Vacaciones de terror (canto 1)

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Viernes 2 de agosto, 2019

Un día de estos voy a postularme para monje budista, a menos que me pasen el dato de alguna de esas órdenes de frailes que practican el voto de silencio y de preferencia que me reciban y me dejen hacer una estancia más o menos prolongada. Eso es lo que necesito, o por lo menos exámenes para la hipertensión.

La tribu y yo regresamos de las vacaciones familiares, y debo confesar que lo único que conseguí fue terminar más tenso. Claro, todo esto me pasa por no prestar atención a las alarmas en el ambiente. Como podrán imaginar, desde hace tiempo habíamos acordado que las vacaciones estaban más que merecidas y necesitábamos desconectarnos del ambiente laboral y escolar. A fin de cuentas, la angustia por la que estábamos atravesando era semejante a tener que salir a votar en las elecciones para presidente del PRI y apuntar al menos malo en la boleta. Siquiera no militamos en ningún partido; como he dicho anteriormente, prefiero vender mi voto al mejor postor.

Pero les estaba contando otra cosa. Me encontraba en la recamara, doblando la ropa limpia (ustedes saben, las labores propias de mi sexo) cuando entró La Xtabay anunciando “tengo buenas intenciones”. Claro, antes de que mi mente reaccionara, me mostró en su tableta las opciones de hospedaje que ya había escogido; todas en la Riviera Maya.

“Mira, en este hotel está bueno”, dijo apuntando a la fotografía de un moderno arco maya de construcción moderna, que marcaba la entrada a un lugar llamado como el pueblo en el que vivía Will Smith en la serie del Principe del Rap. Total, que como resultado de sus averiguaciones había encontrado un costo bastante atractivo para que los cuatro nos diéramos una escapada. Los cuartos son más bien unas cabañas divididas en varios complejos; cada una con jacuzzi, si no quiere irse a la piscina, y con el fabuloso all inclusive. Y como bien saben, como todo buen macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga de jamón en rebanadas, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light, dispuse la última palabra: “sí, mi amor, vámonos”.

Sobra decir que los engendros se emocionaron nada más de ver las fotos. Nada más El Kizín puso una alerta por el sargazo. Todos coincidimos en que trataríamos de pasarla lo mejor posible y además el hotel tiene un cenote en el que se puede hacer recorridos en kayak, cosa que también resultó una opción atractiva para los cuatro. Armamos las maletas, las aventamos al auto previamente verificado en todos sus puntos de seguridad, y nos lanzamos a la carretera.

El recorrido lo hicimos sin contratiempos, pero ya que llegamos, todas las expectativas se desvanecieron. La primera mala señal fue encontrar el lobby atiborrado de huéspedes que pretendían realizar su salida. Aquello parecía la cola para el pago en efectivo de los programas de la Secretaría del Bienestar, y para colmo, todos yucatecos (si son capaces de identificar el “aspecto fuereño”, ya entendieron cómo lo supe).

Por supuesto, estábamos hambrientos. Yucateco que no llega con el estómago gruñendo a un todo incluido es porque tiene graves problemas de autoestima. En vacaciones, además, el agua no circula por las venas, y varios de los que se estaban retirando ya habían apagado esa “sed de la peligrosa” con suficiente alcohol; es más, algunos hasta habían provocado una inundación en su hígado.

Armados de paciencia, conseguimos llegar al mostrador y registrarnos sin mayor problema. A fin de cuentas, gracias al Internet y a las transferencias, nada más teníamos que decir “ya llegamos”, recoger toallas para la piscina y nuestras llaves, e iniciar una bellísima estancia de la que les contaré a la próxima. Hoy, por lo pronto, tengo que lavar cuatro tandas de ropa sucia que trajimos de vuelta.

Macho omega que se respeta

La equidad de roles en la familia es utópica. Uno siempre es el encargado de bajar las maletas del auto y llevarlas al siguiente punto, sea la recepción del hotel, la terminal del ferry o la de autobuses.

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