''¿Y por qué no lo dejó?'', pregunta que no ayuda a mujeres a salir de la violencia

Menos del 40 por ciento busca auxilio, y cuando lo hace recurre a familiares, no a la policía
Foto: Notimex

Laura tenía 18 años cuando la pareja con la que vivía en Venezuela la ahorcó por segunda vez. No sabe cuánto tiempo pasó entre que se desvaneció y despertó con el portazo de la puerta que daba a la calle. “Él se había ido y como pude le mandé un mensaje a mi hermano: ‘Por favor, llámame’. Y cuando me llamó, le dije: ‘Cuando vaya a México, deja que me quede contigo’”, cuenta en entrevista. 

Aunque esta historia es de Laura, al menos una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual en algún momento de su vida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 27 por ciento de las mujeres entre 15 y 49 años han sufrido violencia por parte de su pareja. 

Los patrones de la violencia de género indican que “constituye un grave problema de salud pública y una violación de los derechos humanos de las mujeres”, de acuerdo con la OMS. De todas las regiones del mundo, Latinoamérica tiene la segunda tasa de mayor violencia por parte de la pareja, y cuando Laura vino a México se alejó de su agresor pero no de la violencia. 

En Yucatán, conoció a un sicólogo mayor que ella que era conocido en el medio artístico como alguien talentoso y tranquilo. “En algún momento me fue infiel y yo lo venía intuyendo. Es muy fuerte porque una renuncia a su propia intuición porque te convencen de que eres una exagerada, que estás loca. Lo senté a hablar y me dijo que él era incapaz de hacer algo así, que eran mis inseguridades y mi miedo al abandono por la historia con mi papá”, dice Laura.

Pero no era así y Laura se enteró. Él le pidió perdón pero año y medio después se repitió la historia. En los últimos meses de su relación, durante una pelea, él le dio una cachetada.

“Él era sicólogo y siempre que intentaba hablar, me hacía terapia; invalidaba mis sentimientos para no reconocer su responsabilidad. No podíamos hablar horizontalmente. Cuando me pegó, me dijo que era por mi bien”, agrega.

En su primera experiencia, el agresor le generó inseguridades con su cuerpo porque le decía que era “la única delgada que le había gustado”. Entonces ella empezó a comparar su cuerpo con el de otras. Y en su segunda experiencia, su ex pareja hablaba mal del cuerpo de las mujeres con las que la había engañado para hacerla sentir “especial”. 

“No es como que nosotras aprendamos a compararnos entre mujeres por arte de magia. Los hombres nos comparan desde que somos niñas”, agrega. 

 

Pedir ayuda

De acuerdo con datos de ONU Mujeres, menos del 40 por ciento de las mujeres que experimentan violencia buscan algún tipo de ayuda. Cuando lo hacen, la mayoría acude a sus amigos y familia, pocas veces lo hacen a instituciones formales como la policía o los servicios de salud: menos del 10 por ciento de quienes buscan ayuda acuden a la policía. 

“¿Y por qué no lo dejó?” es la pregunta de siempre cuando un caso de violencia se hace público. Sobre esto, Laura dice: “Mucha gente hace estos comentarios sin saber lo que pasa adentro y sin brindar su apoyo. A veces el apoyo no está en repetirle que lo debe dejar, sino en tomarte un café con ella. Hay gestos, hay acciones que pueden ser más poderosas porque esa persona cree que no merece algo más en su vida”. 

“Es muy complejo. Hay factores económicos, familiares, sociales, emocionales e incluso factores legales que hacen que las mujeres no puedan dejar a sus parejas”, explica la sicóloga Alejandra García González del equipo de APIS Sureste. Fundación para la Equidad A.C.

Agrega que la dependencia económica de las mujeres con hijos e hijas complica la situación porque no generan ingresos suficientes fuera de la casa. Si salen a buscar trabajo se encuentran con la brecha salarial; los horarios laborales no son compatibles con el cuidado de los hijos y, en algunas ocasiones, los agresores no dejan a las mujeres trabajar porque van a descuidar la casa o porque van a conocer a otras personas. Además, todavía prevalece la idea de que la familia biparental, aunque se viva en violencia, tiene que mantenerse unida.  

A lo largo de los 15 años de labores, Apis reporta sólo tres casos de reincidencia al Refugio, es decir, mujeres que regresan por violencia doméstica, sin embargo, muchas mujeres que estuvieron en el programa, regresan a los pocos meses a solicitar servicios de atención externa (sicológica y jurídica) para ellas y para sus hijas e hijos.  

