Margarita Díaz Rubio
Foto: Enrique Osorno
La Jornada Maya
Viernes 14 de junio, 2019
En el libro [i]Los siete pecados capitales[/i], Savater comenta -entre varios conceptos- que las virtudes no se aprenden en abstracto y que hay que buscar a las personas que las posean para así aprenderlas.
Con esto llegamos a la importancia del ejemplo en el paisaje social, pues todos sabemos que a las palabras se las lleva el viento y que, para lograr una sensibilidad ética, un ejemplo vale más que miles de esas palabras.
Sabemos qué es la bondad, pero para aprenderla necesitamos verla con ojos abiertos en personas consideradas valiosas en y por la comunidad. Pero para ello se necesita predisposición, inteligencia, humildad e intuición.
Considero que hay pocas cosas que satisfacen tanto como la bondad -que se dice es básica en la naturaleza humana- y que ello se alcanza a través del hábito y que, cuando alguien logra esto, lo clasificamos como sabio pues hay la creencia de que la base de un cerebro sano se encuentra en esta virtud, definiendo ésta como la acción que colabora a que la felicidad pueda aparecer también en la vida del otro.
La bondad es el contrapunto de la crueldad, de la maldad, de la indiferencia, de la perversidad y de la malicia, y se liga con la afabilidad, la ternura, la atención, la empatía, la compasión y la fraternidad.
La bondad podría clasificarse en el estar atentos a los requerimientos del otro para así volver vigorosas nuestras fortalezas interiores.
[i]Mérida, Yucatán[/i]
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