Opinión
La Jornada
03/11/2026 | Mérida, Yucatán
El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano falleció la noche del 28 de octubre de este año en la Ciudad de México, a los 92 años. Sin duda, uno de los grandes personajes del último cuarto del siglo XX y el principio de éste. El homenaje que recibió, con guardias de honor ante su féretro en el Palacio de Bellas Artes, sin lugar a dudas, sería adjudicable a un jefe de Estado, pese a no haber alcanzado la Presidencia. Al final, su figura congregó a los principales líderes partidistas del país, tanto antiguos compañeros como adversarios.
El fin de semana, la agenda noticiosa mantuvo un espacio acerca de las expresiones de la clase política acerca del ingeniero Cárdenas. La presidenta Claudia Sheinbaum lo despidió como “un hombre de principios firmes, que transformó la vida política del país”, mientras que el expresidente Andrés Manuel López Obrador indicó que sin él “otra sería la realidad política del país”. Ha habido quien lo ha calificado de “nepobaby”, sin mucho fundamento, ya que su lucha fue mucho más allá del apellido. Hay algo que debe entenderse primero: Su deceso ha marcado el arranque de una nueva revisión histórica de un momento crucial para el Estado mexicano, como lo fue el proceso electoral de 1988.
Cárdenas era el último sobreviviente de los representantes de la oposición de ese año. Porfirio Muñoz Ledo (2023) e Ifigenia Martínez y Hernández (2024), con quienes fundó la Corriente Democrática en el Partido Revolucionario Institucional (PRI); Manuel J. Clouthier del Rincón (1989), Heberto Castillo Martínez (1997), y Rosario Ibarra de Piedra (2023), los candidatos de las demás fuerzas políticas que enfrentaron a entonces partido oficial y su candidato Carlos Salinas de Gortari, son ahora el rompecabezas completo de una época en la que fenecía un régimen de partido hegemónico y nacía uno de competencia democrática.
En este periódico, la noticia fue recibida con asombro. El equipo editorial debió escoger entre dos “bombas”, hechas prácticamente al momento de recibir la nota. “Cuauhtémoc: déjame loarte,/ (modo López Velarde) /estuviste ante el fraude,/ si duda, a la altura del arte”, decía la cuarteta que no fue seleccionada, pero que no por ello deja de ser un reconocimiento al valor de Cárdenas en aquel 1988.
Pero como recolectores de historias, si algo podemos reconocer es que las personas no pueden ser reducidas a un momento específico. Todas poseen un antes, un después, y una circunstancia propia. En el caso de Cárdenas, coincidimos en que fue tal vez el producto más refinado del nacionalismo revolucionario, lo que le daba la calidad moral para enfrentar al ala tecnócrata neoliberal que lo sustituyó desde 1982, y también la fuerza para integrar a las fuerzas que construyeron el país que hoy tenemos.
Vencedor moral, pero nunca el Presidente. Cárdenas se ajusta a la metáfora de quienes, como iniciadores de una revolución, no llegan a verla triunfante. El partido que fundó en 1989, precisamente de la Revolución Democrática (PRD), terminó siendo el instituto al que renunciaron dos de sus principales artífices: el ingeniero y Muñoz Ledo, y terminó por desaparecer, sumido en conflictos entre diferentes corrientes que se autocalificaron “de izquierda”, pero que en algunos estados se comportaron como franquiciatarios del membrete.
Como hipótesis para quienes se encarguen de revisar la historia mexicana de 1988 hasta la actualidad, quedará confirmar si el proyecto de Cuauhtémoc Cárdenas guarda coincidencias con el régimen de la Cuarta Transformación. Existe certidumbre de que esta última no habría sido posible sin la lucha que inició con la Corriente Democrática; sin embargo, en 2021, Cárdenas enunció: “difícilmente diría yo que tenemos un gobierno de izquierda, por más que se digan de izquierda”. Sin duda, para entonces ya no era el personaje capaz de sostener una candidatura presidencial, pero sí la voz de un individuo congruente con su propia trayectoria y su formación.
Con justicia, se puede calificar a Cuauhtémoc Cárdenas como el último gran protagonista que la Revolución Mexicana le heredó a la Posrevolución Mexicana. Tendríamos que entender entonces que la Cuarta Transformación es generacionalmente distinta, y tal vez la diferencia sea haber incorporado a figuras sumamente cuestionables, que en los momentos críticos representaron lo que el ingeniero, Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo, y muchos otros, intentaron cambiar. Por eso es que el legado cardenista está más entre los mexicanos que en algún grupo de la clase política.
Edición: Ana Ordaz