“Hemos tenido casos en los que las mujeres han regresado a dichos servicios externos entre uno o dos años de haber egresado”.

En las entrevistas para este reportaje, todas recordaron sentirse aisladas durante la relación, ya sea por cuestiones externas, o porque su pareja no era bien vista en su círculo cercano debido a su comportamiento violento, o porque les controlaba sus relaciones personales.  

Vivian dice que una de las razones que la llevaron a terminar para siempre una relación intermitente de tres años fue precisamente que ya no veía un futuro con esa persona, debido a que nadie de su familia lo quería. 

“Cuando me empezaron a ver en las fiestas siempre molesta o triste o llorando, que me hacía panchos hasta en mis cumpleaños, a mis amigas les cansó. Una vez me hizo un escándalo en un viaje con mi hermana y ella me dijo: ‘Sabes qué, yo no voy a soportarlo si lo vuelvo a ver’. Nunca salíamos con mis amigos por lo mismo, siempre con los de él. Ya no me imaginaba que se pudiera integrar a mi mundo y me ayudó a convencerme de que no valía la pena”, relata.

 

Autoestima en juego

Como en el caso de Laura, el agresor de Vivian la hacía sentir mal con su físico comparándola con su ex novia. Le hablaba de su ideal de mujer que distaba mucho de cómo era ella físicamente. 

“Reafirmaba mi inseguridad. Nunca me hacía comentarios positivos. Y hubo un momento en el que comencé a arreglarme, a ir con la nutrióloga, a tomar terapia y a sentirme mejor conmigo. Entonces algunas personas me hacían comentarios lindos y él se molestaba”, dice.

La autoestima juega un papel muy importante en los testimonios, es una de las razones principales por las que ellas soportaron la violencia sicológica y física. Al contrario, los hombres agresores nunca aceptaban sus errores y cuando lo hacían, era para después decirles que también tenían que aceptar que ellas los provocaron. 

“Él no cometía errores, me decía que la culpa la tenía yo. No tenía forma de negarlo. Yo me decía: sí es cierto, soy una loca, una tonta. Después, cuando me fui recuperando y creando otras amistades y apartando, leyendo más de feminismo, empecé a poner distancias y marcar límites, ya tenía herramientas para no ceder”, explica Vivian. 

Antes de pasar por la misma situación, ella también juzgaba a las mujeres por no salirse de una relación tóxica. Sin embargo, cuando pasó por ello se dio cuenta de lo difícil que es detectar patrones y continuar anclada a la realidad. Tuvo que fortalecer su autoestima para darse cuenta de que merecía más que estar triste y enojada todos los días.  

“Cuando estás en ese ciclo de: no merezco nada, soy la peor, estoy fea, es muy difícil detectar la violencia”, dice.

 

Aunque es un término que se ha popularizado en los últimos años, el “gaslighting” como concepto existe desde 1969 y se refiere a la manipulación que hace a las personas cuestionar su propia realidad, memoria o percepción. Es parte de la violencia sicológica que va desgastando la confianza que tienen las mujeres consigo mismas. 

La sicóloga Alejandra García González dice que, en su experiencia, las mujeres relatan que hay momentos, a veces de unos segundos, en los que dudan de lo que sus violentadores dicen. Minutos que son clave para decidirse a terminar la relación. En otros momentos, la misma violencia física o el miedo les provoca el impulso de salir a la calle, correr, buscar ayuda. 

“Algunas mujeres lo escriben. A veces es porque una conocida les dice que se ven raras o les preguntan directamente si algo les está pasando. Es un círculo: se aíslan, piensan que nadie les va a creer y eso las orilla a no decir nada”, explica la especialista.

Lucía salió de una relación de dos años y medio donde sufrió violencia sicológica y abuso sexual. Como en los testimonios anteriores, era acusada de ser la culpable de detonar la violencia y además se sentía responsable de terminar una relación de la que no podía salir cuando todo el mundo le decía: ¿Y por qué no lo dejas? 

Quiso buscar ayuda externa y acudió con un sicólogo sin perspectiva de género que le reforzó la idea de que la culpable era ella. Hasta que un día, una ex pareja de su agresor la llamó para contarle que también había sido víctima de violencia de género por parte de él y eso le dio valentía para enmarcar las cosas. 

