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Antonio Martínez
Foto: Notimex
La Jornada Maya

Viernes 29 de noviembre, 2019

Los sucesos de esta semana a propósito de la violencia contra las mujeres, incluyendo las lamentables acciones de la policía en la Villa Blanca, me han dejado compartiendo el enojo y la rabia desbordante de las mujeres que se han manifestado, y han traído a mi memoria una visita al zoológico de la metrópoli, ya muchos lustros atrás.

Lo que más me impactó de la visita en aquella temprana edad, como supondrá el lector por el título, no fueron los leones, ni las panteras, ni las serpientes, sino una enorme jaula de chimpancés; no por su belleza o exotismo, sino por los eventos que allí sucedían a vista de todos. El espectáculo era dantesco, lleno de acciones violentas, gritos y carreras, no apto para menores. Una buena parte de los chimpancés de la jaula trataban viciosamente de violar a las hembras que se encontraban solas o en pequeños grupos, las cuales trataban de escapar denodadamente. Algunas corrían con suerte y lograban fugarse, mientras otras menos afortunadas eran violadas [i]in situ[/i]. La mayoría de las hembras estaban agrupadas en una esquina del suelo de la jaula, temerosas y vigilantes. Asentados indolentemente sobre unas piedras simuladas a diferentes alturas, otros machos mostraban total indiferencia por los sucesos que se desarrollaban a su alrededor. Muchos de ellos se masturbaban con singular abandono, otros con aburrimiento. Algunos más se rascaban las pulgas, con la mirada puesta en el infinito, ignorando los alaridos de los machos y de los gritos de terror de las hembras, como si nada pasara.

No hace falta ser un experto en primates para ver los paralelismos de esta escena con la situación de alerta de género mundial que nos asola. Ni un sabio para entender que el problema de fondo es sexual. El problema son las agresiones sobre las mujeres por parte de los hombres para obtener sexo no consentido, o para satisfacer una serie de complejos y patologías asociadas.

El problema es sexual, lo que implica que su resolución pasa necesariamente por la educación sexual, que algunos ensotanados tanto temen. El problema es enorme, porque muchos de los monos de nuestra jaula, un número indignante, son violadores o promueven y toleran los abusos.

El problema es que la mayoría de las mujeres viven atemorizadas en una esquina de nuestra jaula, muchas son violadas, y aún peor, asesinadas, lo que hace a los hombres violentos ser más animales que los propios monos. El problema es que un grupo de mujeres, que por razones socioeconómicas no sufren lo peor de esta violencia, comienzan a sufrir del síndrome de Estocolmo, y no sólo aceptan y normalizan la situación, sino que justifican a los agresores.

No es válido argumentar que no todos los hombres somos violadores, golpeadores o asesinos, porque, aunque así sea, en esta jaula en que vivimos nos conocemos todos. El agresor es padre, tío, jefe, amigo, o vecino de nosotros. La violencia viene de los hombres y es responsabilidad de nosotros erradicarla. En la casa, en la calle, en la escuela, en el trabajo, en donde se esconda. Mucho ayudaría la Iglesia católica si dejara de maleducar sexualmente a sus feligreses, porque hay que reconocer que en Latinoamérica un gran número de los violadores y asesinos se han malcriado bajo sus faldas. Mucho ayudarían las autoridades policiales si protegieran a las mujeres en vez de reprimirlas, y si encarcelaran a los hombres violentos en vez de comer cochinita y rascarse las pulgas. Mucho ayudarían los diputados, los senadores, los jueces, si promovieran y actuaran en consecuencia con los derechos humanos. Mucho ayudarían los medios, si no satanizaran una rabia que es legítima.

A pesar del negro panorama, existen razones para ser optimista. La solución a estos gravísimos problemas ya ha comenzado, con las mujeres que por todos lados levantan la voz y demuestran su rabia, porque ya están HARTAS, HARTAS, HARTAS, HARTAS, HARTAS, HARTAS, HARTAS, HARTAS.

Ya era hora. No hay más salida de esta jaula que por la puerta, custodiada por un gorila uniformado para mantenernos dentro, o derribando los barrotes de la jaula del patriarcado. Afuera está la libertad.

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