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Recuerdos de la Revolución

Las calles de la CDMX, plagadas de mendigos, huérfanos y mortandad
Foto: cultura.gob.mx

Hace dos días se conmemoró el inicio de la Revolución Mexicana. Suele pensarse que la lucha estuvo alejada de la Ciudad de México, pero la realidad es que ésta padeció muchos sufrimientos que incluyeron una terrible hambruna, la cual se vio agravada por diversas epidemias.

El ocaso de 1914 e inicios de 1915 fueron de los peores para la capital, con la llegada de cuatro ejércitos de facciones diferentes en sólo seis meses. El cambio de gobiernos, que implicaba remover a autoridades civiles y de policía, desquiciaron todos los servicios, lo que llevó a que la metrópoli colapsara.

A eso se sumó que cada facción que la asediaba buscara debilitar a las fuerzas que ocupaban sucesivamente la capital, por lo que interceptaban las vías de tren y los caminos, lo que impedía el suministro de alimentos. Cada contingente que entraba consumía lo poco que existía. El desabasto alcanzaba las haciendas y ranchos de los alrededores que habían sido saqueados. Los campos de cultivo abandonados, los campesinos por voluntad propia o forzados se habían unido a alguno de los ejércitos en pugna.

Las crónicas cuentan que las calles estaban plagadas de mendigos y huérfanos y la mortandad era de tal dimensión que los cementerios eran insuficientes; así, la ciudad sufrió a mediados de 1915 la hambruna más severa de su historia. Muchos historiadores lo llaman “el año del hambre”.

El librero Francisco Ramírez Plancarte, quien vivió esos años en la capital, dejó una detallada descripción de los horrores padecidos. Recuerda que entre 1914 y 1915 la ciudad fue ocupada sucesivamente por constitucionalistas, villistas y zapatistas; destaca que los saqueos, abusos y crímenes eran cotidianos y no había alimentos. La circulación de papel moneda emitido por las diferentes facciones agravaba la situación y se desataron epidemias como la viruela negra, escarlatina y tifo.

La severa crisis económica llevó a los obreros a realizar una serie de huelgas. Comenzaron los choferes, panaderos y maestros; se sumaron trabajadores de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila y del sindicato de trabajadores textiles. En estos movimientos destacaron los agrupados en la Casa del Obrero Mundial, que durante un tiempo ocupó la Casa de los Azulejos, ni más ni menos en donde estuvo el aristocrático Jockey Club de la época porfirista.

Un comunicado emitido por el Ayuntamiento nos habla de lo crítico de la situación: “Dadas las condiciones económicas por las que atraviesan los habitantes de la Ciudad de México, en cuyas calles y avenidas se encuentran un sinnúmero de limosneros, ancianos, mujeres y niños solicitando un socorro para subvenir a sus necesidades, el Gobierno del Distrito Federal, que está grandemente preocupado por la situación de estos infelices, se propone, por cuenta propia, crear asilos para recoger a los niños desheredados y establecer comedores públicos en número suficiente para satisfacer las necesidades de los proletarios...”

El censo de población de 1910 mencionaba que en el Distrito Federal, en su zona centro y poblaciones rurales, vivían 720 mil personas, a los que hay que añadir los que migraron desde otras áreas huyendo de la guerra, así como a los ejércitos que irrumpieron entre 1914 y 1915.

Se establecieron programas de racionamiento de alimentos y en los comedores con capacidad para 500 personas llegaban más de mil; la mayoría no alcanzaba bocado alguno. En 1916 la lucha armada se apaciguó y comenzó un periodo de relativa estabilidad.

Sin embargo, dos años más tarde llegó la gripe española y nuevamente se padeció dolor y muerte. Pero nada es para siempre, ni lo bueno ni lo malo, y aun sin la existencia de vacunas, el 2 de enero de 1919 se anunció el final de la pandemia. El encabezado del periódico decía: “Medio millón de muertos… ¡Pasó su majestad la influenza!”

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Edición: Emilio Gómez


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