La elocuencia de las fuentes

Para el maestro Roldán, con el deseo de un restablecimiento completo de su salud

José Juan Cervera
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 17 de enero, 2020

El lenguaje es un don que la cultura provee para perpetuarse en una leve extensión de aleteos y soplos o en el golpe seco del desaliño, recreándose en signos que proyectan el mundo interior de sus herederos universales, fraguado en la experiencia y en la voluntad creadora; así llega a exhibir facetas menguadas o exuberantes, pálidas o preñadas de matices, todo acorde con el uso que reciben y el propósito que las guía.

En lo que a toca a la palabra escrita, una obra puede ostentarse reveladora o confusa logrando despertar una curiosidad creciente o llamando a la indiferencia según el marco previo de significados que acompañe a cada lector al acercarse a ella, con relativa independencia de sus valores intrínsecos; será dicho caudal interpretativo el que condicione la apropiación del contenido de que aquella sea portadora, con lo cual pasa a depender del papel activo de quien la recibe.

Debido a ello, los libros que muestran una estructura sencilla puedan parecer un pasatiempo o un concierto de insignificancias si se pierde de vista el contexto que los moldea y la compleja base referencial que los sustenta. Esta relación dialéctica e indisoluble entre un todo tácito y sus partes visibles puede ejemplificarse con una serie de títulos que el maestro Roldán Peniche Barrera ha puesto en circulación con fines divulgativos, si bien entrañan un sentido de fondo que no es frecuente detenerse a analizar.

Aunque tienen como origen notas periodísticas publicadas durante varios años en una columna fija, libros como La noticia curiosa en Yucatán en el siglo XIX (de la década de los ochenta, reimpreso en 2018), Yucatán insólito (2003), Crónica del asombro (2008) y Crónica del asombro 2 (2017), entre otras obras de su autoría, ofrecen una profusión de datos históricos que, mediante textos breves, informan y hacen reflexionar en torno al desarrollo de los hechos culturales en la península.

Este conjunto de referencias arroja luz sobre prácticas antiguas y costumbres regionales, formas de organización social y de aprovechamiento de los recursos naturales, así como una variedad de nociones útiles en la vida del ser humano. En sus entretenidas páginas el autor hace saber acerca de temas como gastronomía, sociedades coreográficas, ceremonias funerarias, productos de uso doméstico, nomenclatura comercial, servicios públicos, inmigrantes, festejos comunitarios e inventos. Igualmente destaca asuntos como remedios caseros, supersticiones, oficios citadinos, personajes pintorescos, música popular, viejos bares yucatecos, construcciones urbanas y juegos tradicionales entre otros muchos temas que atañen a la vida cotidiana a lo largo de los siglos.

Si se atiende la procedencia de las fuentes de información que enriquecen las páginas aludidas, es posible observar que el autor recurre a historiadores, cronistas y publicaciones periódicas de varias épocas, así como a narraciones orales y a la observación directa de los acontecimientos. La consulta cuidadosa y el registro pormenorizado de esta cantidad ingente de documentos sólo se logran mediante un empeño apasionado y una disciplina rigurosa que rinden fruto cuando una sensibilidad especial los asimila y recrea.

Es así como el maestro Roldán Peniche deja testimonio de actitudes que, en algunos casos, pueden tornarse tan ofensivas como el desaire que habitualmente padecen los trovadores al presentarse en espacios recreativos donde se les hace sentir como figuras prescindibles cada vez que se les regatea la atención debida. También señala la cursilería que desbordaban los anuncios de prensa de las centurias pretéritas, o bien reseña sucesos que pudieran considerarse jocosos mientras por otro lado exponen debilidades institucionales, como la improvisación al convocar a individuos extravagantes en lugar de los intelectuales con que esperaba reunirse una autoridad de alto rango durante su visita al terruño.

La palabra encierra muchas cualidades. El lenguaje crea belleza: la belleza de la comprensión mutua, la de la experiencia estética, la de la recuerdo del tiempo precedente y aquella otra que enlaza a los espíritus que se descubren afines siempre que exploren las profundidades contiguas que reflejan otras vivencias, multiplicadas en los caminos que podrán recorrerse en compañía y con ánimo receptivo.

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