Internacional > Sociedad
La Jornada
29/09/2026 | Tegucigalpa, Honduras
Blanche Petrich
En la vida cotidiana del Campamento por la Vida que la Organización Fraterna Negra Hondureña (Ofraneh) mantiene por tiempo indefinido en esta ciudad, Amada López, buyei o guía espiritual de la comunidad, pasa el día atareada, entrando y saliendo constantemente de un espacio protegido bajo los árboles, siempre bien cubierto por los cuatro costados con sábanas de colores.
Es el guli, el recinto sagrado, vetado para ojos profanos; el lugar que resguarda todos los elementos fundamentales para la vida espiritual de los garífunas.
Algunos dirían que Amada es una chamana o sacerdotisa. Ella prefiere decir guía espiritual. En una sociedad matrilineal como la garífuna, su autoridad es fundamental.
Nos explica: “Este es un espacio que debe mantenerse invisible para todo aquel que no sea parte de la organización que rodea la vida espiritual. Hay muchos motivos. Por ejemplo, si dentro del guli se están preparando los elementos de sanación de nuestra medicina, no pueden rondar personas que lleven ropa negra, mujeres que estén con el periodo y otras cosas. Es una ley, una orden sagrada”.
También se prohíbe el ingreso de personas ajenas cuando se está preparando el rito. Y eso, en este campamento tan expuesto, tan lejano a sus territorios ancestrales y totalmente inmerso en una lucha de resistencia contra los poderes fácticos del país, se realiza una o dos veces al día.
“Hacemos ritos de protección. Para que nuestras acciones salgan bien, para que no se acerque ningún enemigo”, añade Delkis Martínez, una joven buyei que la acompaña en todo momento y hace segunda en los ritos. Ella, como todos los guías, ha sido elegida por los ancestros para adquirir los saberes de esta cosmovisión milenaria que da cohesión e identidad al pueblo garífuna, que se extiende desde las costas de Belice hasta la Mosquitia nicaragüense, pero que desembarcó en lo que hoy es Honduras (isla Roatán) en el siglo XVII después de su expulsión de las colonias británicas.
El pueblo garífuna tiene su mayor concentración en Honduras, con una población cercana a 240 mil personas, asentadas en 48 comunidades (más una diáspora de cerca de 100 mil en Estados Unidos).
Se dice que de la fonética de la palabra garífuna o garinagu, como se llaman ellos, surgió la palabra Caribe a la llegada de los españoles.
La secrecía de las cuestiones sagradas
La entrevista con las dos mujeres es más bien breve porque son más los temas vetados a oídos profanos que los que pueden ser divulgados, según las instrucciones de sus antepasados, a los que invocan y con quienes sostienen una conexión constante, que es lo que mantiene su identidad y cohesión. “En nuestra sagrada escritura se dice: muchos son los llamados y pocos los elegidos. Los ancestros nos eligen, nos llaman porque somos el vehículo para que ellos protejan, sanen, limpien y cuiden a nuestra gente.
“En la aldea, somos el médico, la partera, la que atiende con empatía, la que cura a pura hierba. Los ancestros nos abren la puerta de estos conocimientos y nos dan permiso de usar esos saberes para ganar un poco de dinero. Ellos nos dicen cuánto cobramos por cada consulta y no podemos cobrar de más, si no, todo va a ir mal. Ese dinero se guarda en el guli y se usa cuando hay necesidad. La medicina convencional a veces falla. La nuestra no”.
Para preparar el rito cotidiano –normalmente se hace uno en la mañana y otro en la tarde– los músicos y las buyei se concentran en el guli. Previamente, se queman los sahumerios para purificar los espacios ceremoniales. “Escuchamos a los ancestros. Son ellos los que nos dicen si va a haber ocho cortes, es decir, ocho canciones o cinco. Siempre son ocho o cinco para las misas o chugú. A veces 15. Pero el de 15 cortes es solamente para el dugú, el más importante, el que exige un gran trabajo que implica a veces hasta 15 días o un mes de preparación. Es el rito más fuerte”.
Este ritual ha sido reconocido por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura como patrimonio intangible de la humanidad.
La mayoría de esta población también se define como católica porque esta espiritualidad “es nuestra cosmovisión, una raíz, no una religión”.
Como muchas otras cosmovisiones ancestrales, entraña una comunicación estrecha con la naturaleza, el universo y la bóveda celeste. “Para la siembra, la construcción de casas o cualquier cosa, leemos la luna. También sabemos manejar las estrellas, pero no siempre, sólo un mes del año, que es cuando se ven en el firmamento lo que llamamos los siete negritos y la estrella de la mañana. Es el tiempo para hacer el medicamento que va a necesitar el enfermo”.
Los de Yulumein
–¿Estos saberes vienen de África?
A Amada López se le encienden los enormes ojos que parecen brillar con luz propia. “No, no. Vienen de San Vicente. Por eso nuestro nombre es Kalípona, que es la hija del africano con la india arahuaca. Para quienes nos dicen afrodescendientes, yo, Amada López, les digo que no. Yo soy de Yulumein, de donde vinieron mis ancestros (es el nombre original de San Vicente, hoy San Vicente y las Granadinas, en las Antillas Menores). Por eso siempre decimos: nosotros nunca fuimos esclavos. No fuimos ni seremos. Gracias a la india arahuaca”.
Durante la ceremonia, que sube y baja de intensidad, las maracas de las buyei parecen conversar alternadamente con los tambores. La líder de la Ofraneh Miriam Miranda también “maraquea” y baila en ese grupo. Clinton, el tambor principal, lleva el corazón del ritmo. Carlos y Veneno lo siguen. Los tamboreros no son tampoco simples músicos. También son elegidos para ese rol mediante señales específicas por los ancestros.
Del diálogo de la guía con el tambor nada dicen Amada y Delkis. Es un asunto sagrado y, por lo tanto, secreto. Tampoco abundan sobre el papel del enorme puro de tabaco que “purea” con intensidad otra guía que se mantiene fuera del círculo de la danza. Ni del sóndora –una banda de tela que llevan cruzada sobre el pecho las que bailan– ni de la varita para revolver el medicamento. Son temas de los que no se habla con extraños. Landry Thomas, una enorme y hermosa joven trans, lleva la potente voz cantante, a la que todos responden en coro.
“Sólo le puedo decir que antes de empezar hay que chequear bien la pureada, la maraquiada y el corazón del tambor, para que vayan conforme a las órdenes de los ancestros. El ancestro habla cuando necesita más pureo en el tambor y el tamborista se prepara por medio de las maracas.”
Finaliza la ceremonia y la comunidad se dispersa como el humo del sahumerio y vuelve a las labores del día a día. Amada fija sus ojos de relámpago en cada uno de los tamboreros y con un movimiento de maracas ordena el silencio. Los tambores, que son de los objetos más sagrados, vuelven a la penumbra del guli. Hasta el siguiente toque.
Edición: Ana Ordaz