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La Jornada
25/09/2026 | Tegucigalpa, Honduras
La llegada de Nasry Asfura al gobierno de Honduras y el regreso del ex presidente Juan Orlando Hernández, ex convicto por narcotraficante en Estados Unidos, ambos bajo el paraguas de la Casa Blanca, significó para el movimiento popular de ese país un momento “terrible, nefasto”. Explica Miriam Miranda, de la Organización Fraterna Negra Hondureña (OFRANEH).
“Tenemos que entender que lo que pasa aquí es producto de una política que se decide en otro lado. Honduras ha sido un experimento desde hace muchos años y sigue siendo un laboratorio de la extrema derecha que se ha empoderado en casi toda América Latina. Saben que si lo logran aquí lo van a lograr en otros lados”.
-¿Qué se experimenta aquí?
-¿Dónde se hicieron los primeros golpes de Estado modernos, donde se derroca un poder desde otro poder? Aquí, en 2009, con Manuel Zelaya. Y de ahí se siguieron otros. ¿Dónde se está experimentando con estos proyectos de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico? Aquí. (La ZEDE Próspera, de los dueños de PayPal y Palantir en la isla Roatán, es un territorio con leyes, tribunales, sistema impositivo y fuerzas de seguridad propios dentro del territorio hondureño).
“Aquí pueden funcionar porque hay instituciones muy débiles y no hay Estado de derecho. De aquí se pueden expandir. Javier Milei está intentando lo mismo en Argentina.
“¿Y ante esto qué nos queda? Resistir”.
Generar esperanza
Miriam Miranda es una mujer negra, alta, imponente, “de unos sesenta años”, confiesa entre risas, que irrumpió codo con codo con Berta Cáceres del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas (COPINH) en las intensas luchas populares que se produjeron en 2009 a raíz del golpe contra Zelaya, un mandatario medianamente progresista que intentó algunas reformas hasta que pisó los callos de la inamovible cúpula oligárquica.
En el “Campamento por la Vida” instalado hace ocho semanas en esta capital, se le puede ver siempre en movimiento, entrando y saliendo de su carpa, sentada en la pequeña mesa de trabajo con los abogados de la organización, con los visitantes internacionales, con líderes y activistas que llegan de todo Honduras, estudiando documentos, organizando a los cipotes para diversas tareas, hablando por teléfono, consultando datos. De pronto sale en una bata de trabajo porque le toca hacer las hamburguesas, cena para 200 personas o más. De pronto viste un vestido ceremonial porque llega la hora del ritual y sale con sus maracas y sus atributos a acompañar a los tamboristas y a las gayúzares (cantoras) que todos los días invocan a sus ancestros pidiendo protección y orientación.
En entrevista con La Jornada dice: “Nunca imaginé que un campamento como este pudiera generar tanta esperanza. Ha abierto nuevas conversaciones a nivel nacional sobre el agua, las minas, la palma aceitera, el expansionismo de inmobiliarias de lujo, el turismo extractivo. Ya no es solamente que la gente ve que aquí nos movemos contra le ley, sino que mueve la discusión sobre los otros problemas. Yo escucho mucho a la gente y oigo que aquí empiezan a concluir que sí es posible hacer resistencia a un grupo muy reducido de empresarios que han tomado el control del país de una manera muy abusiva”.
No descarta que, sin esta movilización y este campamento, todas las amenazas de desalojo pendientes en el gobierno contra pueblos indígenas garífunas se hubieran llevado a cabo hace dos meses. “Nos ha permitido articularnos como organizaciones y coordinar nuestras luchas. Pero también ha venido a ser la voz para decirle al gobierno: No estamos conformes con tu ley de desarrollo agroindustrial”.
Pero esto no ha ocurrido solo en las últimas semanas. “Llevamos años dele que dele con el tema. Y no solo con movilizaciones, con una lucha legal intensa. Hemos interpuesto 56 acciones legales ante ministerios públicos, Corte Suprema de Justicia y diversas instituciones del Estado. Desde los garífunas y como garífunas, le estamos diciendo NO al Estado. Y se han sumado los campesinos, los movimientos, las organizaciones de mujeres, derechos humanos, migrantes”.
Tres días después de la publicación de la ley, le cayeron a una comunidad garífuna con un desalojo y cárcel para cinco muchachos, que fueron liberados, pero siguen procesados bajo un tribunal de crimen organizado por una acción de recuperación de territorio. Y semanas después, la amenaza de desalojo en Cayos Cochinos. “No entiendo por qué Asfura quiso empezar con el pueblo garífuna. Fue un error de cálculo. Y además, contra dos comunidades que tienen a su favor una sentencia previa de la Corte Interamericana.
