Dos nuevos/viejos estudios sobre música maya

Lo que Stanford nos dejó

Enrique Martín Briceño
Facsímil Tierra, núm. 22, 23 de septiembre de 1923. Original en Biblioteca Yucatanense
La Jornada Maya

Miércoles 29 de marzo, 2017

He recibido con regocijo la aparición del libro Música mayense: dos monografías: La música de Tabasco y Música maya de Quintana Roo, de E. Thomas Stanford, por todo lo que aporta, sí, pero también porque soy testigo de lo mucho que batalló su autor para que pudiera ver la luz. Ambas monografías corrieron con mala suerte pues, aunque fueron producto de encargos gubernamentales, no llegaron a publicarse en su momento. Durante años, Stanford anduvo buscando editor para ellas, sin éxito. Inclusive, a principios de la década pasada, durante una visita que hizo a Yucatán, llegó a proponer la edición de Música maya de Quintana Roo al recién creado Centro Regional de Investigación, Documentación y Difusión Musicales Gerónimo Baqueiro Fóster.

Hoy, casi 30 años después de concluida la monografía sobre la música de Tabasco y más de 20 años después de terminada la investigación sobre la música maya de Quintana Roo, por fin ven la luz aquellos trabajos. Es una suerte que el etnomusicólogo, de cerca de 90 años, todavía haya podido ver este libro, botón de muestra de una vida dedicada al estudio de la música mexicana. Por ello, echo de menos en esta publicación una ficha biográfica del investigador nacido en Albuquerque y que, según su escuetísima entrada de Wikipedia, ha “compilado un acervo con más de 5 mil grabaciones musicales de campo de música tradicional mexicana, además de haber producido intensas y originales investigaciones sobre el folclor mexicano en todo el territorio”.

Alguien podría pensar que trabajos realizados hace tanto tiempo ya han sido rebasados por estudios posteriores. Pero, como recuerda Marina Alonso Bolaños en el prefacio, la investigación musicológica en la región –en particular en el ámbito de la música indígena– ha sido escasa, y si en Yucatán no se ha proseguido el excelente trabajo realizado por Max Jardow-Pedersen a fines de los 70 y principios de los 80, tampoco en Quintana Roo ni en Tabasco ha habido investigación profesional de la música maya.

Como estudioso de la música de Yucatán, esta publicación me resulta muy estimulante por la cantidad y la calidad de los datos que aporta, las hipótesis que lanza y las vías que abre para investigaciones posteriores. En especial, los vínculos que el autor identifica entre el zapateo tabasqueño, la maya paax (la música de los mayas de Quintana Roo) y la jarana yucateca señalan un territorio que merece seguir siendo explorado. A partir de los datos que presenta sobre la maya paax, yo mismo he identificado, más allá de El toro y El torito, otros sones de los que se bailaban aquí en la primera mitad del siglo XIX y que son antecedente de la jarana: la Anguilipolla de los cruzo’ob es evidentemente la Angaripola yucateca, lo mismo que el Regullete es el Degollete; pero hay también una serie de sones con nombre de animal que coinciden con los que reunió Baqueiro Fóster en Yucatán a mediados del siglo XX y que ya no se bailan en el estado.

Por otro lado, como es natural, algunas de las explicaciones de Stanford son discutibles. Por ejemplo, las diferencias formales entre el zapateo y la jarana y que, según él, obedecen en el primero a “una reducción” en la forma de rondó típica de la segunda, creo que tienen que ver más bien con el hecho de que esta forma en la jarana es posterior a su difusión en Tabasco (mi hipótesis es que, con otros elementos, la jarana la tomó del danzón cubano). Igualmente dudosos son su planteamiento de que los mayas yucatecos adoptaron la jarana para diferenciarse de los cruzo’ob y los vínculos que cree hallar entre algunos géneros regionales y otros sudamericanos. Y son del todo inexactas la afirmación de que las lengüetas del marimbol son de madera y la de que el bambuco es género originario de Venezuela.

No se vean los anteriores como defectos de la obra, por lo demás rica en información obtenida por medio de grabaciones de campo. Tómense más bien como una muestra de la intensa conversación que he sostenido con su autor durante su lectura y del provecho que podrían sacar otros investigadores de ella. Y es que Stanford no se limita a describir su objeto de estudio, sino que, a cada paso, no se resiste a lanzar hipótesis sobre los procesos que explican la música a que se está refiriendo. Él mismo afirma que pretende, como los lingüistas (parece seducido por la glotocronología de Mauricio Swadesh), trazar la trayectoria de una variante musical y determinar el tiempo que tiene de haberse separado de otra. Por ello recurre sistemáticamente a la historia, que, para el caso de la música maya de Quintana Roo, por ejemplo, permite entender su surgimiento durante la Guerra de Castas y explicar sus funciones, instrumentación y repertorio.

Confío en que la aparición de este libro incitará a otros musicólogos a continuar estudiando la música que E. Thomas Stanford ha registrado y analizado con tanta pasión. Aquel gringo alto que llegó a México en los años 50 del siglo pasado y se enamoró de nuestro país y de sus músicas, formador y guía de varias generaciones de etnomusicólogos mexicanos, seguramente verá complacido cómo su obra sigue dando frutos.