“Cada vez que lo confrontaba, me hacía gaslighting horrible. En un par de ocasiones me dijo ofendido que le estaba llamando violento. Ponerle nombre fue difícil, pero platicando y conociendo otras experiencias pude salir”, dice.

 

Claves para vivir

Todas las entrevistadas compartieron que romper el contacto con su agresor fue fundamental para salir del círculo. Laura se mudó de país, Vivian dejó de verlo por la pandemia y Lucía encontró información que hablaba del “contacto cero” con los agresores, que sugiere cortar comunicación con ellos. 

“Comencé un acompañamiento sicológico con perspectiva de género. Tengo una autoestima muy minada y empecé a trabajar en una educación emocional más fuerte. Suena muy fácil pero no es nada fácil. Vamos interiorizando la culpa, recuerdo que durante el proceso me sentía muy tonta y desvalorizaba mi persona. Él me decía que yo estaba condenada a vivir una vida plana y yo me lo creí”, dice Lucía.  

Dos años después de esa experiencia, comenzó una relación con un académico que estudiaba el tema de la deconstrucción masculina. En resumen, la deconstrucción propone un proceso para que los hombres sean conscientes de sus violencias y dejen de reproducir actitudes machistas. Sin embargo, después de un tiempo comenzó a controlar lo que hacía, con quién hablaba, a dónde iba, y un día, durante una discusión se puso a gritarle y a golpear la pared.

“Estaba en su casa en la Ciudad de México, en una zona bastante alejada de mi casa y era la medianoche. No podía irme, así que me quedé a dormir con mucho miedo porque escaló todo muy rápido. Al día siguiente subió con una flor y una carta y dije 'no'. Yo ya sabía poner límites. Decidí tomar mis cosas y me amenazó con llamar a la policía”, recuerda. 

Lucía continuó el tratamiento sicológico y también se acercó a la teoría feminista que le ayudó a identificar y nombrar las violencias. Dice que en una ocasión, comentó en terapia que tenía miedo de estar repitiendo patrones por escoger hombres violentos pero que la sicóloga le hizo ver que en realidad es un problema estructural. 

“Sí vas por la vida un poco con este modo de alerta. Después de esta experiencia no he vuelto a relacionarme de manera formal y soy muy cuidadosa. Me siento cómoda poniendo límites y sé que no estoy libre de volver a sufrir la misma decepción porque no depende de mí. Siento temor pero lo sigo trabajando”, dice Lucía. 

García González comenta que es muy difícil detectar la violencia desde el inicio de la relación porque los agresores suelen ser amables al principio: “Como cualquier relación inician con algo que parece agradable y después se va transformando. De insultos de broma a los celos, a controlar el horario o a quiénes vemos hasta llegar a violencia emocional o física, a dudar de si lo que está pasando es real o no”, indica. 

En APIS Sureste recomiendan siempre un proceso sicológico para identificar cuáles son las acciones violentas que podemos identificar desde el principio. Agrega que también es importante escuchar historias similares para darse cuenta que no se trata de una cuestión personal sino social.

Sobre las personas que comentan cosas como “¿Y por qué no lo dejó antes?”, la especialista opina que son respuestas que nunca vamos a tener porque no vivimos esa relación. Pide que nos imaginemos que alguien constantemente, todos los días, nos desvaloriza y critica, culpabiliza o humilla: invariablemente te hará dudar de ti misma. 

Recomienda a las mujeres que están viviendo violencia pedir ayuda, aunque tengan miedo porque el miedo no se va a ir primero que ellas. En APIS, como en otras organizaciones, buscan planear junto con ellas cómo continuar y salir, de forma cuidadosa para no ponerlas en peligro. 

“No podemos saber exactamente qué es lo que estaba sucediendo, lo que sí podemos hacer es preguntar si podemos ayudar de alguna forma. Darnos cuenta de que algo está pasando es abrir una puerta”, concluye. 

 

Si tú o alguien cercana está viviendo violencia de género, puedes llamar a los siguientes números:

APIS Sureste. Fundación para la Equidad A.C.  9999 88 40 48

Línea Mujer. Llamada sin costo 24 horas (999)923. 09.73 y 8004557672

Secretaría de las Mujeres 999) 923 3711, 924 0221, 928 7219 Ext. 229

Instituto Municipal de la Mujer 9-281111 Ext. 84007 y 84013 9-240296

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Edición: Laura Espejo