--¿Le pegaron al avispero?
--De alguna manera, sí. Si no fuera por estos hechos, nosotros estaríamos tan tranquilos en nuestras comunidades. No se hubiera levantado el campamento.
El edicto del rey
En Honduras se está dando un nivel de movilización y conciencia social que pasa desapercibido a la vista de la opinión pública porque es silenciado totalmente por los medios de comunicación convencionales, pero que a ras de las comunidades tiene una resonancia insospechada, por la difusión en redes sociales, pero también a través de experiencias como el “Campamento por la Vida” de la Organización Fraternal Negra Hondureña (OFRANEH).
El detonante de esta nueva articulación de organizaciones, redes y movimientos es la aprobación de un decreto que entró en vigor en junio, apenas cuatro meses después de que Asfura entrara a la casa presidencial. Lo logró en tiempo récord gracias a su control sobre el poder legislativo.
La aprobación del decreto ley llamado de Desarrollo Agroindustrial, que entre otras cosas dice pretender “combatir la usurpación”, se enfilaba a ejecutar en un lapso de dos meses desalojos para favorecer a los intereses privados nacionales y extranjeros en contra de los derechos e intereses populares en proyectos campesinos, comunidades rurales o urbanas.
El abogado Edy Tábora define esta nueva legislación como “el edicto del rey” porque para su ejecución no necesita ningún tipo de investigación previa mediante la figura de los “desalojos preventivos”. Se han contabilizado cerca de mil focos o situaciones que podrían ser blanco de estos ataques.
Pero en el tablero político hay un nuevo elemento: este campamento de los garífunas. Aguantan soles quemantes y lluvias de diluvio en un espacio baldío, arbolado, entre el intenso tráfico del Bulevar Fuerza Aérea y la calle que pasa frente a la Suprema Corte de Justicia, donde hace seis años se había instalado otro campamento, el “Berta Vive”, en el que el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas (COPINH) y la OFRANEH ejercieron presión popular durante el juicio contra uno de los asesinos de la dirigente Berta Cáceres.
OFRANEH tiene trabajo en cinco regiones: Colón, Atlántica, Gracias a Dios, Cortés e Islas de la Bahía.
El ajetreo del campamento entra en pausa cuando algunos jóvenes salen de un espacio cubierto con sábanas por los cuatro costados; un sitio vedado para los ojos profanos, la gayumari. Empiezan a sahumar el centro del área. Salen tres muchachos y sus tambores y las guías espirituales. Hay toque dos veces al día. Es el momento de conexión con los ancestros, que guían y protegen.
“El pueblo garífuna tiene una conexión muy fuerte con su mundo espiritual. Durante dos siglos nuestros tambores sagrados no salieron de la región, de nuestros espacios íntimos. Salieron a la calle, aquí en Tegucigalpa, por primera vez cuando el golpe de 2009. Hasta que nos los requisaron, por subversivos”.
La infancia en una plantación bananera
--¿Y tú, Miriam, cómo llegas a esta posición de liderazgo? ¿Quiénes son tus ancestros?
--Yo soy de Santa Fe, en Colón. Pero mis padres migraron a un campo bananero. Yo crecí en una plantación. Desde chica crecí mirando cómo era la situación de explotación en las bananeras. Me preguntaba cómo era que la gente trabajaba tantas horas al día y al final de la semana no le ajustaba para resolver. Ahí pasé mi infancia.
De ahí me vine a Tegucigalpa a una carrera que no me gustó, pero me metí al movimiento estudiantil, al feminismo, hasta entrar de lleno al trabajo de organización. He caminado el mundo. He estado en muchos procesos de movimientos indígenas nacionales e internacionales hasta que por fin quise volver a la comunidad.
--¿Cómo se relaciona esta vida espiritual y ceremonial con las luchas sociales que protagonizan?
--Desde la lógica occidental no hay una explicación. ¿Cómo nos hemos podido sostener como cultura y como organización en zonas en diputa por el crimen organizado? Nuestros territorios están en medio de esta guerra permanentemente. Y el tema de la espiritualidad nos da fuerza todos los días. El tema de la colectividad, de cómo nos acordamos, la participación de la mujer en un pueblo como el nuestro, matrilineal.
“La gran mayoría de las luchas territoriales es dirigida y sostenida por mujeres. Las preocupaciones de territorios son sostenidas por nosotras. En nuestra identidad cultural no solo es el líder o guía el hombre, sino los dos: Barauda —la estratega, la que da las instrucciones— y Satuyé, el hombre.
