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Texto y foto: Jhonny Brea
La Jornada Maya

Viernes 6 de diciembre, 2019

Yucatecos y campechanos somos muy parecidos a Jacob y Esaú: sin importar cuántos siglos han pasado, seguimos peleando una supuesta primogenitura nada más por no compartir un potaje de lentejas que a estas alturas seguramente está frío y acedo, y al igual que las rivalidades entre hermanos, en ésta lo importante no es ganar, sino hacer quedar mal al otro. El problema de fondo se queda, a fin de cuentas, en la gran familia disfuncional peninsular que somos.

Lo anterior viene a que en Yucatán hacemos mofa de los campechanos, y algunos suponen que ellos nos devuelven los chistes, suposición que desaparece en cuanto uno pone los pies en una cenaduría y descubre que en Campeche los panuchos son salbutes y viceversa. No importa, el estómago a fin de cuentas se rige por otras leyes, y así como una rosa, por cualquier otro nombre, sigue oliendo a rosa, los antojitos siguen oliendo como Dios manda.

A todas estas, como en cualquier familia cuando viaja, había un encargo por cumplir. En este caso, hacerle llegar un libro al doctor Eduardo Manuel Espadas Arnabar, quien dirige el Hospital Manuel Campos. El facultativo ya nos había avisado que no estaría en la ciudad, pero que le podíamos dejar el tomo en la recepción, con todo y ser fin de semana y “puente”.

Pues bien, decididos a cumplir con la misión, y de paso dar un nuevo recorrido por el Campeche intramuros, la tribu y yo nos apersonamos en la entrada de Urgencias, que era la única abierta. Ahí se dio el siguiente diálogo entre yurstruli (el burro por delante) y una vigilante, a quien manifesté mi intención de dejarle el libro para que le hiciera llegar al director del hospital, y que ya sabíamos que éste no se encontraba.

- Es que aquí no se reciben libros, nada más enfermos.

-Lo entiendo, pero nos regresamos hoy mismo y no encuentro otra manera de hacerle llegar este libro al doctor. Además él está avisado de que se lo venimos a dejar.

-Pero debió ir usted a la otra entrada. Ahí pregunta por don Roque y a él se lo puede dejar.

-Nada más que la otra entrada es para consulta ordinaria, y por ser día inhábil está cerrada.

-¡Pero don Roque sí está, debe estar su oficina; tiene usted que ir al segundo piso!

-¿Y cómo puedo llegar al segundo piso si el acceso está cerrado?

-…Bueno, creo que me puede dejar el paquete y yo veo entregárselo a don Roque para que él se lo dé al director.

-¿De verdad? ¿Puede tener usted esa gentileza? ¡No sabe lo agradecido que estoy!, fue lo que alcancé a decir ante la mirada atónita de La Xtabay y mis engendros.

Espero que el doctor Espadas haya disfrutado del libro, porque hacérselo llegar fue una pequeña hazaña que requirió de mi aplomo de macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga atablonada, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light. Digo, si es que finalmente lo recibió don Roque.

A todas éstas, la ida al Centro tenía un interés oculto. La Cutusa pretendía ir a una tienda en la que vio una blusa que le gustó. A todas éstas ya había dejado de comprar chucherías con tal de adquirir la prenda en cuestión. Como la casa de moda no era Liverpool, accedí a acompañarla, nada más que ella se lanzó a correr, hasta parecía que iba a cobrar herencia.

Cuando la alcancé, y mientras recuperaba el aliento y hacía cálculos sobre si iba a dejar de dolerme el bofe, noté que ella estaba analizando una esquina. Sacó su celular y me pidió que tomara un video que ojalá puedan ver. Es de esas cosas que, literalmente, sólo en Campeche.


[b]Macho omega que se respeta[/b]

En la ciudad de San Francisco de Campeche no se deja todo el dinero. El retorno a Mérida, obligatoriamente, se hace con escala en Pomuch.

Cuidadito y se nos olvide llevar un pichón y escotaffí a casa de donia Ixtab, porque no hay quien cuide a mis rapaces por un mes.

[b][email protected][/b]


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