La industria automotriz debe reinventarse

Se requiere una transición orientada a la reducción de automóviles particulares

La Jornada Maya
Foto: José Carlo González

Martes 11 de febrero, 2020

La Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA) afirmó ayer que en los últimos cuatro años las caídas en las ventas del sector han provocado la pérdida de cinco mil empleos, por lo cual la organización se sumó a la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz para pedir que el gobierno, por medio de la Secretaría de Hacienda, establezca un programa gubernamental de apoyo al ramo, facilite la recuperación de unidades sujetas a financiamiento, se otorguen créditos a pequeñas y medianas empresas para renovar sus vehículos y se prohíba el ingreso al país de vehículos usados. Las medidas solicitadas denotan la dificultad de armadoras y comercializadoras de automotores para comprender la situación crítica que enfrenta la producción de vehículos en México y en el mundo y para idear soluciones que resuelvan algo más que sus dificultades financieras coyunturales.

Debe considerarse al respecto que el modelo de transporte basado, en su mayoría, en vehículos particulares movidos por motores de combustión interna ha dejado de ser viable a mediano plazo por razones ambientales y de movilidad; su remplazo resulta un imperativo que debe involucrar esfuerzos de ingeniería e inversión por parte de las empresas del sector, de una voluntad política sostenida por parte de las autoridades y de un cambio de mentalidad entre los consumidores. Por ello, no parece prudente mantener una visión empresarial que pareciera corresponder a la época de oro del automóvil más que a las realidades del siglo XXI. En otros términos, no parece sensato pensar y actuar como si el mercado mexicano pudiera llegar a una saturación en la relación de autos/habitantes parecida a la de Estados Unidos; antes de que eso ocurra, será necesario hacer frente a un cambio de modelo.

Con esta perspectiva en mente se requiere sentar desde ahora las bases de una transición orientada a la reducción de automóviles particulares, no sólo porque éstos ya no caben en las vialidades sino, sobre todo, porque constituyen un factor de alteración del medio ambiente que debe ser contenido. Así pues, se hace imperativo empezar a inducir el tránsito de los motores de combustión a los eléctricos o basados en tecnologías menos letales para la atmósfera; avanzar en la concepción, el diseño y la producción de unidades más pequeñas –mono y biplazas– y económicas, por un lado, y de vehículos de transporte colectivo; es preciso también integrar procesos industriales menos depredadores que los actuales, tanto en la industria extractiva como en la huella de carbono propia de las plantas de ensamble, y dotados de un porcentaje mayor de materiales reciclables.

Es cierto que la introducción masiva de autotransportes movidos por energías limpias requiere una vasta tarea de infraestructura en todo el territorio nacional, en especial en lo que se refiere a la instalación de centrales de carga, fábricas de biocombustibles y cadenas de producción para los componentes de vehículos de nueva generación. Ese desafío no podrá emprenderse sin el establecimiento de una política pública y el impulso decidido del gobierno. Ello demanda un trabajo intersecretarial –integrar, por ejemplo, un grupo de trabajo entre las secretarías de Economía, Energía, Medio Ambiente, Trabajo, Comunicaciones y Hacienda, entre otras– y de la coordinación y el diálogo permanentes con el sector empresarial.

Por la magnitud del esfuerzo requerido en todos los órdenes es claro que la transición hacia un nuevo modelo de transporte y movilidad es un asunto de largo plazo y en el curso del presente sexenio apenas puede aspirarse a dejar sentadas las bases o, a lo sumo, a iniciar la primera fase del proceso. Pero si no se asume la tarea desde ahora, el país sufrirá un atraso catastrófico en relación con el resto del mundo, tanto la industria automotriz como la red de comercializadoras se verán rebasadas y reducidas y las consecuencias serán necesariamente devastadoras, tanto para inversionistas como para trabajadores y, por extensión, para el conjunto de la economía.

Es tiempo, en suma, de ver más allá de los intereses inmediatos y de impulsar planes de largo aliento. El sector de automotores, tanto en su vertiente comercial como en la industrial, debe reinventarse.

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