La sangrienta argumentación

Por unos pagan todos

Tabacón B. Linus
Foto: Portada de La Odisea
La Jornada Maya

Lunes 19 de junio, 2017

De nuevo, mi hija me da una lección durante nuestra tradicional lectura nocturna. Esta vez fue culpa de La Odisea. Resulta que leímos juntos el texto griego, y rápidamente llegamos al pasaje que explica el inicio de la guerra contra Troya.

Paris, hijo de Príamo -rey de Troya-, raptó (no sabemos si por fuerza o por romance) a la hermosa Helena, esposa de Menelao, quien indignado acudió a su poderoso hermano Agamenón. La respuesta de Agamenón fue preparar una flota de mil barcos de guerra y un ejército legendario, entre cuyos soldados se encontraban Aquiles, Ájax, Néstor y Ulises. Su único objetivo, destruir Troya.

Mi hija me volteó a ver horrorizada y sorprendida. “Esa es una tontería y una injusticia”, me dijo. “¡Que castiguen a Paris y a Helena, pero no pueden destruir una ciudad entera por culpa de dos!”, continuó mi yucateca de seis años. “¿Qué culpa tienen los niños, mamás y papás de Troya de lo que haga Paris?”, sentenció.

Así de fácil, una leyenda de 2 mil 800 años, no aguantó ni cinco minutos de la lógica de justicia más básica de una niña de 72 meses. Ella tiene razón. La narrativa no hace sentido, por la dignidad matrimonial de un esposo ofendido no merece morir una cultura entera. El problema es que La Odisea es un himno (o poema), cantado, contado y leído por siglos y su lógica moral y civilizatoria ha permeado todo.

Ningún honor vale tanto. El drama es pues el de una ambición imperial de los griegos que se disfraza de justificación moral anodina. Y hay ejemplos peores, porque son reales, como el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo para detonar la Primera Guerra Mundial; el inicio de conflictos e invasiones por un atentado terrorista de un “lobo solitario” o el exterminio de un grupo étnico o religioso, por las transgresiones de algún extremista.

Y lo mismo ocurre cuando por los crímenes de unos cuantos paisanos latinos en Estados Unidos, pagamos millones con ataques racistas y la amenaza de deportaciones, muros y policías. Igual de absurdo es el odio a los chilangos, a los huaches, a los capitalinos, por la soberbia y traspaso de una minoría. Del letrero de “haz Patria, mata un chilango”, en Jalisco, a “vamos a destruir Troya por el romance entre París y Helena”, hay solo un paso.

Me preocupa que cuando le leí a mi hija el pasaje del inicio de la Guerra de Troya, no me di cuenta del absurdo y legendario casus belli que le estaba contando. ¿En qué momento perdí esa lógica impecable que ella tiene? ¿En qué momento empecé a tener la “madurez” para justificar actos atroces?

Recuerdo muy bien cuando era estudiante y vi colapsar la primera torre del World Trade Center, en Nueva York. Estábamos en la universidad 16 estudiantes de distintas regiones y naciones del mundo, frente a una TV y alguien dijo “vamos a tener una guerra en cosa de días; va a haber una invasión” y todos lo asumimos como una realidad incontrovertible. Por la acción de unos cuantos iban a morir millones, en una guerra que sigue viva en las expresiones de violencia y guerra civil que continúan azotando Siria y Medio Oriente. Recuerdo haber escrito y publicado sobre el tema.

Jamás pasó por mi mente la atrocidad del análisis geopolítico que hacemos, uno que hemos pulido y detallado desde La Odisea: por una pareja furtiva y un esposo ofendido, quememos una civilización. Hace mucho que no abría los ojos, tanto que no recuerdo cuando los empecé a cerrar.

Mérida, Yucatán

[email protected]