicación. Este hallazgo continuo lo consideraba “un pequeño y dulce tormento” del que no estaba consciente la mayoría de los lectores.

Otro de sus artículos la ocupó en discutir los alcances del prestigio literario en relación con las cualidades que lo sustentan. “La firma de un escritor puede estar por tiempo indefinido en las páginas de un periódico, de una revista, en tanto el autor no crea que con el prestigio de su firma basta, descuidando lo que entrega al público, porque éste, mientras más sepa de la fama de un nombre literario, exigirá, y con lógica justicia, que lo que lea está de acuerdo con el renombre del nombre que ampara las producciones”.

Estos razonamientos hacen pensar que el nombre de un autor, inscrito en las letras de un periódico, muchas veces mueve a algunos lectores a trasladar su atención hacia otro lado si antes han visto textos del mismo origen que poco pueden ofrecer a su interés y a su gusto, a su ilustración y a su deseo de seguir leyendo. Porque cuando la disciplina intelectual se hace más laxa, el narcisismo y la autocomplacencia prefieren pasar por alto semejantes minucias.

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