La covidianidad es el concepto que nos permite integrar al COVID-19 a nuestra vida cotidiana, entendiendo que esto es algo que no pasará en el futuro inmediato sino con lo que tendremos que aprender convivir, señaló la pedagoga Alejandra Treviño Villarreal, de la clínica de duelo Borboleta AC, con sede en Playa del Carmen.

“Un bichito vino a hacer destrozos en nuestra vida, nos encerraron, pasamos por muchas cosas, pero no podemos quedarnos así, debemos levantar la cabeza y ver hacia adelante encontrando un sentido de vida porque a pesar de la situación que pasamos todos hemos tenido un aprendizaje, a veces a través del dolor, pero tenemos la opción de transformarlo en un servicio, un cambio, este puede ser un momento de crecimiento”, asentó.

La covidianidad, explicó, está surgiendo apenas y se refiere a que el COVID, “una cosa microscópica, vino a cambiarnos la forma de vivir. Todos estamos esperanzados en una vacuna que vendrá a acabar con el virus y regresarnos a nuestra vida anterior ¿Y si ésta no llega? Tenemos que aprender a convivir con la situación, ser empáticos, tomar la confianza necesaria para salir a convivir con todas las precauciones y los límites que den las autoridades, pero volver a estar en contacto con alguien”.

“Quién sabe si el bicho se vaya, tenemos que aprender a vivir con él, así como personas con enfermedades crónico degenerativas han aprendido a vivir con su padecimiento, así nosotros tenemos que aprender a vivir con esta situación, pero con medidas”, destacó.

Recordó que con la tanatología “aprendes a encontrarle sentido a la vida para encontrarle un sentido a la muerte, ayuda a cerrar círculos, con ella podernos despedir y tener una nueva y diferente forma de vivir después de una pérdida” y con la logoterapia, rama de la sicoterapia desarrollada por Viktor Frankl tras la segunda guerra mundial, podemos encontrarle un sentido a la vida a pesar de las circunstancias.

Destacó que en la clínica de Playa del Carmen imparten cursos para ayudar a las personas a atravesar las pérdidas, además de trabajar con diferentes hospitales y asociaciones. Buscan formar tanatólogos responsables para ayudar a las personas en crisis a cerrar círculos, vivir su proceso de duelo y reubicar su vida, todo de una forma humanista.

Destacó que con la pandemia estas técnicas cobran importancia porque han sido demasiadas las pérdidas, no sólo físicas, sino las emocionales, materiales y de todo tipo; “la gente no ve a su familiar, lo lleva enfermo al hospital y se lo regresan en cenizas; muchas personas han perdido sus negocios, inversiones que les representaron muchos años de su vida de esfuerzo; se perdieron oportunidades laborales, proyectos, viajes… las pérdidas han sido muy variadas”.

Nueva realidad

Es importante vivir el dolor, la pérdida, destacó Treviño Villarreal, pero también lo es seguir adelante. “Perdemos expectativas, ilusiones, amores, oportunidades… y yo creo que en estos momentos en cuanto a pérdidas la gente lo que verdaderamente está extrañando es la cercanía con sus seres queridos, cosas tan sencillas como saludarnos de beso, darnos un abrazo, somos seres de contacto, seres sociales”, detalló.

“Hablamos de una nueva normalidad ¿cómo va a ser una nueva normalidad si tengo que salir con un cubrebocas, si todo está cerrado, si no me puedo acercar a nadie, si no puedo abrazar y convivir? Hay que ver las cosas desde otra perspectiva: nos ponen un cubrebocas, a lo mejor es porque es hora de que nos callemos y escuchemos más, a lo mejor nos estábamos ofendiendo mucho unos a otros, ahorita tenemos que aprender en esa covidianidad a observar la mirada del otro; el lenguaje corporal nos dice más que las palabras, lo que pasa es que tenemos que aprender a interpretarlo”.

La covidianidad, detalló, nos lleva también a pensar que tal vez no nos expresábamos adecuadamente y ahora que la mayoría de la comunicación se da por medios electrónicos debemos estar más abiertos, ser más precisos, adecuarnos a estas nuevas formas que tenemos para expresar afecto.

Consideró que muchas personas necesitarán terapia para trabajar el vacío emocional causado y mencionó que se ha desarrollado mucho la agorafobia, que es el miedo a convivir o el síndrome de la cabaña, la sensación de que sólo en casa se está seguro.

“Con la covidianidad tenemos que volver a hacernos confiados del otro, convivir de nuevo poco a poco, con personas que sabemos que están sanas, guardando las medidas de seguridad necesarias”, dijo.

Aseguró que hay muchos casos de depresión “porque todos tenemos la esperanza de salir y nos alargan la reapertura, entonces sigo en casa con la familia y empiezan a surgir los problemas económicos, de pareja. Nos han enseñado a desinfectarnos físicamente pero nos falta desinfectarnos emocionalmente, sentarnos como familia y hablar de lo que está pasando, sin miedo a lastimar al otro, hay que hablar porque cuando no lo hacemos empezamos a somatizar”.

Es muy importante, dijo, explicarle a los niños la situación, que sepan que estar en aislamiento no es un castigo por algo que hayan hecho mal, trabajar en sus emociones. Una actividad que puede ayudar es que el infante dibuje al virus, como se lo imagina y luego rompa el dibujo expresando verbalmente todo lo que le genera, el coraje o la frustración.

Apuntó que esta generación de niños que va de los cero a los cinco años será conocida como los pandemialls: “es una generación que va a vivir conectada, a lo mejor alejada socialmente, que tendrá que aprender a vivir de una forma diferente, a lo mejor será la generación del distanciamiento social, puede ser que para estos niños el uso de cubrebocas ya sea algo común”.

Manifestó que como en todo proceso social, con la pandemia se pasa por etapas: “en un principio esta situación sacó lo más bonito de la sociedad, como apoyarse, ayudar al otro, pero ahora con el paso de los meses está sacando lo más feo, incluso en las mismas familias empiezan a surgir discusiones como quién utiliza la computadora o cómo ahorrar electricidad”.

Aconsejó a las familias hablar, retomar la comunicación y organizar las nuevas rutinas en casa que permitan una convivencia sana.

Edición: Elsa Torres