“Por la parte indígena (el garífuna es un mestizaje de negro africano con arawak y caribe de la isla San Vicente), tenemos el legado de lo colectivo, lo comunitario. El concepto aura buni amuru buni (tú para mí, yo para ti) es para nosotros una guía. Y esto es profundo, porque es lo que nos ha dado cohesión como un pueblo que vive en Honduras desde hace más de dos siglos.
“Entendemos que esta forma de vida choca con el modelo de vida individualista que destruye la comunidad. Y sabemos también que si no mantenemos esa identidad, vamos a desaparecer".
“Cuando analizamos juntos la situación que atraviesa desde hace tanto tiempo Honduras, nos preguntamos: ¿Cómo vamos a poder, siendo nosotros en un país donde hay la mayor violencia, no solo de asesinatos contra activistas y defensores, sino una violencia que se vive en las calles, en todos lados? Y eso se va normalizando".
“Nosotros no. Por suerte, nosotros todavía nos horrorizamos ante esa violencia, cuando matan o desaparecen algunos de nosotros. No lo normalizamos, no lo aceptamos. Y eso ellos lo saben muy bien”.
En esa región también hay desaparición forzada. En 2020, cuatro muchachos de la comunidad de Triunfo de la Cruz, entre ellos Snider Centeno, presidente del patronato comunal, exigían el cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana contra los despojos y venta de tierras comunales. Los desaparecieron.
“Sabían que con eso nos iban a provocar un dolor profundo. Porque para nosotros, el siempre poder volver a casa es algo muy arraigado. Tenemos mucha migración, un garífuna puede estar muchos años afuera, pero necesita saber que siempre puede volver a casa.
(En Triunfo de la Cruz, entre 2019 y 2020, cerca de cuatrocientas familias abandonaron la comunidad durante un operativo de la policía, según un reportaje de Desinformémonos. En ese contexto se dio la desaparición.
Vallecito, un pequeño mundo fuera del capitalismo
Vallecito, en el departamento de Colón, con mil 200 hectáreas recuperadas, es la utopía de Miriam Miranda. Territorio narco hasta 2012 fue “reocupada” por los garífunas en un proceso no exento de violencia, donde ocurrieron más de 300 ataques armados y la misma Miriam sufrió un secuestro y varios atentados. Habitan entre 50 y 60 familias. Con los años, por medio de proyectos productivos, han expandido la siembra de cocoteros y yuca, ganándole terreno a la nociva palma de coco que los megaproyectos expandieron como plaga por toda la región. Han levantado escuelas, se está construyendo un Centro de Saberes, centros de salud y casas de seguridad para hombres y mujeres de la comunidad LGTBTTTI que sufren persecución dentro y fuera de la comunidad. Todo bajo procesos de asamblea comunitarios y de autodeterminación.
“Es nuestro sueño. Y no ha sido fácil porque sigue siendo una zona cercada por un lado por territorios que disputa el crimen organizado para sus operaciones y por otra parte por las plantaciones de palma africana de la empresa DINAN de la familia Facussé (un apellido de la oligarquía hondureña que se escucha repetidamente cuando se habla de megaproyectos expansivos que provocan despojos de tierras y recursos)”.
Ahí, cuenta la dirigente, la palma aceitera es el mayor enemigo porque, sobre todo para los grupos del crimen organizado, es una forma rápida de obtener ganancias. “No necesitamos que nos lo diga la ciencia. Lo vemos. En los humedales, en pocos años la tierra se seca, los ríos, los manantiales. Y también es un modo de acaparamiento de tierras y han asesinado a muchos de los nuestros para arrebatarles sus predios”.
--Recordamos, Miriam, cuando llegaron las grandes caravanas de migrantes centroamericanos en 2017, 2018, avanzando hacia el norte, cruzando México; un gran componente eran hondureños negros de la Costa Atlántica. Daba la impresión de que esa región se estaba vaciando por efecto del avance de las pandillas y el narco, por cierto en los años de gobierno de Juan Orlando Hernández.
--Es cierto. Nosotros vemos la migración como un derecho, pero para nosotros tiene un costo muy fuerte. Ahora que se ha frenado la migración por las políticas antimigrantes de Estados Unidos, mucha gente se está regresando. Esos muchachos que regresan ya no son iguales, traen otra onda, otras ideas. Es una situación bastante complicada. Traen una anticultura y no se interesan por la comunidad, la identidad. Es un gran reto para nosotros, tenemos que trabajar fuerte en ese debate. Hay asambleas en donde preguntamos y 80 por ciento de los cipotes ya fueron y vinieron de Estados Unidos. Entonces es un reto muy grande para que vuelvan a conectar con nuestros valores.
Edición: Estefanía Cardeá